Pino
Hachado, primeras travesías de reconocimiento
Hernán Cipriani
- Experto Aventurarse
Invierno
de 2002, Año
Internacional de las Montañas. Un nuevo
lugar que estamos explorando con nuestros perros. Esa
es la ventaja de tener un país tan grande como
Argentina, siempre hay sitios nuevos para explorar. Solo
que esta vez el lugar a explorar es muy especial ya que
es el lugar que elegimos junto a mi familia para vivir,
trabajar, soñar, crecer y disfrutar de nuestra
libertad.
Ocurre
que después de algunos años yendo y viniendo
de la cordillera a Buenos Aires, siguiendo como los peones
golondrina las temporadas de trabajo, de recorrer un sitio
y otro con nuestros perros, encontramos un lugar donde
poder instalarnos y disfrutar, temporada tras temporada.
Ahora seguiremos a los veranos y los inviernos, alternando
actividades y medios de transporte acordes a la temporada,
ya sea los perros y trineos en invierno y los caballos
en verano.
El
lugar en cuestión es Pino
Hachado, al centro-oeste de la provincia de Neuquén,
es un paso fronterizo con nuestra vecina republica chilena.
La localidad más cercana, Las Lajas, es un pueblo
de 4000 habitantes que se encuentra a 50 kilómetros
cordillera abajo. Hacia el suroeste, a 35 kilómetros,
se encuentra el lago Aluminé y todo el circuito
Pehuenia con su villa y el parque de nieve Batea Mahuida,
administrado por la comunidad Mapuche Puel. Hacia el noroeste,
a 80 kilómetros en línea recta, el volcán
Copahue con su centro de esquí Caviahue y su complejo
termal.
Aquí,
en Pino Hachado, el refugio está a una altitud
de 1560 metros sobre el nivel del mar e inmerso en un
milenario bosque de Araucarias o Pehuen, tal su nombre
en lengua Mapuche, rodeado de rocas basálticas
y volcánicas, sobre un desfiladero de unos 80 metros
de altura. Por estos lados no es mucha la gente que vive,
serán unos... ¡6 habitantes!, y eso contando
a mi señora y mis dos hijos. Además hay
personal temporal de aduana, vialidad y gendarmería,
a un par de kilómetros del refugio, ya sobre la
Ruta Nacional 22.
La
construcción del refugio
La
casi nula población estable ha mantenido casi virgen
el lugar, posibilitando avistar frecuentemente zorros,
pumas, jabalies, liebres y conejos, y a los reyes del
cielo: los Cóndores Andinos, cuyas condoreras se
ven desde las ventanas del refugio. Para construir el
refugio de manera que no desentone con semejante naturaleza
circundante, utilizamos los materiales del lugar, es decir
piedra laja y madera. Este tipo de construcción
es muy abrigada en los inviernos nevadores y lo suficientemente
fuerte para soportar los vientos que a esta altitud suelen
soplar. Las piedras lajas apiladas por su cara plana una
sobre otra otorgan gran firmeza a la base de la casa,
a la vez que la aíslan de la humedad de la nieve
acumulada, y sobre esta la madera, mucho más liviana,
da calidez y buen abrigo.
Los
perros, desde ya, no han estado ajenos a la construcción
del refugio, es más, han participado activamente.
En los meses más crudos de este invierno, cuando
el acceso desde la ruta quedó cortado por las intensas
nevadas los perros fueron los encargados de trasladar
los materiales para terminar la casa. Así, ellos
han llevado desde la ruta, lugar hasta donde podíamos
llegar con nuestro viejo jeep, montaña arriba los
más diversos materiales, vidrios para las ventanas,
tablas de madera, caños para agua, y hasta su propio
alimento balanceado.
El
mecanismo que implementamos para este trabajo era el de
dar aviso al refugio desde Las Lajas a través de
la radio FM local con la hora estimada de arribo, una
vez escuchado el mensaje desde el refugio, partía
una traílla con la cantidad de perros necesaria
de acuerdo al peso de la carga, estos podían ser
de 8 a 12 perros, con un trineo carguero de unos 3 metros
de largo hacia el empalme de la picada que sube al refugio
con la Ruta 22. Ahí se producía el encuentro
de los perros con el jeep. Es increíble como los
perros se habitúan a este trabajo y a un recorrido,
el team de perros se detenía solo al llegar a la
par del jeep sin mediar orden alguna sabiendo que su misión
era la de retornar al refugio con la carga abordo. Incluso
aquellas cargas mas frágiles como la de los vidrios
de la casa se encargaron de llevarlas con sumo cuidado,
atravesando altos bardones (especie de médanos
de nieve producto de la nieve en polvo movida por el fuerte
viento) o serpenteando entre inmensas Araucarias sin lastimar
la carga.
Otro
de los trabajos efectuados por las traíllas de
perros este invierno fue la búsqueda de leña.
En el refugio, la leña, además de alimentar
la estufa-cocina se utiliza para el circuito de agua caliente,
por lo que su provisión se convirtió en
un elemento de vital importancia. Las distancias desde
donde acarrear leña variaban de acuerdo a la cantidad
de nieve acumulada, de manera que cuando la nieve caida
tenía buen espesor había que recorrer grandes
distancias hasta encontrar algún pino caído
que no estuviera tapado y estuviera seco como para picarlo
a hacha y cargar los trineos. Eso sí, la búsqueda
siempre era faldeo arriba, cosa que la vuelta con los
trineos con cerca de 100 kilogramos de leña sea
todo en bajada, ¡adrenalina pura! Un trineo con
10 perros delante y con mucho peso no hay forma de frenarlo,
por lo que es esencial tener un buen dominio de la conducción
... y algo de suerte para no volcar en la bajada o terminar
abrazado a un milenario Pehuen... Pero, a pesar de alguna
que otra rotura de trineo y más de un vuelco, logramos
mantener el refugio bien provisto del preciado combustible.
Toda
esta experiencia de construir en plena temporada invernal
y sin utilizar ningún medio mecánico para
movilizarnos o trasladar provisiones o materiales me ha
remontado a la gloriosa época de la fiebre del
oro, allá en el Yukón, donde los largos
inviernos obligaban a vivir prácticamente arriba
de un trineo con perros. Todo dependía de ellos,
los perros y sus mushers, el correo, las provisiones,
medicinas, rescates, y hoy un siglo por delante aún
es posible realizarlo.
Travesía
a "El Volcán"
Claro
que entre tanto trajín para la terminar la construcción
quedó tiempo para hacer algunas salidas relevando
nuevos circuitos y reconociendo el área. Uno de
los sitios que hemos relevado en salidas de un día
es la subida a una pared de unos cien metros de altura
llamada El Volcán, aludiendo a su origen volcánico
y sus formaciones de lava solidificada. En esta pared
encontramos gran cantidad de condoreras, y sabiendo la
curiosidad de estas magnificas aves, las aves voladoras
mas grandes del planeta, no fue extraño verlas
aparecer al notar nuestra presencia y mantenerse detenidas
en el aire a escasos meros de nuestras cabezas con sus
tres metros de envergadura, moviendo sus cabezas hacia
ambos lados, observándolo todo. Se encontraban
tan asombradas como nosotros seguramente. Es que por esos
lados jamás había transitado un trineo con
perros, a más de 2000 msnm.
Para
alcanzar esta enorme pared volcánica, saliendo
desde el refugio, debemos ascender por sobre un gran mallín
(grandes extensiones de esponjosa y verde hierba semi-inundada)
congelado que se va encajonando entre el cerro Tres Hermanas
de 2050 metros y el citado Volcán, hasta terminar
en un angosto paso que desemboca detrás de la pared
de piedra del Volcán. Allí se abre una gran
meseta plana que se mantiene por encima de los 2000 metros
de altitud y está cubierta de nieve y lagunas congeladas.
Esta enorme planicie es ideal para dejar a los perros
correr a gusto, aprovechando para desplegar todo su arsenal
de energía y desplazarnos velozmente encima de
las formaciones nubosas que rodean a esta meseta.
A
esta altitud ya no se encuentran las típicas Araucarias,
transformándose el paisaje en algo muy similar
a la antártica o el ártico, un inmenso manto
blanco con apenas alguna saliente rocosa y la nieve con
formaciones similares a olas marinas por efecto de los
fuertes vientos. Los patines del trineo no dejan rastro
alguno debido a la dureza de la nieve, por lo que el regreso
es a puro instinto canino; ellos regresarán por
sus propios e invisibles pasos así el cielo se
cierre o se levante el temido viento blanco.
La
vuelta. Otra vez la adrenalina del descenso, internarse
en el bosque de Araucarias, una liebre que sale al atardecer
y distrae el trabajo de aquellos perros que, por este
tipo de causas justamente, no han llegado a ser guías
y obligan a estos a corregir anticipadamente el rumbo
del resto del team, doblegado por el instinto lobuno de
gran parte de la jauría que no resiste que una
liebre cruce frente de sus narices sin al menos intentar
soltarles una dentellada fatal. Pero esta vez la liebre
gana. La jauría está unida al trineo y un
instante después comprenden que también
tienen una parte de perro domestico y que hay momentos
para trabajar y otros para correr libremente por la montaña,
aunque, mientras la siguen con su mirada de lobo, parecen
jurarle que se volverán a encontrar, cara a cara,
solos uno frente al otro, y ahí regirá la
ley de la naturaleza, donde sobrevivirá solo el
más fuerte y adaptado. Quizás ese deseo
innato en mis perros sea el que los aliente a salir cada
vez que encaramos montaña arriba una travesía.
Galería
Fotográfica de Pino Hachado
Nota:
e-mail:
hernan.cipriani@aventurarse.com
web: ar.geocities.com/pino_hachado/