El Tajo: una nueva ruta al Nevado Taulliraju
Marcelo
"Tero" Donozo -
Experto Aventurarse
Julio
de 1993, estoy en la Quebrada de Santa Cruz. Mis compañeros
de aventura son los hermanos Gustavo y Daniel Pizarro,
escaladores de estirpe. Vamos disparados rumbo al Alpamayo,
pero la prisa nos traiciona y nos pasamos por alto el
desvío, llegando casi al final de la quebrada. Así terminamos
a los pies de esa inmensa mole llamada Taulliraju, de
5840 metros.
No
sé cuánto tiempo contemplamos esa catedral de hielo
y roca, como si estuviéramos ante una sabrosa presa.
Regresamos a nuestro objetivo inicial, el Alpamayo.
Luego de ascenderlo y comprobar que tiene más que merecido
el titulo de "La montaña más linda del mundo", regresamos
al Taulliraju con la firme intención de hacer cumbre.
A
escalar en el hielo
El
primer día nos dedicamos a estudiarlo. Ya que nuestro
fuerte es la escalada en hielo, buscamos una ruta con
esas características. Nos atrae una gran cascada helada,
de unos 500 metros, a un costado de la Ruta Italiana.
Para
llegar a ella decidimos avanzar por una gran rampa de
nieve, pero nuestro primer gran problema es atravesar
el glaciar de la base, hasta situarnos en la base de
la rampa. Decidimos, para ahorrar tiempo, atravesarlo
frontalmente,
montando
cuerdas fijas en la lisa y espejada superficie que dejó
el hielo en su retroceso. Cuando nos disponemos a cruzar
el glaciar, nos encontramos con una jungla de grietas
que nos indican: "Hasta aquí llegaron".
Desinstalando
las cuerdas, Daniel sufre una torcedura bastante fea
en una rodilla, por lo que se queda descansando en el
campamento base. Con Gustavo nos montamos en el portezuelo
del Paso de la Punta Unión, por donde transcurre un
camino pre- incaico. De allí, atravesamos a lo largo
todo el glaciar hasta llegar a la bendita rampa. Esta
travesía nos demanda tres agotadores días porteando
todo nuestro equipo.
En
la rampa
Hacemos
un campamento en la base de la rampa, que tiene una
pendiente de 60º a 70º, con una rimaya en el medio que
me hace sufrir y, por ultimo, termino dentro de ella.
La nieve tiene condiciones ideales para la ascensión,
pero al final nos llevamos otra sorpresa: La cascada
no se conecta a la rampa. Debemos superar un mixto A3,
VII, bastante duro y después de dos largos de 100 metros
llegamos al comienzo de la cascada.
Han
pasado más de 20 horas. Estamos muy agotados. Bajamos
al campamento de la base de la rampa dejando cuerdas
fijas en el mixto y en gran parte de la rampa. Después
de un día de descanso, aparece Daniel, recuperado del
percance en su rodilla y, lo más importante: Nos trae
comida!
A
medianoche, Daniel nos despierta con unos sabrosos mates.
Gustavo y yo nos resistimos a salir de las bolsas, pero
al final, entre mates e insultos estamos otra vez en
marcha. Cuando alcanzamos las primeras cuerdas fijas
empieza a nevar copiosamente. Somos optimistas y pensamos
que la tormenta pasará rápidamente, aunque es, sobre
todo, una expresión de deseos. Entonces, la nieve se
pega a las cuerdas y fallan las trabas de los jumares,
haciéndonos más lenta y penosa la progresión.
Al
fin, cumbre!
Amanece
y sigue nevando cuando llegamos al comienzo de la cascada.
Daniel tira el primer largo en una cascada que al principio
no tiene más de un metro y medio de ancho y una verticalidad
de 80º. La pared de granito es completamente lisa, por
lo que el primer largo es muy expuesto. Mas arriba el
hielo es más abundante, pero hay tramos cortos de hielo
cristal. Los tres nos alternamos en la primera ubicación,
para que los dos restantes puedan jumarear.
La
tormenta no afloja y las avalanchas de nieve-polvo son
constantes. La nieve busca cualquier entrada
en
la chaqueta, para colarse en su interior. Una grampa
se me salta constantemente y tengo que improvisar el
arreglo con una
cinta. Cuando el sol comienza a caer, logramos
salir al filo cumbrero y después de pelear con sus cornisas,
por fin hacemos cumbre.
El
descenso, por la misma cascada se vuelve tortuoso. Estamos
bastante mojados y las esperas en los rapeles son muy
frías. Aunque nieva menos, las avalanchas continúan.
Al caer la noche, rapeleamos a oscuras para ahorrar
baterías y sólo utilizamos las linternas frontales en
el momento de instalar.
Un
duro descenso
Cuando
el material se empieza a acabar, aparecen las cuerdas
fijas. Bajamos un trecho por ellas, pero estamos muy
cansados y mojados para desinstalar el mixto. Decidimos
abandonar un largo con todos los seguros intermedios.
Desenfundamos otra vez nuestras cuerdas y las arrojamos
al vacío. Empiezo a rapelear y a girar en el extraplano
del mixto. Bajo lo mas lento posible para que la cuerda
no raspe en las paredes y porque mis guantes están mojados
y congelados.
Una
alegría inexplicable me invade cuando mis pies alcanzan
la nieve de la rampa. Recogemos las cuerdas instaladas
en la rampa, a medida que bajamos. A las cinco de la
madrugada estamos en el campamento de la base de la
rampa. Irónicamente comienzan a parecer las primeras
estrellas en el firmamento.
Al
día siguiente comenzamos a atravesar el glaciar. Cuando
salimos al camino pre-incaico pasan dos lugareños y
nos miran confundidos. Luego aparece José Luis, el otro
Pizarro, quien nos ayuda a portear el equipo. Llegamos
al campamento base donde nos espera un exquisito guiso
con mates.