Primera Ascensión al Cerro Tres Monjas, Chile
Guy
Costa -
Aventurero
El
Río Futaleufú, en la X región de
Chile, es mundialmente famoso entre los fanáticos
del kayak y el rafting por su caudal de agua turbulenta.
Pero esta región es mucho más que las aguas
blancas de su río. Es también una tierra
de bosques inexplorados, de cañadones vertiginosos,
glaciares colgantes y cumbres vírgenes, sitios
a menudo escondidos a la vista de quienes viajan por el
fondo de sus valles profundos.
No es
el caso del Cerro Tres Monjas que, con sus picos proyectados
hacia el cielo, domina el paisaje en el hermoso anfiteatro
natural donde confluyen los ríos Azul y Futaleufú.
Su torre central, la mas alta y osada, deja atónito
al viajero que levanta la mirada desde la Carretera Austral.
Mirada con ojos de andinista, su elegancia vertical invita
y desafía. Cuesta creerlo, llegado 2001 nadie había
pisado su cumbre aún.
En
el lugar
Nos
detuvimos sobre el puente del Río Azul. Pedrito
(Pedro Fina), uno de mis compañeros de aventura
lanzó un grito de entusiasmo. Oscar (Medel), quien
completaba el equipo de tres, admiraba, en silencio, y
asentía con la cabeza. Para mí no era la
primera vez allí.
Con
un amigo de Esquel había realizado un viaje de
reconocimiento en octubre de 2000. En aquella ocasión,
cuando ya creíamos estar cerca de la pared apareció
ante nosotros un cañadón profundo, de paredes
verticales y rocas sueltas. Impracticable. Buscando una
manera de acceder a la otra vertiente del cerro, divisamos
una rampa de hielo y una brecha entre las agujas más
septentrionales. Pero el viento del Pacífico venía
amasando nubes densas sobre las laderas del Tres Monjas
desde temprano y, al llegar a la brecha, cielo y tierra
se confundían en una blancura sin formas que nos
hacía intuir -pero sólo intuir- la presencia
de un glaciar. El mal tiempo patagónico nos dejaba
envueltos en una espesa niebla de dudas.
En
esta nueva oportunidad, al llegar al lugar, unas pocas
nubes inofensivas merodeaban las torres del Tres Monjas
confiriéndoles un aire de misterio. La rampa de
hielo y la brecha, ahora menos cargadas de nieves, se
distinguían claramente. Estaba ansioso por llegar
allá arriba nuevamente. Nos preguntábamos,
"¿qué hay del otro lado?, ¿Hay
realmente un glaciar?, ¿Podremos llegar a la torre
desde ahí?, ¿O habrá más obstáculos,
quizás un valle entero de por medio?".
El
viejo
Cruzamos
el Río Futaleufú por una pasarela que colgaba
varios metros por encima de sus aguas turquesa. Aunque
llevábamos mochilas pesadas y hacía mucho
calor, un sendero a través del bosque nos permitió
ganar rápidamente altura a través del bosque
tupido.
Luego
de dos horas de marcha llegamos al ultimo asentamiento,
un caserío semidestruido por los años, el
clima y la pobreza. Nos recibió allí un
poblador viejo y flaco, que nos invitó a entrar
a su casa para saciar la sed con unos sorbos de vino blanco.
El
hombre llevaba puestos unos anteojos de mujer de lentes
enormes y anaranjadas, estilo Brigitte Bardot años
'60. Sin embargo, llevaba en esas laderas criando ganado
mucho más tiempo que eso. Sus ojos pequeños
se achicaban aún más al escuchar incrédulo
nuestros planes. "¿Hasta arribita de todo?
¡No, nooo, no se puede... es así!",
decía, apuntando los dedos cortos y callosos, todos
juntitos, hacia el techo.
Luego
continuamos la empinada ladera noroeste de la montaña.
El bosque que alguna vez estuvo allí, se ha perdido
en un incendio devastador a principios de siglo. Se desconoce
el origen de tal suceso, aunque casi seguramente habrá
sido por la acción del hombre, como en tantas otras
laderas de la región. Aún hoy quedan en
pie troncos carbonizados de más de veinte metros
de altura, triste recuerdo del bosque majestuoso que alguna
vez fue.
Unos
700 metros más arriba llegamos a un bosque de Lenga
que escapó al fuego. Parecía estar colgado
de una nube. Las aguas del Futaleufú, que quedaban
1200 metros más abajo, brillaban bajo los rayos
de sol que se filtraban a través del cielo encapotado.
Nos sentamos a contemplar el momento místico y
la prodigiosa geografía que se abría ante
nuestros ojos, pero pronto el viento frío nos obligó
a seguir caminando.
Media
hora más tarde encontramos un lugar plano donde
armar campamento en el bosque sombrío y húmedo
de lengas retorcidas, recubiertas de líquenes,
a mitad de camino entre un cuento de hadas y un relato
de terror. La temperatura había bajado estrepitosamente.
Cena rápida y a refugiarse en el calor de la bolsa
de dormir.
La
ansiedad
A
las 10:30 de la mañana llegamos a la tan ansiada
brecha. Sentí en ese momento la emoción
de quien llega a la frontera de lo desconocido y puede
observar qué hay del otro lado. Corría viento
y hacía frío, pero las nubes se mantenían
a una considerable altura. Por momentos aparecía
el sol. Nos
sentamos sobre las mochilas a masticar barritas de cereal
y a recorrer con la vista el nuevo paisaje. Nos encontrábamos
en la parte superior de un pequeño glaciar que,
unos doscientos metros más adelante, abría
sus fauces cayendo a un valle amplio y alfombrado de un
verde lujurioso e interminable.
Avanzamos
sobre el glaciar hundiéndonos hasta las rodillas.
Pero, "¿cuál de todas las agujas que
tenemos adelante es la Torre Central?", nos preguntábamos.
La perspectiva de los picos había cambiado completamente.
La geografía de la vertiente oriental del cerro
nos desorientó y cada uno arriesgó en ese
momento una hipótesis distinta.
Luego
de más de dos horas de aquí para allá,
de travesías expuestas por rampas de nieve, trepadas
y destrepadas por resaltes de roca dudosa y discusiones
de borracho sobre la geometría de la montaña,
llegamos a la conclusión que la aguja correcta
era la que, desde la brecha, teníamos frente a
nuestras narices, apenas a quince minutos de marcha por
terreno fácil, casi plano. ¡Ahora! ¡A
recuperar el tiempo perdido!
Elegimos
la pared norte, surcada al medio por un evidente diedro-fisura
de roca más clara, que aparentaba ser la línea
de escalada más evidente y fácil de proteger.
Cuerda, casco, arnés, martillo, clavos, friends,
zapatillas, gorrito, campera (¡hacía mucho
frío!), cámara de fotos. Listos para atacar,
realizamos los primeros metros en la roca.
Pronto
me di cuenta que habíamos subestimado la dimensión,
inclinación y dificultad de la ruta. Sobre nuestras
cabezas se levantaban unos doscientos metros de pared
extraplomada, fisuras anchas y una roca volcánica
poco familiar.
Tras
una pequeña volada que me dejó patas para
arriba y un brazo un poco dolido, sin pasar a mayores,
tomó la delantera Oscar. Eligió un diedro
lateral más fácil, pero enseguida se interpuso
otra difícil fisura que lo obligó a salir
en artificial con mucha dificultad y poco equipo para
hacerlo. El largo finalizó en una repisa cómoda,
pero la ruta seguía más extraplomada y difícil.
Ascendíamos muy lento. El tiempo estaba inestable.
Se hizo tarde. Decisión unánime: retirada.
La
paciencia
Dos
días más tarde estábamos frente a
nuestra torre nuevamente. Esta vez, sin dejarnos engañar
por las dimensiones de la pared y la ansiedad por escalar,
analizamos con calma lo que teníamos adelante.
Se trataba de una torre vertical con extraplomos en todos
sus flancos. Con mirada atenta descubrimos nuevas líneas
de subida y finalmente optamos por una chimenea en la
cara este. Arrancó
Pedrito con el primer largo. Encaró los primeros
metros con botas de escalada. Luego se acurrucó
en una plataforma inclinada desde donde nos lanzó
sus botas para optar por sus pies de gato. Con una travesía
hacia la izquierda alcanzó un sistema de fisuras
que lo lleva rápidamente a una repisa cómoda,
cuarenta metros más arriba. El día estaba
perfecto, para remera de manga corta.
La
roca estaba buena y la escalada era de quinto grado. La
chimenea se hacía por momentos muy ancha, lo que
nos permitió escalar y asegurar en la placa lateral,
pero por momentos se convertía en un off-width,
aunque con buenas tomas. Algunos tramos se hacían,
de hecho, un poco problemáticos debido a los bloques
sueltos y a la dificultad de protección.
Largo
clave, el tercero y último de la chimenea. Culminaba
en un bloque empotrado algo amenazador. Sentados en una
pequeña repisa, apartada de la línea vertical
de la caída de piedras, Pedro y yo contemplamos
el paisaje de cerros lejanos que nos rodeaba, mientras
Oscar equipaba el largo. De vez en cuando asomaba mi cabeza
para observar los progresos de nuestro compañero
que empotraba todo el cuerpo para ir ganando sus metros,
hasta que lo vi abrazado al fatídico bloque, con
las piernas colgando al vacío. Minutos después
escuchamos el grito de "autoasegurado" y salimos
disparados hacia arriba, con la sensación de que
la cumbre estaba cerca.
El
último largo le tocó a Pedro. A pocos metros
del relevo le esperaba un paso de off-width -inesperadamente,
el más difícil de la ruta- donde se hizo
un nudo con el cuerpo. Bajo las instrucciones frenéticas
de Oscar, logró milímetro a milímetro,
desenmarañarse y finalmente ganar el terreno aplomado
que llevaba al fin de las dificultades.
A
las 15:30 llegamos a la cumbre, una afilada arista que
no superaba el metro y medio de ancho y rodeada de precipicios.
Gritamos eufóricos. No era para menos. Nos encontrábamos
en un balcón privilegiado con vista a uno de los
terrenos de aventura más vírgenes de la
Patagonia y tal vez del mundo.
Dos
mil metros más abajo, nos miraban resplandecientes
las aguas del Futaleufú, en su viaje eterno hacia
el Océano Pacífico. La vista se perdía
entre montañas imponentes como el Melimoyu, el
Corcovado o el Michinmahuida, en un mar de moles glaciales
que se extendían frente a nosotros de norte a sur.
Entonces la imaginación volaba como los tres cóndores
que se acercaron a curiosear. Viajaba, al igual que estos,
hacia nuevas cumbres remotas y desconocidas de la Cordillera.