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Ascenso al Volcán Lanín, parte II
Gabriel Esquivel - Aventurero

Los primeros días en el Lanín habían resultado complicados. El clima nos jugó una mala pasada y debimos soportar fuertes vientos, nieve y temperaturas extremas. Finalmente, logramos asentarnos en el refugio RIM-26 y desde ese momento, afortunadamente, el cambiante clima de la montaña comenzó a ser más benigno. Al segundo día de nuestra estancia en el RIM-26, tuvimos la oportunidad de ascender hasta el último de los refugios, el del C.A.J.A., para conocer el terreno que ascenderíamos en nuestro intento de cumbre. (Ver: Ascenso al Volcán Lanín, parte I). Y, finalmente, el día tan esperado llegaba.

Esa noche nos despertábamos a cada rato. Dábamos vuelta en nuestras bolsas de dormir a cada minuto. Los nervios que teníamos eran no sólo por pensar que en unas horas estaríamos camino a la cumbre -y estar arriba festejando un posible logro- sino por el esfuerzo que nos demandaría llegar a tal cumbre. El clima de esa noche estuvo compuesto por vientos fuertes y precedida de una tormenta fortísima que golpeaba con furia la consistente estructura del refugio, haciendo vibrar incluso los tablones del techo. El día anterior, con nuestro grupo, analizamos y trazamos en detalle la segunda etapa de la expedición: el ataque a la cumbre del Volcán Lanín (a 3776 metros).

En síntesis, acordamos levantarnos a las 5:00 hs., desayunar y salir del refugio a las 6:00 hs. Así lo hicimos. Desayunamos. Yo lo hice en abundancia, muy desproporcionadamente, error que pagaría caro. Salimos equipados con mochilas de ataque, ropa de abrigo, un par de bolsas de dormir por algún imprevisto, linternas frontales, botas rígidas, crampones, piquetas, piolets, anteojos para el sol, crema de protección solar, lápiz de manteca de cacao, dos litros de agua por cada integrante, barras energéticas, cereales y frutas secas para contrarrestar el desgaste físico de nuestros organismos en el ascenso, etc. Hicimos el último chequeo en grupo para no olvidarnos nada. -¿Listos todos?

Partimos a las 06:10 hs., de espaldas al Este, con nuestras linternas frontales encendidas, pues el cielo estaba aún oscuro y estrellado. Esta segunda etapa de ascenso fue liderada por Guillermo y Daniel, quienes tenían más experiencia en el campo andinístico. Detrás íbamos Franz, Jaime, Genz y yo. Comenzamos nuestro trayecto por un sendero marcado de piedras hasta la lengua de nieve de 200 metros de longitud cercana al refugio RIM-26. Comprobamos enseguida la temperatura baja de esa hora. La nieve estaba muy dura y en algunas parte se había transformado en hielo (Guillermo patinó y se cayó). Extremamos las medidas de seguridad y seguimos ascendiendo por el mismo lugar que habíamos hecho el día anterior para familiarizarnos, hasta llegar 50 metros más arriba del refugio C.A.J.A., punto de partida para comenzar el ascenso por nieve.

La duda

A esa hora el sol ya había salido. Era increíble ver asomar el sol en el horizonte. Nunca lo vi desde esa altura y allí fui testigo de semejante testimonio natural. Establecidos en el punto de partida y en medio de un fuerte viento, nos calzamos y aseguramos nuestros crampones, alistamos nuestros equipos, aseguramos que las botellas o cantimploras de agua no se caigan, nos pusimos crema de protección solar y nos colocamos nuestros anteojos para el sol; comenzamos el ascenso de más de mil metros por la lengua glaciaria. El sol empezaba a picar y la nieve dura se estaba ablandando. Franz y Guillermo partieron primero, los siguieron Jimmy, Daniel y atrás yo. Genz, el alemán que iba con nosotros, tenía problemas con los crampones. Me miró y luego miró el final de la lengua glaciaria que pisaría a pocos metros de nosotros y me dijo que no iba a ascender por problemas con sus crampones. Fue ésa su decisión y luego de indicarle con Daniel cómo debía volver al refugio RIM-26, nos saludamos.

Yo calzaba unos crampones muy viejos, prestados (tipo franceses), no muy seguros y ciertamente obsoletos para estos tiempos (algo que yo desconocía). Al no tener las mismas cintas de aseguramiento, tuve que arreglarme para pasar entre unas hebillas que tenía, dos cordines (cuerda fina y resistente que se usa en los paracaídas), ocasionándome esta situación la demora en calzármelos, pues era muy complicado. Cuando me apresté a salir miré hacia arriba y observé que Guillermo y Franz se habían alejado unos cuatrocientos o quinientos metros de mí. Atrás iba Jimmy y cerca mío Daniel, que cada tanto miraba mi progresión y evolución sobre la nieve desde que me estaba colocando los crampones y pacientemente me aguantó.

Comenzó mi ascenso por la nieve que estaba todavía dura y tenía dificultad para clavar mis crampones sobre la superficie dura porque las clavos que tenían eran muy gruesos, así que con maña tenía que tratar de asegurarlos en la nieve. Daniel me decía que comience a ascender en forma de ziz-zag o, mejor dicho, describiendo una “zeta” para cansarme menos y que siga sus huellas de modo que no me meta en la zona de las grietas. Comencé a caminar como él me indicó, pero seguía la dificultad con mis crampones, me costaba mucho clavarlos en la nieve dura, aun siguiendo las huellas de Daniel. Allí comenzó mi duda. -¿Me conviene seguir subiendo? ¿Y si más arriba me canso?

Probé ascender con la técnica de paso austriaco, luego con la técnica de paso de pato que significa ascender de frente, pero resultaba muy cansador. Daniel cada tanto me miraba y yo le hacía señas para que siga. Luego cambié mi rumbo de ascenso plegándome a la izquierda, donde había un desfiladero de rocas alineadas. Pero la marcha era lenta y difícil. Seguía dudando de la efectividad de los crampones, porque tuve que parar para reasegurar los cordines. Atrás mío venía ascendiendo un guía del ejército quien me recomendó que no ascienda cerca de las rocas porque en ese lugar había frecuentes desprendimientos. No bien terminó de decirme eso, se escucharon varias voces y gritos no sólo de mis compañeros de expedición sino de otras expediciones que estaban ascendiendo más arriba: ¡piedra, piedra, piedra! Esa misma piedra pasó a un metro del guía que me alertó de no ascender por el desfiladero de piedras. Nunca voy a olvidar cómo él mismo miraba la trayectoria de la piedra, desde antes que llegara a pasar a su lado hasta que se perdió a su espalda.

Mi renuncia

A la altura de la circunstancias, tenía muchas dudas de seguir ascendiendo. Esas dudas me llevaron, finalmente, a desistir el ascenso. En lo personal, debía cumplir una promesa pero no era el momento ni era seguro que siga ascendiendo. No estaba preparado para hacer una lengua de nieve de mas de 1000 metros con los problemas que ya había sufrido a los cuatrocientos. Me faltaban preparación física y experiencia. Y lo peor de todo es que en el refugio había desayunado más que en abundancia por no contar con información suficiente sobre alimentación en montañas. Pensé que estar bien alimentado iba a ser útil para la travesía. Error muy grande. Luego, con el tiempo y adquiriendo experiencias en otros ascensos, contactos con otros andinistas y dos cursos de montañismo, me harían conocer la verdad de esto. Debí haber desayunado liviano.

Volviendo al ascenso, debo reconocer que tuve el valor de renunciar y lo sentí así, pero ¿de qué me puedo quejar si llegué a los 2900 metros de altitud en mi primera experiencia sobre nieve? ¿Qué más? Me di el gusto de estar en el Volcán Lanín, lo que tanto soñé por un año. Este fue mi primer pequeño paso como andinista, para llegar a ser algún día un profesional.

Muy triste, regresé, miré hacia la cima varias veces... Muy callado, a veces con bronca por no haber podido cumplir. Bajé con mucho viento a mis espaldas. A medida que descendía, me veía obligado a pegarme al suelo por los fuertes vientos que me volteaban. Tuve que clavar bien mis crampones en la nieve, al igual que la piqueta. Luego, cuando llegué al refugio RIM, pensé: “si me costaron esos 400 metros de bajada, qué hubiera sido de mí al bajar los 1500 metros de la lengua glaciaria. Y me refiero sólo a la lengua de la precumbre... ni hablar de la canaleta, con su empinada inclinación.

Cumbre y vuelta a casa

A las 9:00 hs. de la mañana estaba de nuevo en el refugio RIM-26. Al mediodía, apareció un guía del Ejército con un matrimonio suizo con el que luego haríamos una gran amistad. Ellos sólo fueron al Lanín para hacer trekking hasta el Refugio. Por la tarde apareció Nahuel Alonso, un guía de montaña de Neuquén, quien iba con tres clientes. Ya casi de noche llegaron Jimmy -a las 18:00 hs.- y Daniel con Guillermo, una hora después. Todos habían llegado a la cumbre.

Regresaron cansados, extenuados. Luego contaron lo que les costó hacer cumbre por el viento y por las técnicas que debieron utilizar para lograr el objetivo. Al día siguiente, a las 11:00 hs., bajamos por la ruta de La Espina de Pescado en compañía de los suizos. Con ellos fuimos a cenar en Junín de los Andes. Tras despedirnos, nos fuimos Daniel, Jimmy y yo a Buenos Aires. Ellos a trabajar y estudiar, yo a seguir viaje hacia el Cerro Uritorco, en Córdoba.

A los que hicieron cumbre

Daniel, Guillermo y Jaime, hicieron cumbre a las 15:15 hs. y destaparon un champagne. El viento de la cima les volaba el contenido del mismo, pero la alegría nadie se las quita. El suizo Franz hizo cumbre primero, cuando los tres estaban subiendo por la precumbre (la canaleta). Lo que sé es que les costó mucho hacer cumbre, pero aquí quiero destacar el valor de haber llegado y mis felicitaciones a todos ellos, aunque Franz bajó al Refugio cuatro horas antes que Jimmy (14:00 hs.), me saludó y se fue solo a Tromen. No estaba apurado, pero creo que debía haberse quedado porque, después de todo, lo invitamos a unirse a la expedición.

Así fue cómo mis compañeros de expedición lograron la cumbre y me parece que "llegar a la cima del Lanín no es un logro de todos los días”. Después de todo, esta experiencia quedó grabada en mi libro personal del andinismo. ¿Cómo me siento ahora? Bien. Para simplificar, cuando renuncié sentí que abandonaba a mis nuevos compañeros. Me dolió muchísimo, pero como un guía de montaña de Junín de los Andes me dijo: "La montaña está ahí"; y, como Jimmy me hizo recordar en referencia a la película de Eddie Murphy “El tele-gurú” (que vimos en el viaje de regreso a Buenos Aires): "hay 75 veranos, 75 otoños, 75 inviernos y 75 primaveras". Saquen conclusiones.

La lección aprendida

Esta expedición fue la primera de gran magnitud para lo que estaba acostumbrado a hacer. En ella aprendí muchas cosas relativas al montañismo. Saqué la conclusión de que debo mejorar la concentración en lo que hago, usar ropa apropiada, llevar a cabo un buen entrenamiento físico, conocer el tipo de alimentación, informarme más y ganar experiencia. Uno de los frutos de esta expedición fue haber hecho amistad con personas con las que compartí gratos momentos haciendo lo que me gusta y a quienes les dije muchas veces que me tiren de las orejas al cometer alguna equivocación en la montaña, porque ese error a uno puede costarle la vida. Creo que notaron que aprendía rápido aquellas enseñanzas y me veían muy entusiasmado.

¿Que logré con esta amistad? Que unos meses después, en una cena en un restaurante de Buenos Aires durante mayo de 2001, cuando nos juntamos Daniel, Jimmy, y nuestros amigos suizos Christelle y Pascal, Daniel me preguntara si quería unirme a una expedición al "Cordón del Plata", en Mendoza, con cumbres que superan los 6.200 metros de altitud. Recibí aquella propuesta con gran alegría. En realidad, no tenía un proyecto de ascenso para el período 2001/2002. Ese viernes a la noche, Daniel cambió mi tristeza por no tener un proyecto de expedición y por no tener gente de confianza con quien ir a algún lado. La cambió definitivamente. ¡Ya les contaré acerca del Cordón del Plata!

Código del Montañés

    1. Ser, más que parecer.
    2. Ver, observar, aprender.
    3. Prepararse.
    4. Realizar lo que somos capaces.
    5. Economizar medios artificiales.
    6. Tener el valor de renunciar.
    7. Socorrer.
    8. Cuidar los refugios.
    9. Proteger a la naturaleza.
    10. Ser tolerante.

 

Nota:
e-mail: explorer_hiker@hotmail.com

 

 



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