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Primer Buggy Extreme Caramba, 1999
Andrea Della Bianca -
Experto Aventurarse

Al fin, después de seis meses de planes y sueños, estábamos allí: la Pampa del Leoncito. Un lago seco de 60 km2, a 2000 metros sobre el nivel del mar, en medio de los Andes argentinos. El sol se estaba poniendo tras las montañas que lo rodean y el anemómetro marcaba 40/45 km./h. Agustina, Patrick y yo no podíamos creerlo, pero el Primer Buggy Extreme Caramba había de hecho comenzado.

Nos reunimos en la ciudad cercana de Barreal, con los pocos que habían respondido a la llamada, el contingente francés de Antoine, Henry y Pierre, y rápidamente acampamos junto al río cerca de la ciudad. Nuestros amigos franceses habían llegado el día anterior y, al sentarnos frente al fuego del campamento esa noche, no podían dejar de contarnos acerca del viento que había aparecido repentinamente a la una de la tarde y lo radical que era.

Eso confirmaba la información que habíamos reunido durante los meses anteriores: la Pampa del Leoncito es conocida por quienes usan veleros de tierra por sus fuertes y regulares vientos. El récord mundial oficial de velocidad de 130 km/h fue roto aquí. También sabíamos que los vientos soplan casi todo el año entre la una y las cinco de la tarde, pues son generados por las corrientes térmicas, que con frecuencia se encuentran en las alturas de los Andes.

Una vez que nos aprovisionamos con agua y comida en la ciudad, el mediodía del siguiente día estabamos sobre el lecho seco y duro del lago. La calma era descorazonadora y el sol golpeaba nuestras cabezas; pero sabíamos que pronto empezaría a soplar el viento y todos empezamos a levantar el campamento, cargar los buggies y sacar los barriletes.

Llega el viento

Para las cuatro de la tarde habíamos perdido toda esperanza: la calma seguía allí. Una hora después el aire se movía un poco y salimos de la camioneta para ver si algo sucedía. Al final de la Pampa pudimos ver una extraña nube que se alzaba en el piso. Nos tomó unos segundos darnos cuenta que era polvo que se alzaba debido al famoso viento y que se acercaba a nosotros rápidamente. De repente la camioneta se movió como si la hubiera golpeado una gran ola y allí estábamos, cara a cara con aquello. El anemómetro marcaba más de 50 km/h con rachas de hasta 60/65 km/h.

Pensé que incluso el barrilete más chico que había traído, incluso un Skytiger HI-15, podría ser demasiado grande para eso (o mejor dicho, para mí), pero no podía quedarme así y dejar pasar el viento. Con todo el equipo de seguridad, empecé a velear. El mayor récord de velocidad logrado hasta entonces en el grupo de buggy argentino era de 51 km/h en un Big Foot, que yo alcancé en Punta Rasa, la playa a la que vamos durante el año.

Al sentarme en el buggy y bajar el barrilete noté una aceleración nunca antes sentida, el barrilete me jalaba con fuerza y cuanto más jalaba, tenía que dirigir el buggy hacia el viento para mantener el control, y eso generaba esa aceleración sensacional. Fue en cuestión de segundos que miré el velocímetro y ya estaba en 55 km/h y seguía subiendo.

El viento se mantuvo fuerte y el anemómetro llegó hasta 74 km/h (Beaufort 8) varias veces. Ese día, mi velocidad máxima fue de 82.1 km/h y las velocidades promedio a las que viajaba eran entre 60 y 70 km/h. Ninguno de nosotros habíamos conocido condiciones tan radicales y de los demás, Agustina, la única otra piloto experta presente, no se sintió suficientemente fuerte para retar al viento. Patrick, nuestro amigo suizo, es un esquiador con barrilete, pero nunca antes se había sentado en un buggy y pensó que sería más prudente esperar vientos más suaves. Los tres muchachos franceses eran relativamente nuevos en el mundo de los barriletes y aún no habían pasado de los barriletes de doble línea. Así, ese primer día, todos estaban un poco desilusionados de nuestro lugar soñado para el buggy.

La mañana siguiente, Patrick se levantó temprano y se percató que el viento se había calmado, pero seguía estando en Beaufort 4, justo lo necesario para probar su nuevo Q2002... con ruedas. Sin embargo, para cuando nos levantamos cerca de las 10:00 hs., había apenas una brisa y poco después no había más viento. El día estaba bastante nublado y el calor no era suficiente para calentar las montañas y generar un movimiento térmico. Debíamos esperar y no perder esperanza.

Sólo bastante tarde empezó a moverse el aire. Empezó soplando una brisa y todos pudieron entonces andar en buggy por un par de horas. La vista era increíblemente bella: el sol se ponía tras la cima de las montañas, de 5000 metros de altura que se encuentran entre las más altas de los Andes, y los lados y las nubes se pintaban de colores. El cielo tenía algunos coloridos barriletes que danzaban y todos sentían que la espera había valido la pena.

Patrick había decidido no perderse la última oportunidad y, al día siguiente, empezó justo después del amanecer. Las condiciones eran idénticas a la mañana anterior: el viento era ideal para divertirse, pero no era extremoso. Para la hora que el viento empezó a desaparecer, algunas horas después, Patrick era un conductor experimentado, que andaba con confianza con una gran sonrisa plantada en la cara.

Nuevamente, fue momento de buscar la sombra y esperar con paciencia, deseando que los dioses fueran benevolentes por la tarde y dejaran que soplara el viento. Y lo fueron: el viento sopló a "sólo" 40/45 km/h, permitiendo así que todos participaran hasta que el espectáculo de las montañas teñidas por los últimos rayos del sol desaparecieran en el manto de la noche.

El último día y los planes para el futuro

Después de tres días de remontar algunos de sus barriletes deportivos que soportaban este viento, Henry también consideró que estaba listo para probar el buggy. El último día del año fue el primero en que lo controló. El viento era el adecuado esa tarde y, cuando Agustina dejó su equipo "descuidado" para tomarse un descanso, Henry se subió a bordo y aceleró rápidamente en el sentido del viento, sin realmente saber que tendría que regresar veleando contra el viento. De todas formas, algunos consejos dados desde la motocicleta de rescate fueron suficientes para que entendiera los principios para utilizar el viento y traerlo de regreso.

Posteriormente, Agustina se tomó otro descanso, esta vez porque el viento había arreciado... Aunque se le advirtió acerca de las condiciones más pesadas, Henry no podía evitar practicar sus habilidades recién adquiridas y zarpó cruzando hermosamente de un lado a otro, sin perder un solo centímetro de terreno, sólo por un breve tiempo. Un accidente menor hizo caer su delta pero, al hacerlo despegar nuevamente, parado en la mitad de la ventana del viento, la estructura reventó. Fue la persona rescatada menos agradecida que he visto, pero lo había hecho, había aprendido a navegar un buggy con barrilete y lo hizo en condiciones realmente serias.

Así fue, tuvimos que seguir adelante al siguiente paso de nuestro plan de vacaciones y dejar atrás la Pampa. Aunque esto sólo sea temporal, la próxima expedición ya empezó a ser planeada aún estando allá por todos aquellos que se quedaron en Buenos Aires.

 

 

Nota:
El texto fue extraído de la página de BaToCo (actualmente offline) y la traducción del original es de Ana Grinberg Krasnopolsky.

Toda la información del Buggy Extreme Caramba está en el Informe Especial que se publica en el portal.


 



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