Domuyo 2002, parte I
Guillermo
Cisneros - Aventurero
Cuando
por marzo de 2001 hicimos la primera reunión de
la AREN (Asociación de Relevamiento y Estudios
Naturales - Tandil), uno de los puntos era la presentación
de anteproyectos para la siguiente temporada. Varios fueron
los que nos tentaron pero dos se destacaban: Cerro San
Lorenzo, en Santa Cruz y Volcán Domuyo, en Neuquén.
A medida que fue avanzando el año y el país
mostrando lo dramático de su economía (y
la nuestra), descartamos el San Lorenzo por la enorme
distancia de su ubicación y comenzamos a concentrar
nuestra atención en el Domuyo y su zona.
Conseguimos un par de libros escritos por el Dr. Gregorio
Álvarez por 1968: "El Domuyo y sus Misterios"
y "El Tronco de Oro"; también nos enteramos
que el Dr. Ignacio Álvarez, médico veterinario
y titular de la cátedra de Farmacología
de la Universidad Nacional del Centro, había estado
en el Domuyo; a él fuimos y fue muy amable al darnos
una charla, ilustrada con diapositivas, y toda su experiencia.
Por último, bajamos alguna información de
Internet y nos comunicamos con la Secretaría de
Turismo del Neuquén; a ellos les interesó
nuestro proyecto y nos brindaron apoyo y hospedaje en
Varvarco, último pueblo y puerta del Domuyo.
Mientras
esto iba ocurriendo, nuestro equipo de trabajo había
tomado forma y ya se habían constituido el grupo
expedicionario (Gustavo Dinolfo, Horacio Villalba, Rubén
Núñez, Mauricio González y Guillermo
Cisneros) y el calendario tentativo: partiríamos
de Tandil el 12 de enero, antes de la medianoche.
Se distribuyeron
las tareas a discreción. Había que reunir
el equipo, preparar dieta, hacer compras, arreglos, etc.,
etc., etc. Muchos amigos se sumaron al esfuerzo; Eduardo
Fazekas, Bahuer, Richard Castejón, Guille Granja,
Lucas Mesas, el negro Olmos, Nacho Álvarez, Carlitos
Huarte y por supuesto, como siempre, nuestras familias.
Todos ellos colaboraron de algún modo, desde soldaduras
"imposibles" hasta los banderines que nos hizo
María o las milanesas de Mónica que no alcanzaron
a salir de Tandil.
El
camino de ida
Lo
cierto es que el 12 de enero llegó. Todo listo,
bueno, casi todo: el viejo Segovia no nos terminó
la lona de la cúpula para la camioneta y hubo que
esperarlo, bajo amenaza de muerte; le apuntábamos
a la cabeza dos horas cada uno, hasta que al fin estuvo
más o menos presentable y salimos con más
de 24 horas de demora, a la 01:00 del 14 de enero, coincidiendo
con la fecha de salida de los últimos tres años
(Hielos Continentales, Volcán Lanín y Cordón
del Plata). Viajamos toda la noche, saliendo de Tandil,
tomamos por la Ruta 74 hasta Juárez, luego desviamos
por la 86 hasta pasar Lamadrid y al oeste por Gral. Acha.
Pasamos unos cuantos pueblitos de La Pampa y entramos
a Neuquén por Catriel, al sur del Río Colorado;
allí empezó un pequeño calvario:
más de cien kilómetros de un ripio imposible
y una maraña de caminos secundarios que enlazan
pozos petroleros. Al atardecer llegamos a Rincón
de los Sauces, donde acampamos para pasar la noche a la
vera de un brazo del Colorado.
Al
día siguiente retomamos la marcha cerca del mediodía
(con la fresca), lo que sería como un sino a partir
de ese momento. El camino continuó de ripio malo,
siempre hacia el oeste, hasta empalmar la Ruta 40 que
nos comunicó con la ciudad de Chos Malal. Desde
allí, luego de 60 kilómetros de marcha (mitad
de asfalto, mitad de ripio) se llega al pueblo de Andacollo,
cabecera del departamento de Minas, hermoso lugar con
innumerables leyendas sobre la búsqueda de oro,
ubicado al fondo de un valle al oeste de la Cordillera
del Viento.
Como
era temprano, cruzamos el río Neuquén y
desviamos al norte hasta Las Ovejas, distante 36 kilómetros,
y de allí continuamos hacia el norte 25 kilómetros
más, cruzamos de nuevo el río Neuquén
y llegamos a Varvarco; cuando esto ocurrió, ya
era noche cerrada por lo que debimos buscar a nuestro
contacto, la Sra. Neli Forguera (esposa del Intendente
Argentino Valdés y Secretaria de Turismo). Ella
puso a nuestra disposición a Martín Muñoz
quien nos alojó en una hermosa cabaña: planta
baja con recibidor, comedor y cocina en piedra revestida
con madera y planta alta con dos habitaciones, todo en
madera; la cabaña estaba completamente equipada
y diría que es una de las mejores construcciones
del pueblo.
Arrimamos
la camioneta al lugar de estacionamiento, no sin echar
un vistazo a la parrilla, que parecía llamarnos
desde el parquecito de atrás y comenzamos a bajar
y limpiar toda la carga (incluyendo a Mauricio y Gustavo)
que estaba cubierta por casi un centímetro de fino
y pegajoso polvillo; limpiamos también la caja
de la camioneta recordando cariñosamente al viejo
Segovia. Nos duchamos, cenamos, lavamos ropa y comenzamos
a preparar las mochilas para el ascenso al Domuyo.
Eran
casi las cinco de la mañana, cuando ya quedaban
sobre la mesa unas pocas cosas, de las que nadie quería
hacerse cargo; al fin, de mala gana, cada uno se animó
a tomar una y cargarla en su mochila y luego de sopesar
las mochilas de los demás, quedamos todos más
o menos conformes con la distribución del peso;
aunque es bien sabido que, cuando hubiéramos caminado
un par de kilómetros, cada uno estaría pensando
que los otros nos habían sacado ventaja.
Creo
que nos levantamos como a las 9:00, mateamos largo, recogimos
unas imágenes del lugar, terminamos de cargar la
camioneta y a eso de las 11:00 atravesamos el pueblo por
su calle principal, la Avenida Domuyo, ante la atenta
mirada de un buen porcentaje de los 300 moradores del
lugar.
Comienza
el ascenso
A
poco de andar, por un camino de ripio en regular estado,
dejamos a la derecha el sendero que conduce a El Chacay,
donde se encuentra un yacimiento arqueológico con
piedras pintadas de gran valor. Atravesamos por un vado
un pequeño arroyo y luego otro, dejamos también
de lado, a nuestra izquierda, la entrada a La Matancilla
(única escuela de la zona) y Los Bolillos con sus
extrañas formaciones rocosas. El paisaje comenzó
a tomar grandiosidad hasta que llegamos al Cajón
del Atreuco, lugar espectacular, donde el río Atreuco,
con sus aguas cristalinas, se tomó su tiempo para
tallar en el negro basalto un impresionante cañón.
El camino va ganando altura, que la Ford trepa en primera
hasta que 2 kilómetros antes del paraje Aguas Calientes
encontramos a nuestra derecha un letrero en el que adivinamos
"hacia los pozos geotermales". Unos 17 kilómetros
más adelante, el sendero se termina en una pequeña
explanada: el "playón"; eran las 5:00
de la tarde.
Cuando
abrimos la puerta trasera de la camioneta, cinco mochilas
nos esperaban -creo que en un momento que desvié
la vista, la mía se sonrió un poco-. Cada
cual tomó la suya en silencio; yo me calcé
a la cintura la cantimplora, luego la riñonera
adelante, a modo de "verijera"; mi vieja mochila
gris, que sobrepasaba unos 30 centímetros por encima
de mi cabeza y, por último, sobre el pecho, el
bolso de fotografía, bastones y
¡a
caminar se ha dicho!
Curiosamente,
se comienza descendiendo desde los 2800 hasta los 2600
metros; al principio, el sendero estaba bien marcado,
pero al cabo de un rato de andar comenzó a dividirse
en varias ramas. Yo iba al frente y no le di bola: es
muy común que los senderos se dividan para luego
reunirse en algún punto nuevamente, pero esta vez
no; seguí un sendero de cabras, para colmo, de
cabras que no iban al Domuyo, por lo que, al ver que nos
estábamos yendo para otro valle, giramos a campo
traviesa a la derecha, para encontrarnos nuevamente con
el arroyo Covunco (el que teníamos que cruzar "por
las piedras", según nos dijeron).
Cuando
llegamos a su margen, el tiempo comenzó a ponerse
malo. El arroyo traía bastante agua y no encontrábamos
por donde vadearlo (me vienen recuerdos del Polone), -solo
falta que llueva- me digo. Ni que pensarlo, se larga de
repente una manga de piedras que no nos da tiempo a buscar
refugio. Sólo atinamos a taparnos con los ponchos
y nos aguantamos un buen rato. Cuando amainó un
poco, a Horacio se le ocurre retroceder hasta que da con
las famosas piedras donde cruzar el arroyo; una cosa es
decirlo y otra hacerlo, las enormes piedras son complicaditas,
más con nuestras pesadas mochilas y bajo lluvia
y viento.
Al
fin las cruzamos y recuperamos el sendero (ahora sí,
ascendente), aunque no nos duró mucho. Tras media
hora lo perdimos nuevamente y continuamos junto al arroyo
hasta que a eso de las 8:00 de la tarde se desata otro
vendaval; dado lo avanzada de la hora y lo cagados de
frío que estábamos, decidimos armar campamento
allí nomás; todo era un caos, el viento
intentaba arrancarnos las carpas de las manos mientras
las armábamos y el agua helada chorreaba por nuestras
caras.
Un
rato después ya estábamos organizados y
negociando, a los gritos, con los de la otra carpa, para
ver quién tenía la bondiola o las galletitas:
ganamos nosotros porque teníamos el calentador
y el equipo de mate; ellos tuvieron que venir al pie.
Al
día siguiente, 17 de enero, gastamos la mañana
secando cosas y reordenando las mochilas. Después
de mediodía reanudamos la marcha, siempre por la
margen derecha del Covunco. Sólo nos molestaba
cruzar algunas zonas donde los acarreos llegaban contra
el agua; en uno de ellos, casi perdemos a Horacio cuando
se le desapareció el suelo bajo los pies; continuamos,
pasamos la confluencia de un arroyito al que ignoramos.
A media tarde, nos castiga la lluvia de nuevo, pero esta
vez la estábamos esperando: armamos el doble techo
de la Artiach y mateamos hasta que paró; luego
el Covunco se encajona un poco, por lo que lo dejamos,
remontando la ladera a nuestra derecha. Allí fue
que nos encontramos con el sendero principal, justo cuando
no lo necesitábamos más, ya que cruzando
un pequeño glaciar encontramos las pircas del campamento
base junto a una laguna de aguas turquesas, a los 3000
metros sobre el nivel del mar.
¡Estábamos
"des-trui-dos"! Armamos las carpas y dimos cuenta
de humildes pero riquísimos fideos con aceite y
queso. Luego, café, charla, pucho y a dormir.
El
día más duro
El
viernes 18 amaneció soleado, desarmamos campamento
mientras desayunábamos y emprendimos lo que suele
ser, y no nos defraudó, el día más
duro, es decir: instalar el campamento de altura. Había
que superar un desnivel de más de 800 metros cargando
todo el equipo. Dada la buena visibilidad, pudimos observar
los distintos senderos que conducen al col de los fósiles
y pudimos elegir el que más nos convenía,
esto es, trepar lo más posible al principio por
el sendero más sinuoso y dejar para cuando estuviéramos
cansados algún tramo con poca pendiente y arremeter
al filo cumbrero desde lo más alto posible, así
fue que superamos un primer acarreo, pasamos junto a una
pirca, luego remontamos un segundo acarreo y nos fuimos
por la falda hasta bien debajo del col al que accedimos
en un último esfuerzo.
Allí
paramos un rato, nos hidratamos, comimos algo y decidimos
continuar un poco más, pasamos junto a otras pircas
y continuamos por el lado derecho del filo otro acarreo
con algo de nieve hasta llegar al portal de las piedras
amarillas a 3800 msnm, donde nos desplomamos. Al reponernos
un poco, retiramos la nieve acumulada y reformamos la
pirca más grande para meter las dos carpas juntas,
mientras, planeábamos usar el resto de la tarde
en subir un poco más para reconocer el camino,
y aclimatar; el clima empezó a descomponerse y,
apenas terminamos de acomodar las cosas, se desató
una tormenta de viento y granizo que lentamente fue convirtiéndose
en nevada, la que continuó casi toda la noche.
Nos
reunimos en nuestra carpa para matear, luego cenamos sándwiches
de bondiola y queso y derretimos nieve para tener al día
siguiente. La noche transcurrió sin sobresaltos,
aunque el frío era muy intenso y se hizo sentir.
Al
otro día, 19 de enero, lo primero que me llama
la atención son las estalactitas de hielo colgando
del techo del ábside de la carpa. Efectivamente,
amaneció muy frío pero totalmente despejado.
Al abandonar las carpas nos sorprendió un paisaje
espectacular. La nieve se había acumulado durante
la noche cubriendo absolutamente todo; desayunamos chocolatada,
galletitas con manteca y mermelada, preparamos las mochilas
de ataque: campera, guantes, mitones, antiparras, ración
de comida para el día y distribuimos el equipo
general. Yo: cámara con diapo, celular y botiquín;
Horacio: video y GPS; Rubén: cámara con
papel color; Mauricio: soga; y Gustavo: mosquetones y
varios de seguridad. Todos calzamos arneses, grampones
y kit de supervivencia, cargamos piolets y dos piquetas.
Comparado con lo que veníamos cargando, las mochilas
ni las notábamos.
Para
variar, nos movimos tarde, a eso de las 09:00. Subimos
por el filo cumbrero, cruzamos una zona de lomadas y paramos
junto a las pircas de los 4200 metros; luego, atravesamos
por el oeste un acarreo dejando un cerro a nuestra derecha.
Todo estaba cubierto de nieve fresca; al final del acarreo
hay una fuerte pendiente. Luego cruzamos un glaciar suave
hasta las tres sombras y por encima de ellas hicimos la
segunda parada. Frente a nosotros se erguía un
impresionante glaciar cubierto de nieve, con una pendiente
de 50 ó 55º. Propongo hacer un largo zigzag
y con esa idea lo encaramos. La nieve nos daba a las rodillas
y por partes a la cintura; fue muy penoso pero lo pasamos
y comenzamos la zona de filos. El paisaje era impresionante,
pero ya empezamos a notar que las nubes arremolinaban
sobre la cumbre. Las ignoramos.
Pasados
los filos hay una fuerte trepada por un acarreo muy suelto.
Todo el cielo se cubrió y comenzó el viento
y la nevisca. Perdimos toda referencia y aprovechando
la poca visibilidad que había, cruzamos una zona
de nieve polvo hasta unas rocas donde nos protegimos.
Eran las 15:30. Deliberamos un poco. Mauricio tenía
los pies mojados pero todavía se la aguantaba,
Gustavo comenzaba a perder sensibilidad en los pies y
Rubén descubría que sus guantes eran inadecuados.
Por lo demás, no teníamos idea de por dónde
seguir. Sólo estábamos seguros que era hacia
arriba. Continuamos. Media hora más tarde la cosa
estaba complicadísima, el clima se pudrió
del todo y decidimos regresar antes que se cubran nuestras
propias huellas.
La
segunda oportunidad
A
las 7:00 estábamos de regreso en el campamento
y nos encontramos con un panorama desalentador: una de
las carpas, la Rothco, que se aguantó la Isla de
los Estados, Hielos Continentales, Aconcagua, etc., etc.
(está bien
éramos mucho más
jóvenes), estaba flameando al viento. Doble techo
roto, parantes quebrados, vientos arrancados y hecha un
ovillo; al verla me dio una cosa... la desenredamos, le
reemplazamos un tramo de parante, empatillamos y cambiamos
de lugar otro, cosimos los vientos y remendamos el doble
techo.
En
el campamento, los cuerpos cansados y los ánimos
malhumorados "marcaron" la mateada; durante
la cena las posiciones ya estaban más claras. Al
día siguiente volveríamos a intentarlo Horacio,
Mauricio y yo; Gustavo y Rubén, considerando que
no estaban convenientemente equipados dejarían
la cumbre para otra oportunidad. La tormenta continuó
hasta por lo menos las 3:00 de la madrugada; yo pasé
muy mala noche, me despertaba a cada rato y me costaba
conciliar el sueño nuevamente.
La
alarma del reloj sonó incansablemente a las seis
de la mañana. Alguien la detuvo, pero nadie daba
señales de ponerse en movimiento. -Che, ¿vamos
a ir?- pregunté en mi mejor tono "rallador
de queso"; -Sí- se apresuró a responder
Horacio para demostrar que estaba despierto, pero sin
mover un dedo. Diez minutos después comencé
a levantarme de mala gana, todo mal, las botas y polainas
eran un solo bloque de hielo y barro. Poso la vista en
la olla que contenía el agua derretida la noche
anterior para preparar el jugo y veo una película
aceitosa flotando en la superficie, mientras en el fondo
sobrevivían algunos granos de arroz y un asiento
de salsa "cuatro quesos": ¡Puagg! ¿Quién
carajo lavó las hoyas?
Salgo
de la carpa, el viento frío me pega de golpe, me
siento en una piedra y sin desayunar (grave error) me
pongo a replantear: ¿por qué mierda tengo
que ir de nuevo si ya sé como es y también
sé que puedo llegar?. ¿Quién carajo
me obliga? Nadie. En eso asoma de su carpa Rubén
y completamente ajeno a mis elucubraciones me dice: -¿vos
sabés que me gustaría volver a intentarlo?
-le espeto -Bueno, andá por mí entonces.
Pobre Rubén, pensó que no quería
ir porque iba él.
Media
hora después y chocolatada por medio, empecé
lentamente a juntar mis cosas y armé mochila de
ataque. Horacio, que me "juna lunga", no me
da ni bola. Lo cierto es que a las 9:00 en punto, con
sol radiante, los cuatro salimos con equipo alivianado
y paso resuelto. Nos sorprendió que al pasar por
las pircas de los 4200 metros, donde hicimos la primera
parada, habíamos tardado veinte minutos menos que
el día anterior; el glaciar lo encaramos derecho
hacia arriba pero la nieve acumulada nos "comía"
las piernas, por lo que seguimos con un zigzag largo,
pasamos los filos y después trepamos por los acarreos
hasta bien alto; bordeamos por el lado Este otro filo,
hasta llegar al lugar donde, el día anterior, habíamos
emprendido el regreso.
Eran
las 2:30 de la tarde y las nubes comenzaron a rodearnos;
ascendimos por una zona rocosa mezclada con hielo y nieve,
bastante peligrosa, mientras el viento comenzó
a arreciar y se cubrió totalmente; habíamos
ido tomando los puntos GPS más importantes y sus
contra rumbos por lo que nos animamos a seguir. Mauricio
se adelanta unos metros y lo sigo de cerca, mientras,
Horacio y Rubén se quedan un poco; Mauricio regresa
un tramito y me dice a los gritos (a pesar de estar a
tres metros, el viento era tal, que no lo oía)
que encontró una planicie. Me doy cuenta que es
la laguna superior y paso el dato a Horacio para que continúen.
Subo el filo y quedo sorprendido: todo el paisaje era
una masa blanca grisácea que giraba sin control;
al no poder distinguir suelo de cielo ni de ninguna otra
cosa, Mauricio parece un elemento más flotando
al viento. Mientras llegan Horacio y Rubén, pido
a Mauricio que baya a buscar agua para hacer un jugo como
la gente. La nevisca se lo traga a no más de cinco
metros.
Cuando
llega Horacio tomamos registro de esa posición
y salgo a buscar a Mauricio que se estaba demorando. ¿Habrá
encontrado a la doncella del peine de oro? Lo ubico y
me cuenta que la superficie de la laguna estaba completamente
congelada pero que con el piolet pudo romper un hoyo de
donde extrajo agua. Nos reunimos nuevamente y esperamos
que en algún momento abra un poco para poder seguir;
justamente, al rato, las nubes se despejan lo suficiente
como para permitirnos ver la cumbre y por dónde
debíamos atacarla.
Continuará...