Domuyo 2002, parte II
Guillermo
Cisneros - Aventurero
Al
final de la primera parte de esta nota, nos encontrábamos
esperando la oportunidad para nuestro segundo intento
de ascenso a la cumbre del Volcán Domuyo. El viento
estaba fuerte y no se veía a tres metros de distancia.
Todo el paisaje era entonces una masa blanca grisácea,
que giraba sin control. Nos dedicamos entonces a esperar
un poco que el cielo se abra, para continuar nuestro ascenso
hacia la cumbre (Ver: Domuyo
2002, parte I).
Dijimos,
ahora o nunca y nos largamos por la derecha de la laguna.
Todo se cubrió nuevamente, pero conservábamos
en la memoria el dibujo del recorrido que debíamos
hacer; fuimos faldeando un borde con un metro de nieve
polvo, luego unas lomadas y por último la trepada
final. En treinta minutos, a las 16:30 del 20 de enero
de 2002 llegamos a la tan ansiada cumbre. Fue hermoso.
Nos abrazamos con Rubén, que hizo tamaño
esfuerzo a un año de dejar las muletas, con Mauricio,
que acababa de domar su primera cumbre, y cruzamos una
mirada cómplice con el negro, con quien ya tenemos
varias de éstas juntos.
El
Domuyo estaba enojadísimo y quería barrernos
de allí, pero aún nos dimos tiempo para
las fotos de rigor e intentamos comunicarnos con celular
a nuestras casas, cosa que fue imposible.
Disfrutamos
plenamente esos minutos. Comprendo en un instante que
no es lo mismo "casi cumbre" que CUMBRE y río
para mis adentros por mis pensamientos de esa misma mañana
y comprendo por qué una persona que estuvo a cincuenta
metros y no pudo regresa al año siguiente, "caliente",
a intentarlo de nuevo. Por fin, emprendimos el regreso.
Como es habitual, rezo mis recomendaciones para la vuelta:
-¡Mucho cuidado! ¡A no relajarse! ¡Recién
habrá concluido todo cuando estemos de regreso
en el campamento!
La tormenta
se puso peor. Vientos de más de cien kilómetros
por hora levantaban la nieve y nos la arrojaban a la cara.
La visibilidad por momentos era nula y el frío
intensísimo. ¡Para colmo debíamos
bajar esos tramos después de la laguna! Lo hicimos
con sumo cuidado, sin poder evitar algunos golpes. Luego
le dimos a mil y al llegar a los filos teníamos
la tormenta sobre nosotros. Sentíamos caer los
rayos muy cerca y había una estática terrible,
al punto que los bastones "pateaban". Yo iba
adelante y de tanto en tanto me detenía para darme
vuelta y ver si me seguían. Por momentos el viento
era tan fuerte y el hielo pegaba tan duro en la cara,
que debía parar y darle la espalda hasta que pase
la ráfaga; tenía hielo en las antiparras
y los bigotes y cuando respiraba por la boca sentía
que me ahogaba.
Como
una madre
Bajamos
el glaciar como pudimos, refugiándonos tras unas
piedras a descansar. Tras cinco minutos empezamos a enfriarnos,
por lo que decidimos continuar cruzando el otro glaciar
y desandando el largo acarreo que da al oeste, completamente
expuestos al viento, cruzamos por últimas vez las
pircas de los 4200. El resto fue fácil. Llegamos
al campamento a las 19:00, donde encontramos a Gustavo,
alegre y aliviado tras tanta preocupación: como
una madre nos fue recibiendo uno a uno; estaba con un
crucifijo en la mano: "Mirá, estuve rezando
toda la tarde".
El
resto de la tarde, hasta bien entrada la noche, fue matear
entre risas y anécdotas recientes, mientras la
nieve se depositaba suavemente sobre las carpas. Con el
pretexto de aligerar peso, hicimos cascote la bondiolita
y el queso tandilero y después seguimos con el
chocolate, las nueces y el café. Esa noche dormí
como nunca, no sentí frío ni piedras y hasta
creo que soñé que volaba sobre picos nevados.
A
la mañana siguiente nos dedicamos a desarmar campamento.
Como se nos había agotado el solvente, con calentador
de emergencia y combustible sólido alcanzamos a
calentar agua para matear y armamos las mochilas bajo
el sol. Cerca de las 11:00 de la mañana, comenzamos
a bajar; nos cruzamos con dos que subían con un
guía de Chos Malal, iban contentos por el buen
clima, nosotros pensábamos "ja, esperá
que lleguen las 4:00 de la tarde". Desandamos el
camino hasta el Campamento Base, donde paramos a "picar"
algo. Luego continuamos bajando por el sendero principal,
tomamos puntos GPS en las lagunas y donde se divide el
camino.
Antes
habíamos pasado por un glaciar bastante reducido,
pero que conservaba un enorme túnel por el que
nos metimos a ver, descansar, refrescarnos (y yo a vendar
mis pies, que echaban fuego). También tomamos el
punto de las piedras donde se encuentra el mejor paso
del arroyo; el resto fue un caminar remontando una lomada
hasta la camioneta, que, a mi no me joden, ¡alguien
la corrió más lejos!
Recorriendo
la zona
Cansados
como perros y medio muertos de calor, nos dirigimos a
la vecina villa de Aguas Calientes, donde acampamos casi
al anochecer. Terrible baño en las aguas termales
del arroyo que por allí cruza, hora y media sumergidos
en las aguas calientes y burbujeantes, mientras contemplábamos
el atardecer y la aparición de las primeras estrellas;
al querer salir casi nos íbamos al suelo, las rodillas
se doblaban y una sensación de que la sangre se
nos fue de paseo a algún lado. Nos recuerdan, entonces,
que se recomienda que los baños no superen los
quince minutos, incluso diez si es la primera vez.
Cenamos
fideos con salsa rosa, fruta, café, pucho y charla
hasta tarde. El martes nos levantamos muy temprano y antes
de que saliera el sol ya estábamos metidos en los
baños. Luego desayunamos, desarmamos campamento
y partimos hacia el norte, a visitar Las Holletas, dos
pequeños geiser de 50 centímetros de elevación
y, desde allí, más al norte, a Rincón
de la Papas, donde hay un pozo del que surgen aguas termales
sulfurosas a bastante alta temperatura.
Ya
entrada la tarde empezamos a bajar y solo nos detuvimos
en el cajón del Atreuco, donde hay un caserío.
Nos acercamos y sale a recibirnos un gauchito de unos
treinta y pico de años; vestía sencillo:
camisa arremangada, bombacha "bombilla", faja
y alpargatas; en su rostro curtido brillaban los ojitos
claros y la sonrisa más blanca que he visto en
mi vida. -'nastardes- nos dijo, mientras nos tendía
su mano derecha y con la izquierda se tocaba el ala del
chambergo, volcado al frente.
Se
trataba de "Richard" Vázquez, un neuquino
de pura cepa, que junto a su familia, esposa y cuatro
de los seis hijos, estaba secando pastos para el invierno;
con gran amabilidad se prestó a satisfacer nuestra
curiosidad, nos mostró el rancho que él
mismo había construido al reparo de una de las
paredes del cañón y junto al río.
Sobre una base de piedras calzadas en barro, panes de
barro sin coser prolijamente ordenados completaban las
paredes, cumbrera de palo duro, igual que los dinteles
de puerta y ventanas y techo de paja. Otras construcciones
similares constituyen la matera y el galpón; un
cerco de palo a pique rodea holgadamente todo el conjunto,
donde se pasean perros, pavos y gallinas. Cerca del caserío
hay una vertiente de donde extraen el agua para consumo
y riego; unos cuantos arbustos grandes y un único
álamo completan el paisaje.
Vázquez
nos contó que tiene unas vacas en otra vega del
río y que con un vecino siembran papas más
arriba; que tiene también unas cabras, que otros
dos de sus hijos estaban cuidando en valles de entre la
Cordillera del Viento y que hacía más de
dos días que estaban arriba; que antes del invierno
se arma de harina, arroz, yerba y otras pocas cosas para
pasar el invierno, ya que se cubre todo de mucha nieve
y quedan aislados, a veces por meses. Nos contó
también que sus dos hijos mayores concurren a la
escuela, en La Matancilla, donde están pupilos
de abril a octubre. Nos llamó la atención
ver, en el medio del patio, un panel solar: se los provee
la gobernación junto con la antena de DirecTV.
El
famoso chivito
Nos
fuimos del lugar conmovidos, sin envidiarlos ni compadecerlos.
Es una vida en algunos aspectos más dura que la
nuestra, en otros mejor; eso sí, bien distinta.
Al anochecer estábamos en Varvarco. Con la ayuda
de Danilo Almuna nos hicimos de un chivito y leña
de la zona: indispensable para un experimento científico;
necesitábamos saber si es cierto que un alto porcentaje
del exquisito sabor del chivito del alto Neuquén
se debe a que es asado con ramas de jarilla; mientras
esperábamos el asado, y para no aburrirnos, dimos
cuenta de unas Quilmes heladas, al tiempo que atosigábamos
a Martín, poniéndolo al día en el
tema informática y su conveniencia. A las tres
de la madrugada sólo quedaban sobre la mesa migas,
huesos pelados y botellas vacías.
Por
la mañana cargamos la camioneta, emprolijamos la
cabaña y la entregamos antes de partir hacia Colo
Michi-co (rojo-bajo-agua), donde pensábamos visitar
un yacimiento arqueológico en el que se encuentran
extraños y misteriosos petroglifos (piedras marcadas).
Nos fue imposible por lo avanzado de la hora, ya que desde
allí hay que hacer unas tres horas a caballo y
quince mangos cada uno.
Desandamos
los 18 Kilómetros de ripio hasta Varvarco y enfilamos
hacia Las Ovejas y desde allí al Area Natural Protegida
y Reserva Forestal de las lagunas de Epu Lauquen (dos
lagunas).
Las
Lagunas de Epu Lauquen
Luego
de varios trámites y con la venia del Sr. Rodríguez,
encargado de Bosques, ingresamos al sector libres de restricciones.
La zona nos resultaba muy interesante, ya que es una típica
estepa patagónica, que envuelve a la laguna inferior;
ésta se comunica mediante el arroyo La Nasa con
la laguna superior, cuya costa norte y este se encuentra
poblada por la expresión más norteña
del bosque subantártico, andino patagónico,
representado por robles pellín, lengas, ñires
y un sotobosque de cañas coligües, helechos,
amancay y zarzales. La fauna corresponde al tipo de bosque
y será más detallada en el informe técnico
que publicaremos. También nos interesó lo
cultural, por haberse desarrollado allí la última
batalla por la independencia contra los realistas.
El
lugar es realmente hermoso, hay un sitio para acampe libre,
permanentemente vigilado por personal de guardabosque
y guardafauna que patrulla día y noche y dificultaba
nuestras intenciones (siempre científicas) de hacernos
de un buen par de arco iris. Lo cierto es que la pasamos
muy bien, hicimos unos tiritos a las truchas, que no quisieron
saber nada de participar en nuestro experimento, mientras
la luz de una fogata junto al lago iba reemplazando lentamente
al sol que se escondió tras una hermosa cresta
que nos llamaba como un imán con sus afilados picos.
Hay
un sendero, que no recorrimos, que bordeando el arroyo
Chaquira y sorteando la cascada Chaquira, lleva hasta
una tercera laguna o Verde, y más arriba una cuarta
y aun una quinta, la laguna Chaquira, que se forma al
pie del cerro Crestado de 2670 msnm; parece ser un buen
lugar para visitar con más tiempo.
Rumbo
a Mendoza
El
jueves 24 dejamos las lagunas para regresar a Chos Malal:
Gustavo (capitán del Ejército) tenía
una reunión con la plana mayor para el sábado
y no podía faltar, por lo que decidió volverse
en colectivo y no comprometer al grupo a tener que regresar
antes... y encima cortando bulones, ya que cualquier imprevisto
hubiera hecho inútil el sacrificio. Tenía
el último colectivo desde Las Ovejas a las 19:00;
a las 18:50 estábamos llegando al pueblo perdiendo
las chapas, y todavía había que buscar la
terminal; mientras uno retenía al chofer, otro
sacaba el pasaje y el tercero asistía a Gustavo
que creía que en dos minutos podía cambiar
a "más civilizado" su aspecto de una
semana sin espejo. Y partió Gustavo con el colectivo
casi en movimiento. Entonces, nosotros buscamos una gomería
para reparar el único pinchazo que habíamos
sufrido.
Esa
misma tarde salimos hacia Mendoza, haciendo un par de
paradas antes de Buta Ranquil para buscar fósiles
y reconfortarnos con la puesta de sol, que nos brindó
un espectáculo alucinante: en un fondo de cielo
índigo, delgadas nubes se vistieron de rojo, mientras
al este un frente de imponentes nubarrones no se decidía
entre el naranja o el rosado; si a esto uno le agrega
el silencio casi perfecto y el suave olor a jarilla que
trae la brisa, es una fiesta para los sentidos.
A
las once de la noche llegamos a Barrancas donde decidimos
acampar, y lo hicimos, en el patio del Honorable Consejo
Deliberante. Allí hablamos con un camionero que
venía de Mendoza y nos habló pestes del
tramo de la Ruta 40 que teníamos que cruzar. Nos
dijo que aunque eran 260 kilómetros íbamos
a tardar unas siete horas, por lo que nos recomendó
salir bien temprano para que a la hora de más calor
(2:00 de la tarde), ya estuviéramos pasándolo.
Hicimos cuentas: catorce menos siete son siete, más
dos horas para mover; fácil: había que levantarse
a las cinco de la mañana. Le agradecimos al bien
intencionado señor y continuamos cenando sin hacer
más comentarios sobre el tema.
Continuará...