Domuyo 2002, parte III
Guillermo
Cisneros - Aventurero
Habíamos
logrado ascender a la cumbre del Domuyo, en fin, una experiencia
inolvidable. Al final del relato anterior, nos encontrábamos
camino a Mendoza, donde viviríamos nuevas aventuras,
aunque algo diferentes a las del volcán patagónico.
La parada de rigor decidimos hacerla en Barrancas, más
específicamente, en el patio de su Consejo Deliberante.
Allí nos encontramos con un camionero que nos habló
pestes del tramo de la Ruta 40 que debíamos tomar
desde el lugar. Eso nos permitió hacer cuentas,
y llegamos a la conclusión que deberíamos
levantarnos a las 7:00 de la mañana (Ver: Domuyo
2002, parte II).
Eran
las 11:00 de la mañana cuando, saludando al camionero
con la mano, dejamos el pueblo (¡ja! ¿Amenazas
a mí?). El tramo de la Ruta Nacional 40, a partir
del cruce del río Barrancas, es verdaderamente
terrible. A las 3:00 de la tarde, con 42º C. de temperatura
y los cuatro en la cabina de la Ford, nos detuvimos a
contemplar la maravillosa "Pasarela" por la
que el río Grande se abre paso hacia la llanura,
a través de un campo de basalto. La pasarela tiene
unos ocho metros de ancho y 25 de profundidad.
Luego
continuamos por Bardas Blancas, para arribar a Malargüe
al atardecer. Nos dirigimos a la Secretaría de
Turismo y luego a la Secretaría de Recursos Renovables,
desde donde nos guiaron hasta la casa de Carlos Benedetto,
secretario del Instituto Argentino de Investigaciones
Espeleológicas -INAE y de la Federación
Argentina de Espeleología - FAdE; habíamos
recibido a través de Juan Mendy una invitación
de ellos para participar de unas jornadas internacionales
de espeleorescate, pero comenzaban el 2 de febrero, y
aunque ya no estaríamos por la zona para ese entonces,
quisimos comunicarnos con esta gente para conversar de
un tema que también es de nuestro interés,
aunque no lo dominamos completamente.
Las
cuevas de Poti Malal
El
encuentro con Carlos y Marta, su esposa, fue muy gratificante.
Ambos se dedican con mucho amor a lo que hacen. Lamentaron
que no pudiéramos quedarnos, nos brindaron un montón
de información, nos prepararon dos disquetes con
datos y noticias recientes y pusieron a nuestra disposición
a Rubén Cepeda, con quien coordinamos para hacer
un reconocimiento en la zona de Poti Malal al día
siguiente.
Teníamos
intenciones de ir a escalar un rato en roca, pero tardamos
tanto en encontrar el camping al que nos mandaron que
se hizo de noche; eso sí, dimos por casualidad
con el lugar donde antiguamente se encontraba el Fortín
Malal Hue y que aún conserva buena parte de sus
construcciones.
A las
6:00 de la mañana (¡en serio, a las 6:00!)
nos levantamos para ir a buscar a Rubén y partimos
hacia Bardas Blancas, donde tomamos por un camino a orillas
del Río Chico hasta el puesto de Gendarmería.
Allí nos presentamos y continuamos bordeando el
arroyo Poti Malal por un buen tramo, pasamos junto a unos
horizontes de yeso de aproximadamente 200 metros de espesor
y, a eso de las 10:00, llegamos a un paraje donde dejamos
la camioneta. Luego cruzamos un puente colgante y tras
haber andado no más de 500 metros, Rubén
corrió un arbusto que camuflaba una pequeña
entrada y así nos fue presentada la cueva "Doña
Palmira".
Colocamos
una cuerda y nos dejamos deslizar hacia el interior; se
trataba de una caverna de escasas dimensiones, al punto
que en pocos lugares nos podíamos poner de pie;
corrientes de agua cavaron durante siglos el yeso, erosionándolo
y trazando un vector en la dirección de la corriente.
A mí no me gustó mucho, no tenía
nada de espectacular por lo que haber viajado tanto; en
Tandil hay grutas mucho más interesantes.
Estuvimos
poco rato en el lugar y seguimos camino en busca de la
caverna "San Agustín". Allí sí,
una boca enorme auguraba sensaciones más intensas;
tiramos la cuerda y comencé a dejarme caer: 50
metros más abajo, me encontré en el centro
de una bóveda gigantesca, con un techo a aproximadamente
30 o 35 metros de altura; la forma general de la caverna
es de una gran "X" con un globo en el centro;
uno de sus "palitos" se halla al nivel más
bajo y el otro está constituido por el conducto
de entrada que se continúa en otro, ascendente,
de unos setenta metros. Dentro de la sala principal pudimos
ver distintos tipos de formaciones que el agua fue tallando,
algunas casi "artísticas". Si tuviera
que definirla en una sola palabra, diría que la
caverna San Agustín es espectacular.
Recorrimos
unos cientos de metros más y observamos la gran
falla que domina la entrada de la cueva "Federación",
bautizada así por haber sido descubierta durante
unos ejercicios el día en que fue creada la Federación
Argentina de Espeleología. Antes de comenzar el
descenso, hicimos una pausa para almorzar (15:00).
La
entrada de esta cueva era como un gran embudo que cientos
de grandes y pequeñas rocas de yeso trataban de
taponar pero no lo lograron, dejando un pequeño
resquicio por donde, a duras penas, se podía pasar;
lo hice primero y como debí sortear un cerrado
zigzag, me encontré de repente en un espacio que
intuía amplio pero en completa oscuridad. A propósito,
evité la voz de "soga libre", para que
nadie bajara y así me dejaran un rato solo en esa
fría oscuridad; a pesar de haber estado unos cinco
minutos sin encender linterna para dejar que los ojos
se acostumbraran, no lograba percibir ni un sólo
reflejo de luz.
A
medida que fueron bajando los demás, sendos chorros
de luz comenzaron a surcar el espacio y pudimos descubrir
que buena parte del techo se había desmoronado,
hallándose amontonada en el centro de la sala principal.
Rubén nos condujo detrás de unas grandes
rocas, donde se origina un pasadizo hacia un espacio cuadrangular
de escasas dimensiones, unos dos metros más abajo;
desde allí, parten dos conductos a ras del suelo,
cubiertos de arena. Horacio y nuestro Rubén se
quedaron allí; me meto en punta y lo primero que
me llama la atención es el chorro de aire frío
que sale por el pasaje; tras reptar unos 10 metros, se
abre una pequeña ampolla y un poco a la derecha
continúa el ducto; estimulado por Rubén,
decidí continuar mientras mis pensamientos se entretenían
en imaginar cómo haría para salir si me
encontrara con algún bicharraco, o si comenzara
a inundarse.
Me
encontraba echado de panza (sin eufemismos), con la espalda
rozando las piedras del techo y los codos lastimados de
raspar las paredes; sólo me impulsaba con las puntas
de los pies, ya que tampoco podía doblar las rodillas;
odio reconocer que no lograba responder a las preguntas
de mi imaginación, por lo que al llegar a un pequeño
ensanchamiento, apenas apto para girar, no lo dudé
un instante y le dije a Rubén, que venía
detrás de mí, que "ya está,
no juego más, no quiero más cueva, muy lindo
todo pero yo me las tomo". En eso llega Mauricio
a sumarse al apretuje y también rechaza la invitación
a continuar, por lo que comenzamos a deshacer los 40 metros
de jugar a la víbora ciega que ya habíamos
hecho. Una hora más tarde abandonábamos
la Cueva Federación.
Todo
tiene un final
Regresamos
a Malargüe como a las 9:00 o 10:00 de la noche. Los
Benedetto ya estaban preocupados. Nos despedimos de ellos
y de Rubén Cepeda que, no bien alcanzó a
poner los pies sobre el suelo, huyó despavorido.
Quedamos con Carlos en que nos mantendríamos en
contacto para intercambiar datos y trazar proyectos. Era
ya tarde cuando regresamos al campamento. De camino compramos
unos condimentos, pan y cerveza. En una chacra de Poti
Malal, habíamos intentado, con éxito, un
"plan canje": bolsa con alimentos deshidratados
y golosinas por medio chivito y dos truchas medianas (que,
para esta altura, ya habíamos desistido de cualquier
intento de captura); por lo tanto, que aunque fuera tarde,
esa noche íbamos a festejar nuestra finalización
de la expedición.
Después
de las duchas, sin ningún apuro, el negro se ocupó
de hacer una salsa para las truchas, yo preparé
una mousse de chocolate y entre todos fuimos cuidando
del chivito que empezaba a gotear, mientras bajábamos
lentamente un Gancia casero, con mucho hielo y limón,
que preparó Mauricio. Comimos a morir. Eran como
las 3:00 de la mañana cuando, después del
café, nos fuimos a dormir. Lo hicimos con esa sensación
agradable de plenitud y armonía que nos confieren
los días vividos intensamente, entre el sufrimiento
y el placer, entre el peligro y la seguridad, entre la
tierra y el cielo.
El
27 de enero desarmamos campamento y partimos hacia Tandil.
Como queríamos pasar por el cañón
del Atuel, enfilamos hacia San Rafael y desviamos por
el embalse Nihuil donde bajamos al cañón;
es espectacular, lo cruzamos con todo el calor y un poco
a las chapas, porque Rubén tenía que entrar
a trabajar al día siguiente (lunes) a las 07:00;
no obstante nos dimos tiempo para disfrutar la obra que
la naturaleza dibujó en ese lugar.
Como
nos demoramos bastante al cruzar el Cañón
del Atuel, sumado a nuestra ya proverbial salida tarde,
no entramos a San Rafael sino que cruzamos directamente
a General Alvear, donde paramos por combustible y frutas.
Luego continuamos camino, casi sin detenernos (salvo por
algún incendio de la camioneta) hasta que a las
07:00 en punto del lunes 28, entramos a Tandil, cuando
la ciudad todavía se desperezaba y así,
sin solución de continuidad, iniciábamos
otro año de trabajo, quehaceres cotidianos y seguramente
algún sinsabor, pero ya comenzando a soñar
con un lejano destino de arroyos cristalinos y cumbres
heladas donde nos volveremos a encontrar con nuestros
amigos, el año que viene, si Dios lo permite.
Nota:
e-mail: guicisne@hotmail.com
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