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Valles Calchaquíes en bici. Abril de 2002

Mariano D´Alessandro - Experto Aventurarse

Había mucha ansiedad en esa partida. La semana laboral había concluido. Poco a poco iban llegando los bikers al punto previsto para la partida, con su equipo personal, bolsas de dormir, aislantes, bolsos, bicicletas, cascos. La organización aportaba lo suyo: los bolsos con equipo mecánico, el botiquín, las interminables cajas con los alimentos necesarios para la travesía, el equipo de cocina, las garrafas. Había que prestar mucha atención, nada podía quedar en Buenos Aires y todo debía entrar en el minibús y en el trailer. Durante la carga de las bicicletas comenzaron las primeras bromas. Había una gran ventaja y es que cada uno de los participantes ya había viajado con nosotros al menos una vez. Eso allanaba el camino.

Reinaba la ansiedad. En el año 2000 habíamos planificado la travesía, en 2001 habíamos relevado la zona, es decir, habíamos viajado para conocer los caminos, medir el kilometraje de cada etapa, conocer guías de mountain bike locales, desniveles de altura, alojamientos, puntos posibles de campamentos y almuerzos. Había llegado el día de comenzar a rodarla y la expectativa era enorme.

Hubo participantes que llegaban desde los Estados Unidos, algunos que llegaban en diferentes vuelos desde Buenos Aires, otros que llegaban desde Corrientes, Santa Fe y Tandil; muchos horarios diferentes para coordinar. El grupo era súper heterogéneo, cada uno enriquecería al montón con su cultura, estilos, educación y costumbres.

Finalmente partimos y llegamos a Salta capital luego de veintiocho extenuantes horas de minibús, atravesando las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán y parte de Salta. Esa noche tuvimos nuestro merecido descanso en un albergue de la capital salteña y allí el grupo estuvo definitivamente completo.

Al día siguiente la travesía comenzó. Se unieron Rolo y Marcos, quienes oficiarían de guías junto a mí, y partimos en vehículo hacia Piedra del Molino, el punto más alto -3.348 metros sobre el nivel del mar- de la ruta que va desde Salta hasta Cachi, atravesando la Cuesta del Obispo.

Sin sentir puna, el grupo iba muy animado en el vehículo, primero escuchando la charla o briefing de bienvenida, luego, mientras cada uno se presentaba y, por último, viendo el imponente paisaje y camino en zig-zag que teníamos del otro lado de las ventanillas.

Almorzamos y le llegó el turno a la acción. Preparamos las bicis y comenzamos a rodar, descendiendo hacia el oeste por la Ruta 33 primero y por la Ruta 42 después. El paisaje era alucinante, la aridez, los cardones -hábiles sobrevivientes del desierto-, las diferentes tonalidades de rojos, eran los ingredientes del espectáculo. Mientras tanto, el grupo descendía con ritmo sostenido, quizás dejando pasar los paisajes, quizás no pudiendo reparar en muchos detalles, pero entregado al ritmo, al esfuerzo, liberando esa ansiedad que había acumulado en los días previos a la travesía.

Esfuerzo y recompensa

Luego de 50 kilómetros y de cruzar los valles Encantado y Cachipampa, todos eligieron continuar pedaleando hasta llegar a las 21.00 a Cachi. Durante una hora y media el pedaleo había transcurrido bajo una penumbra total. Estaba claro que la travesía se presentaba en forma intensa desde todo punto de vista y en todas sus formas. No había espacio para las medias tintas. Eran necesarias la fuerza, la destreza y la resistencia. La recompensa serían los paisajes, las enseñanzas, las experiencias y la convivencia con las otras quince personas que formaban el grupo.

En un nuevo día, partimos desde Cachi. Tuvimos antes un gentil encuentro con la prensa local, visitamos el pueblo, su iglesia con arte en madera de cardón, descubrimos la historia que habla de colonización española, de riquezas robadas, influencia aborigen desde el Altiplano, la fuerte identidad local, sus construcciones típicas e higiene intachables y luego entramos en calor para entregarnos nuevamente a la acción.

Con mucho esfuerzo realizamos los primeros 15 kilómetros en puro ascenso, trepando más de cuatrocientos metros en muy poco tiempo y en poca distancia. Una de las ladies del grupo, Sonia, sufrió la Puna y tuvo que regresar con uno de los guías tras descomponerse.

Llegamos finalmente hasta la escuela Las Arcas, desde donde obtuvimos la mejor foto del Nevado de Cachi de más de 6.300 metros. Cruzamos el río a través de un puente peatonal y admiramos la variedad de colores que ofrecía el paisaje, incluido Cachi, muy lejos y abajo en el horizonte. Fotografiamos los campos, llenos de ajíes secándose, y en veinte minutos descendimos para disfrutar la adrenalina y excitación de conducir la mountain bike por esos caminos sinuosos.

Llegamos a Cachi todos vivitos y coleando. Nuestro equipo de apoyo ya tenía el almuerzo preparado: ¡matambre con vitel thoné! Obviamente, Sonia tuvo que abstenerse y estuvo a té y galletitas todo el día.

En la tarde, y sobre la Ruta 40, recorrimos 27 kilómetros hasta llegar a Seclantás. Nos alojamos en cabañas. En ese momento, el hecho de dormir en camas con sábanas y almohadas y poder disfrutar de una ducha caliente, eran elementos que cotizaban en lo más alto del mercado negro de la travesía, sólo superados por el buen vino tinto y la cerveza local "Salta", que acompañaban cada cena.

La rutina de cada día comenzaba con el desayuno a las 8.15 de la mañana, la preparación, revisión y limpieza de las bicis a las 9.00, para comenzar la jornada de pedaleo una hora más tarde. Dos participantes por día debían colaborar con el equipo organizador en las tareas domésticas de la travesía, para hacer más eficiente el uso del tiempo y poder disfrutar de la bici, que era el objetivo principal.

Ese día comenzamos el que sería el más duro de la travesía. Partimos desde Seclantás, cruzamos el río Calchaquí hacia el oeste y comenzamos un exigente ascenso hacia la Laguna de Brealito. El trayecto a recorrer era de 22 kilómetros de ida, pero la distancia engañaba. Había ochocientos metros de desnivel a superar entre los dos mil doscientos y los dos mil novecientos metros sobre el nivel del mar. La diferencia de oxígeno en el aire era muy notoria y transformaba cada vuelta de pedal en un ejercicio muy intenso, sobre todo para quienes estamos habituados a vivir al nivel del mar.

Competencia de pinchaduras

El camino, primero ancho y suave, fue haciéndose más y más difícil. Los cardones, cada vez más grandes, eran testigos silenciosos de nuestro sufrimiento voluntario. Luego de diez kilómetros superamos la primera cuesta importante y reagrupamos aprovechando que había que reparar una pinchadura. Estas fueron una constante en toda la travesía. Organizamos una competencia que finalmente ganó Johnny con seis pinchaduras! Fue un buen consejo agregar líquido antipinchaduras y la colocación de bandas de kevlar dentro de las cubiertas.

El siguiente punto de encuentro, luego de un descenso momentáneo que sirvió para liberar nuestras piernas de tanto esfuerzo, fue el pueblo de Brealito. La fatiga era considerable y todavía no había pasado lo peor. Quedaban los últimos cinco kilómetros de ascenso en caracol, hasta llegar al Abra. El camino era increíble. El zig- zag nos permitía ver a nuestros compañeros trepar en diferentes partes del mismo. Por momentos usábamos la relación de cambios para máximo esfuerzo, en silencio, sólo escuchando el ruido de las ruedas en contacto con el suelo y la propia respiración trabajando en forma constante como un tren a vapor.

Llegamos finalmente a la laguna, un espejo verde en medio de los cerros colorados, que no encajaba, que parecía imposible que fuera real con tanta aridez alrededor.

Luego del merecido descanso y almuerzo, iniciamos la vuelta con el desafío de llegar antes de que oscurezca. Todo lo sufrido en la mañana se transformó en un montón de sentimientos confusos y mezclados al comenzar a descender, entre ellos, alegría, emoción, derroche de adrenalina, satisfacción personal y mucha concentración. La elongación final, los masajes para relajación y la ducha de agua caliente hicieron lo que faltaba para terminar un día perfecto. Marcos, nuestro guía local, se despidió del grupo esa noche. Su aporte había sido aprovechado por todo el grupo.

Desde Seclantás continuamos en vehículo hasta Molinos, un pueblo con mucha historia y una iglesia color crema que es una belleza. Siempre nos acompañaba el buen tiempo y no hay ni soles ni noches estrelladas como las que se pueden vivir en esta región.

Luego del almuerzo hicimos 47 kilómetros por la Ruta 40 hasta llegar a Angastaco. Lentamente se iban perdiendo de vista los nevados de más de 6.000 metros. El paisaje continuaba ofreciendo sus contrastes de cerros rojos, valles verdes, casas de adobe y ajíes secándose al sol. Tuvimos la oportunidad de cruzarnos con zorros, llamas y guanacos y por segunda vez llegamos al destino de noche.

Nuestro albergue era esta vez un poco más precario. Cenamos pastas con pesto y salsa de roquefort, tuvimos nuestro vino tinto y nos olvidamos del cansancio para dedicarnos a la diversión hasta la hora de ir a dormir.

Para los argentinos, a diferencia de ciclistas de países extranjeros, es tan importante disfrutar de paisajes, descensos, esfuerzo sobre la bici, como de una buena cena, con mucha charla, diversión y cerveza o vino que acompañen la velada. Este grupo no era la excepción.

Caminos espectaculares

En Angastaco comenzamos uno de los caminos más espectaculares que yo haya hecho alguna vez. Se llama Quebrada de las Flechas y está compuesto por una serie de formaciones inclinadas que acompañan durante 20 kilómetros, hasta el cruce del río Calchaquí. Allí tuvimos muchísimas paradas obligadas. Las máquinas de fotos no paraban de trabajar, se acababan los rollos, los caprichos de la naturaleza no dejaban de asombrarnos mientras descendíamos suavemente camino a San Carlos. Antes de llegar a la ciudad, entramos en un camino de pavimento que fue un alivio para más de uno y nuestras partes menos nobles comenzaron finalmente sus merecidas vacaciones.

En San Carlos hicimos nuestra elongación frente a la iglesia y, como quedaban 27 kilómetros hasta Cafayate, cargamos las bicis en el trailer mientras la mayoría fue de compras aprovechando los tapices, el vino patero, las artesanías y el queso de cabra locales que son todas una delicia. Llegamos a los bungalows en Cafayate, cenamos ravioles y a dormir.

El día siguiente iba a ser diferente: mañana libre para visitar el centro de Cafayate o para visitar alguna bodega, mientras los cocineros preparábamos el plato del mediodía: unos piononos con salmón y palmitos acompañados por huevos rellenos, de los que no quedó ni una miguita. El plan era hacer en vehículo sólo 20 kilómetros de la Ruta 68 que comunica Cafayate con Salta capital, para luego bajar las bicis del trailer y comenzar a rodar por la alucinante Quebrada de las Conchas o Quebrada de Cafayate.

Habíamos elegido pedalear en la tarde para disfrutar el estallido de los rojos en el atardecer. Comenzamos en El Paso, seguimos por La Yesera, Casa de loros, El Sapo, Santa Bárbara, Garganta del Diablo, Las Abritas, hasta llegar casi sin luz a Las Curtiembres, totalizando 50 kilómetros de recorrido a través de las formaciones más extrañas que hayamos visto y que parecen sacadas de una película del Oeste americano.

En Garganta del Diablo entramos a un cañón espectacular hasta donde los más veteranos hacían gala del eco que producían con sus gritos y chillidos. Cualquier salteño hubiera pensado cuál sería el problema psicológico de esos ciclistas.

La travesía estaba concluyendo y esa última noche salimos a cenar en un restaurante de Cafayate. Fue extraño vernos vestidos sin nuestros coloridos atuendos de ciclismo. Esa cena fue espectacular, todos demostraron mucha unión y compromiso, y pudimos expresar todo lo bien que lo habíamos pasado juntos.

¡Hasta la próxima!

Para el último día el programa era la visita a las ruinas de Quilmes, para luego hacer el descenso desde la Cuesta del Infiernillo a más de 3.000 metros, hasta Tafí del Valle y luego el descenso hasta Famaillá. El primero se hizo sin inconvenientes. Hacía mucho frío allí arriba, el viento era muy fuerte y el descenso fue muy veloz y divertido. Almorzamos en Tafi, visitamos la ciudad y al momento de recomenzar a pedalear una nube iba cubriendo lentamente el embalse La Angostura, lugar hacia donde nosotros nos dirigíamos.

Desde allí comenzaba el descenso a Famaillá con la particularidad de que el clima seco de Puna se transformaba en selva subtropical a medida que bajábamos. Tuvimos que parar y cargar las bicis en el trailer, ya que las nubes se cerraron en una niebla muy densa, el suelo estaba húmedo y el tránsito vehicular no aportaba mucha seguridad. La conclusión fue que disfrutamos intensamente los siete días de bici y no había necesidad de correr riesgos pocas horas antes de concluir la travesía.

Cargamos las bicis en el trailer e hicimos, con un poco de pena, ese descenso espectacular viajando en el minibús. Al llegar a San Miguel de Tucumán se podía respirar un halo de pena. En ese lugar nos separábamos. Algunos volvíamos en minibús, otros volvían a Buenos Aires en avión, otros a sus respectivas ciudades por su cuenta y los norteamericanos volvían a su país. Exteriorizamos nuestra emoción, nos prometimos el envío de fotos y dejamos la fecha abierta para otra nueva aventura.

 



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