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Bariloche - San Martín de los Andes en mountain bike

Mariano D´Alessandro - Experto Aventurarse

Partimos un viernes 21 de febrero, después de cargar las bicicletas en el trailer y el equipaje en la Iveco, hacia Bariloche, con el fin de recorrer diferentes cerros y lagos de Villa la Angostura, el camino de los Siete Lagos y San Martín de los Andes. El viaje era largo, por lo que intentamos calmar la ansiedad, entre películas, revistas y mapas con la descripción detallada de la travesía que en ese momento comenzábamos. Llegamos a San Carlos de Bariloche, en la provincia de Río Negro, exactamente veinticuatro horas después de la partida, y aprovechamos para hacer algunas compras y para que los que no conocían dieran una vuelta. Para los que ya conocíamos ese maravilloso lugar de la Argentina fue muy agradable y placentero reencontrarse con sus bellezas.

Por tres días, nuestra morada iba a ser el Refugio Cordillera de Andy Rapoport, ubicado en el Kilómetro 18,6 de Bustillo, camino al Llao Llao. Fuimos recibidos allí cálidamente y, esa noche, festejamos la llegada con un asado, cerveza y champagne, festejo antideportivo permitido sólo por excepción.

Al día siguiente, después de madrugar y desayunar muy temprano, entre las 9.30 y 10:00, salimos en vehículo hacia el Centro de Bariloche, para tomar la Ruta 258, que se dirige hacia El Bolsón. El plan era llegar hasta la Laguna Llum, por lo que era preferible evitar el pedaleo en la ruta céntrica de Bariloche. Bajamos las bicicletas sobre la Ruta 258, diez kilómetros antes del desvío hacia la laguna y, luego de chequear todo, partimos.

Paisaje y adrenalina

Ese trayecto, con suaves pendientes ascendentes y descendentes, era un paseo, con el atractivo extra de estar en un lugar espectacular, con el Lago Gutiérrez a mano derecha. Luego tomamos el camino, que luego se convierte en sendero, y que va hacia la laguna. En un comienzo, el camino es abierto, apto para vehículos y rodeado por un importante manto vegetal. Se deben vadear dos arroyos, uno de ellos llamado Arroyo Fresco, que hace honor a su nombre. Poco a poco, el camino se convierte en una picada, la vegetación se cierra y se hace más frondosa y, técnicamente la conducción de la mountain bike se vuelve mucho más entretenida, subiendo durante trechos largos, pero aprovechando todas las bajadas a gran velocidad, hasta llegar hasta los 45 km/h, lo que para un sendero de un metro de ancho es mucho.

Luego de un par de sustos, se recupera la prudencia y se comienza a observar y sentir el lugar. No hay un alma, excepto nosotros -sólo se escucha el sonido de miles de pájaros- y el camino comienza a complicarse con pendientes ascendentes y descendentes muy pronunciadas y muchos troncos de árboles caídos que nos obligan a cruzar a pie. Así, llegamos a una playa paradisíaca, creyendo que era la Laguna Llum pero no: era el Lago Mascardi.

Después de almorzar y de una siesta reparadora, juzgamos conveniente comenzar la vuelta y no seguir hacia la Llum, porque volveríamos de noche. Rehicimos el sendero de vuelta y encontramos al vehículo de apoyo, que nos estaba esperando y que luego nos acompañó durante diez kilómetros de ruta, hasta que decidimos cargar todas las bicicletas y llegar hasta el refugio.

Vertiginoso descenso

Llegamos y dimos cuenta de té, merienda y cena, todo junto. Todo mezclado con partidos de truco, en los que se jugaba de todo. El clima era excelente, pero esta vez no habría cerveza ni champagne, ya que las pilas no eran las mismas. Como en todo el viaje, el segundo día resultó despejado, pero más ventoso. Partimos más temprano, hacia la base del Cerro Otto, de 1400 metros, con la intención de ascenderlo a bordo de nuestras mountain bikes.

El trayecto de ocho kilómetros se hizo muy difícil para algunos, ya que no tiene respiros, pero se festejó la llegada hasta la confitería giratoria que está en la cima. Allí, el paisaje es sencillamente espectacular. Después de pasar por el refugio donde vivió el alpinista alemán Otto Meiling, se ve toda la ciudad de Bariloche al pie, el Lago Nahuel Huapi con un azul profundo, los cerros hacia el norte y las agujas del Frey, hacia el sudoeste.

Luego de un descanso y de reponer energías con unos turrones que nos acompañaron todo el viaje, comenzamos el descenso por la parte sur del Cerro Otto.

Todos los ciclistas bajaban con una sonrisa tipo "feliz cumpleaños", por lo divertido y emocionante de este descenso. La picada tenía un metro de ancho, curvas y contracurvas, y rectas que surcaban por el medio del bosque, y en las que se alcanzaba gran velocidad. Por más que se dieron las recomendaciones necesarias, una de las chicas tuvo un aterrizaje forzoso, sin serias consecuencias. El problema surgía en cada curva, dado que el terreno era muy seco y quedaba una nube de polvo flotando en el aire ante cada pasada.

Llegamos a la orilla del Lago Gutiérrez y el clima había cambiado: estaba muy ventoso y asomaba un frente de tormenta, que lentamente se iba acercando, por lo que almorzamos y partimos hacia la base del Cerro Catedral, donde no pedaleamos, pensando que la llovizna se convertiría en lluvia. Al final, se despejó tarde y decidimos volver al refugio. En la siguiente jornada nos despedimos de Bariloche para llegar, al mediodía, a Villa La Angostura.

La Angostura

Al llegar a Villa la Angostura encaramos hacia el camping Osa Mayor, lugar elegido para utilizar de base en esa localidad. Durante la tarde, partimos en mountain bike hacia la base del Cerro Bayo y, después de subir seis suaves kilómetros, llegamos hasta las aerosillas. Las caras de pánico de todos no se debían a la forma de nuestro ascenso. El motivo eran las bicis, que iban enganchadas en las aerosillas por la parte delantera del asiento de la bicicleta.

Nuevamente, allí arriba, desde los 1.782 metros de ese cerro, el paisaje era indescriptible, con el Nahuel Huapi y la Isla Victoria en el horizonte. Como estaba ventoso y hacia frío, nos abrigamos bien y comenzamos el descenso por un camino de varios metros de ancho. Esta bajada fue la más veloz y vertiginosa. Todos descendían a los saltos, frenando sólo para tomar cada curva o para evitar el terreno arenoso, que podía jugarnos una mala pasada.

Se superaron los 55 km/h y, excepto una cámara que reventó ante un golpe con una piedra, no hubo desperfectos. En este tipo de trayectos es recomendable llevar repuestos, ya que por la dificultad del camino puede haber roturas. De vuelta en el campamento, cenamos y fuimos a Villa la Angostura.

En el día 5, partimos hacia el puerto, donde comienza la picada de doce kilómetros que va hacia el Bosque de Arrayanes, en la Península de Quetrihué. Predomina el ascenso en el viaje de ida y se pedalea en medio de un bosque de árboles milenarios. Además, se pasa muy cerca de las Lagunas Hua Huan y Patagua, hasta llegar a una playa en el Nahuel Huapi, en el extremo sur de la península.

Allí también se encuentra la tranquera por donde se entra al conocido Parque Nacional que alberga al famoso Bosque de Arrayanes. Según la leyenda, Walt Disney se inspiró en este bosque para crear uno de sus más famosos personajes: Bambi.

Entre arrayanes y lagos

Después de almorzar y de un descanso, fuimos a conocer el bosque. El lugar transmite la belleza de la obra de nuestro creador. Se respira un aire de naturaleza, un aroma indescriptible. Los arrayanes, con su color ocre anaranjado, inundan todo el horizonte. Todo está bien mantenido por Parques Nacionales, ya que no sólo llega el turismo por la picada que utilizamos nosotros, sino que se agregan grandes catamaranes desde Bariloche y Villa la Angostura.

La vuelta fue espectacular, con la mayor parte del trayecto en descenso, lo que nos permitió estar muy temprano en el puerto. Allí, nos detuvimos en Los Tres Mosqueteros, casa que se especializa en panqueques y waffles, para luego ir al
campamento.

Al día siguiente, partimos por la Ruta 231 hacia el Lago Faulkner. A poco de partir, encontramos el Lago Correntoso, que se comunica con el Nahuel Huapi por medio del Río Correntoso, el más corto del mundo, por el caudal que lleva. Este río, que impresiona por su color verde esmeralda, es muy propicio para la pesca de truchas.

Siete kilómetros más adelante, la Ruta 231 continúa hacia el Paso Puyehue y Chile, y nosotros comenzamos a circular por ripio el camino de los Siete Lagos o Ruta 234. Hasta almorzar en el brazo norte del Lago Correntoso, pasamos por el Lago Espejo y muy cerca del Lago Espejito, tras recorrer más de treinta kilómetros. Como el camino está habilitado para automóviles, cada uno que pasaba nos dejaba envueltos en una polvareda poco agradable, sumado a que el camino reseco tenía mucho serrucho.

Viajando de sur a norte, en el camino de los Siete Lagos predomina la bajada. No obstante, tuvimos varias trepadas agotadoras. Después de pasar por varios lagos alucinantes como el Pichi Traful y el Escondido, el bosque se cierra sobre el Camino. Pasadas las 17:00, cuando dejan de pasar vehículos comenzamos a ver parte de la fauna local, hasta llegar a estar a pocos pasos de un carancho confianzudo.

Este día, después de haber recorrido cincuenta y dos kilómetros, ya en pleno atardecer, y faltando doce para el Lago Faulkner, nos encontramos con una trepada súper empinada de dos kilómetros, que amenazaba doblegar nuestro espíritu. Entonces, a pura fuerza, fue superada y la gratificación fue el resto del camino hacia el lago, que iba en bajada.

Ultimos pedaleos

Llegamos muy tarde, armamos el campamento en segundos y preparamos un guiso como para el Séptimo Batallón. Esa noche, despejada pero sin luna, varios dormimos al sereno y fue grande la sorpresa al ver un bulto gigantesco que se movía y pasaba al lado de mi cabeza en plena oscuridad: era una vaca, que ignoraba nuestras ganas de descansar. Desde el Lago Faulkner, y después de desayunar, partimos hacia San Martín de los Andes.

Recuperar el pavimento fue una de las alegrías más grandes para nuestros cuerpos cansados, luego de pedalear veinticinco kilómetros y pasar por los lagos Hermoso y Machónico. Llegamos a almorzar, a la vera de una vertiente, quince kilómetros antes de San Martín de los Andes. Luego, iniciamos el tramo final.

Poco antes de llegar, tomamos un desvío hacia Villa Quila Quina, donde estaba nuestro campamento. Como en el trayecto de doce kilómetros, había que subir literalmente el Cerro Abanico, decidimos escuchar los reclamos de los ciclistas, que preferían hacerlo en vehículo. Tenían razón. La Iveco tardó una hora y mostró su disgusto recalentando el motor.

El último día fue libre. Entonces, aprovechamos para hacer un poco de turismo convencional, recorrer San Martín de los Andes y, en algunos caso, bañarnos en las frías aguas del Lago Lácar. Como balance final nos queda el recuerdo de un grupo espectacular y del lugar: una meca para la práctica del mountain bike.

 



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