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Segundo Buggy Extreme Caramba, 2000
Andrea Della Bianca -
Experto Aventurarse

Pampa de Leoncito -Barreal Blanco, para la gente del lugar- es una laguna seca, en la provincia argentina San Juan. Esta laguna es de superficie lisa y firme, y con una capa de fino polvo que la recubre. Sobre ella corre el famoso viento Pampero, que va de 25 a 60 km/h o más.

Sus características la convierten en un excelente reducto para la práctica del kite buggy. La actividad del "buggy" consiste en juntar un carro y una cometa y lanzarse por superficies lisas, las que permiten levantar considerables velocidades y aseguran una buena diversión. Y si es con amigos, mucho mejor.

En esta oportunidad se trataba de un encuentro de camaradería, con representantes de la Argentina y Chile. Eran las 2.30 de la madrugada cuando la luz de la luna empezó a mostrar el reflejo cándido de la superficie de la "Pampa". Eso no bastó para despertar del todo el interés del "equipo argentino" compuesto por Agustina, Lucas, José, Guillermo y quien escribe. Es que a esa hora nos encontrábamos un tanto desmayados por el largo viaje desde Buenos Aires. Ya a la mañana, en las cabañas de doña Pipa, nos encontramos con Juan Enrique y José Antonio, llegados el día anterior desde Chile. Comenzaban tres jornadas a puro buggy.

Empieza la fiesta

Luego de unas horas de "duro trabajo" para armar los buggies, estábamos listos para enfrentarnos a la Pampa. El Conchavado, viento que sopla del noroeste, nos daba una bienvenida con rachas de 35 a 40 Km/h. Era una rara bienvenida, ya que corría a una hora muy poco habitual.

Nos tomó un rato decidirnos a sacar alguna vela y mientras el primer buggy salía con un pequeño delta custom Alto Vuelo, yo había armado el Jojo SC 2500, suponiendo que era mejor comenzar con algo chico.

Sentado en mi buggy, mientras ajustaba el arnés y buscaba el rumbo, a los 50 metros me llegó la primera lección. Una racha fuerte se encargaba de recordarme: quien manda es el viento. La única opción fue soltar el barrilete y correrlo por la Pampa.

A comenzar de nuevo. Decidí, entonces, probar con los pocos deltas que hemos traído para familiarizarnos con el ambiente. Un Pegaso, prototipo del Cursor 2000 y un Speedwing nos sirvieron para entendernos con estas condiciones verdaderamente extremas.

Juan Enrique, en su primer intento con un QuadTrac 2, pronto tuvo que abandonarlo a un "vuelo libre" hasta el otro lado de la Pampa. Lo encontraría enredado en un arbusto por ahí. Entretanto, José Antonio había sido forzado a una tarea clásica de nuestro deporte: el desembrollo de una galleta galáctica.

Abandonadas las esperanzas de usar sus barriletes nuestros amigos chilenos, impresionados por las condiciones muy distintas a las de sus pagos, prefirieron tomar la situación con más calma, volando los deltas. Un ejemplo de sabiduría y prudencia.

Llega lo mejor

Ya a la tarde, más confiados y con un viento un poco más constante, sacamos los dos pequeños SkyTigers que habíamos traído: un HI15 y un 18. Aún con velas muy pequeñas, la superficie del Barreal Blanco permite alcanzar velocidades que no dejan de sorprendernos. Al volver a "los boxes" le mostré a José la velocidad máxima que había quedado grabada: 63,4 Km/h. Todavía no sabía que ese era el comienzo de un desafío no declarado.

Sin que me diera cuenta, José había agarrado el Libre más estable que los otros buggies y había vuelto sólo cuando la máxima grabada anteriormente ya no estaba más. "Allí tienes 67,8 Km/h para batir", me dijo con una sonrisa llena de orgullo.

La cara de Agustina lucía una sonrisa solar. Ella también, limitada por su peso reducido y la falta de arnés, estaba utilizando un delta. Éste la llevaba de un lado al otro de la Pampa, bien rápido y en pleno control. Como siempre, era la única mujer en el medio de la "banda" de muchachos, y siguió demostrando que ellas también pueden. Lástima que no tuvimos ocasión de comentar las condiciones con Lucas. Se había montado en su buggy y casi no volvió a la base hasta la hora de guardar el equipo. Una demostración de excelente adaptabilidad y, sobre todo, de gran resistencia física, dado que no usó arnés en todo el día. Acostumbrado a las distancias limitadas de las playas del río Paraná en Rosario, Lucas no podía dejar de aprovechar el llano sin fin.

El menos feliz era Guillermo. Aunque confiado y con dominio total del vehículo, volando los deltas antes y un Skytiger después, no lograba alcanzar las mismas altas velocidades que estábamos marcando los demás. Le daba un poco de vergüenza mostrarnos su velocímetro con tan sólo 40 Km/h como máxima, sobre todo porque él sentía ir tan rápido o más que los otros.

Con los últimos rayos de sol que iluminaban la superficie blanca, logré batir la marca de José. Alcancé los 68,2 Km/h. Sin embargo, José no se dio por vencido y pronto volvía a cerrar el día con una máxima de 69,9 Km/h. Esto serviría de base para el día siguiente: el desafío estaba abierto y ninguno de los dos quería quedarse atrás.

La búsqueda

Ya en las cabañas, comentando el día alrededor de un buen tinto, Guillermo recuperó su ánimo bajoneado por los inútiles intentos de pasar la barrera de los 40 Km/h. José Antonio había descubierto que el instrumento no marcaba Km/h, sino millas. Ni José ni yo quisimos investigar si eran millas terrestres o náuticas, ya que si se trataba de millas náuticas, Guillermo quedaba como el récordman del día!

La lucha para el récord seguía sin fin. Sólo era necesario mejorar la marca unos pocos Km/h, para volver a la base a entregar un nuevo desafío. José llegó a los 72,8 km/h. Yo hice 74,3. Él me superó con 75,6. Mi orgullo me llevó a 76,9.

El viento había bajado un poco hacia el final del día y me atreví a volar el Jojo RS 2700. En realidad sentía que José podía volver a mejorar la marca en cualquier momento y buscaba un número más alto. Qué sensación: ninguna vela volada en estos dos días había sido tan potente y estable. Ya no daba miedo, la potencia era perfecta, ideal. Y la nueva marca llegó nuevamente con los últimos rayos del sol: 79,4 Km/h. También José quiso experimentar con el RS 2700, pero no tuvo la suerte de encontrar aquella racha perfecta. Sin embargo, tuvo la misma sensación de seguridad, potencia y control total, lo que bastaba para justificar una sonrisa de felicidad.

Guardar la tonelada de equipo nos tomó casi toda la mañana siguiente. Aprovechamos de nuestras últimas horas en Barreal para hacer un poco de turismo en el Valle Pintado, poniendo a prueba la doble tracción de la camioneta alquilada. Se había terminado nuestra aventura. En la ruta hacia la ciudad de Mendoza, nadie podía dejar de evocar las sensaciones vividas. Cada uno había cumplido con el sueño de correr la Pampa y todos volvíamos incólumes.

 

 

Nota:
Toda la información del Buggy Extreme Caramba está en el Informe Especial que se publica en el portal.


 



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