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Pedaleando en la Quebrada del Condorito

Mariano D' Alessandro -
Experto Aventurarse

Terminamos de cargar las bicicletas y los bolsos en la combi y nos despedimos de la ciudad y del pavimento, por lo menos por unos días. El plan era recorrer la Quebrada del Condorito, uno de los lugares más interesantes de Córdoba, combinando mountain bike y trekking, para luego hacer en bicicleta dos descensos desde las Altas Cumbres. Nos dormimos con la ilusión de llegar rápido, pero no, el viaje era largo y había que descansar.

A las 8.00 de un día radiante llegamos a Villa Carlos Paz. Nos apretujamos un poco en la combi para cargar las carpas y la comida, y pusimos proa a las Altas Cumbres. Por un camino sinuoso y pavimentado, subimos casi hasta 2.000 metros sobre el nivel del mar. Una tranquera anunciaba el comienzo de la aventura: la puerta a la reserva de la conocida quebrada.

Allí bajamos hasta la última caramañola, instalamos todo el equipo y nos internamos con nuestras bicis en las sierras. Después de una hora de esforzado pedaleo, ya que íbamos muy cargados, armamos el campamento muy cerca de las nubes. Después del almuerzo, nos dedicamos a una primera pedaleada de reconocimiento por los senderos de la quebrada. Ya de vuelta, casi de noche, dimos cuenta de merienda y cena juntas, rodeando un fuego, contando chistes y observando la inmensidad de un cielo ya despejado y salpicado de estrellas.

Al día siguiente nos levantamos con ansiedad. Era un día especial: estaba programado llegar con las bicis hasta el Balcón Norte, donde está precisamente la Quebrada, bajar caminando por los senderos atravesando el bosque de tabaquillos, cruzar el río y subir el Balcón Sur para llegar a la Quebrada del Condorito, el lugar donde anida el ave voladora más grande y de mayor envergadura del planeta.

Desayunamos rápidamente, tomamos las bicis, hicimos los cinco kilómetros en un buen tiempo y comenzamos el trekking. Estábamos apurados: la mejor hora para ver a los cóndores es a la mañana. El primer obstáculo fue el río, que estaba crecido y tenía un gran caudal, pero estaba previsto y con un botecito inflable cruzamos con nuestro almuerzo. De todas maneras hubo un susto, ya que uno de nosotros quiso pasar saltando entre las piedras, resbaló en una que estaba húmeda y cayó al agua. Por suerte, alcanzó rápido una piedra cerca de la orilla. Unos metros más allá había rápidos y un salto de varios metros.

Después de esa situación estresante continuamos durante una hora por la picada que asciende por el Balcón Sur, hasta llegar donde, en condiciones normales, se ven los cóndores. Cuesta describir con palabras para describir la belleza del lugar, la altura, las sierras tapizadas de verde y el río perdiéndose detrás del cordón de sierras chicas en el horizonte. Para nuestra sorpresa ningún cóndor se dejaba ver. Finalmente, lo que era sólo un puntito en el horizonte comenzó a tomar forma y nos sobrevoló a apenas diez metros. Enseguida fueron muchos. Estábamos felices y conmovidos por semejante despliegue de la naturaleza. Era glorioso ver la capacidad de estas aves de elevarse sin batir las alas una sola vez.

Al día siguiente desayunamos y con muchas ganas levantamos el campamento, ya que había un sol radiante y tocaba puro mountain bike. Llegamos a la ruta que cruza el cordón de Altas Cumbres, dejamos en el vehículo de apoyo todo lo que llevábamos en las bicicletas y seguimos viaje hacia el desvío donde comenzaba el descenso hacia Mina Clavero: 40 kilómetros por un camino de ripio, por momentos peligroso, que es conocido como pista de rally.

Durante el descenso hubo ocho pinchaduras, porque se había lavado mucho el camino por las lluvias y había zanjas y piedras muy filosas que exigían continuamente cubiertas y cámaras, y que nos dejaban llantazos de casi un centímetro. El camino era tentador pero peligroso, y no tardamos en ver las consecuencias: dos caídas en diez minutos. Piloto y bici quedaron para ir a boxes, las frutillas aparecían hasta en lugares inimaginables, y hasta hubo un golpe que sin casco hubiera sido trágico. Sin embargo, hay que decir que para quienes no sufrieron percances, este descenso fue de lo mejor que habían hecho en mountain bike en toda su vida, lo que no es poco. Adrenalina, emoción y vértigo fueron moneda corriente durante más de una hora en un camino que bajaba por un lugar espectacular, donde los paisajes se roban la mirada.

Aquella noche la pasamos en Mina Clavero, y al día siguiente salimos temprano hacia Altas Cumbres, rehaciendo el camino pero esta vez en vehículo y por la ruta. El paisaje que se observa desde el faldeo de la sierra es sencillamente espectacular. Luego de hora y media de subida, llegamos a El Cóndor, un parador ubicado en una de las partes más altas del camino. Allí bajamos las bicis del trailer para comenzar el descenso por ripio hacia ripio hacia Villa Carlos Paz. Nuevamente se repitieron las sensaciones del día anterior, y como el camino estaba en mejores condiciones, no tuvimos desperfectos.

Ya casi sobre el mediodía y luego de 20 kilómetros de frenéticas bajadas, llegamos a uno de los puentes colgantes que tiene este camino, sobre una vertiente. Almorzamos junto a un piletón natural formado por la caída de esta cascada. Después de descansar y charlar sobre lo que todos habíamos vivido momentos atrás, nos bañamos y preparamos para viajar, esta vez dentro de la camioneta.

A las 17 cargamos las bicicletas y salimos hacia Villa Carlos Paz. Allá dejamos las carpas y a uno de los guías (no hubo mucha comida para dejar), y nos volvimos a Buenos Aires.

Como balance final quedan el grupo, espectacular, y las Altas Cumbres: para mountain bike o trekking, una verdadera meca.




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