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La leyenda de Cuyin Manzano...
 .
.. de cómo se formó el Valle Encantado.
(Extracto del libro "El tesoro de los Cóndores").

Andrés Capdevielle
- Experto Aventurarse

El Sol y la Luna habían ido a vivir en el cielo donde jugaban con las Sagradas Cartas del Destino.
Mientras, sus hijos permanecían sobre la Tierra hasta en tanto aprendieran a utilizar el poder.
En otoño, sin embargo, se reunían todos en el cielo para preparar el reposo del Sol.
Era la época del año en que los dioses se acercaban unos a otros.
Se relataban sus andanzas del último ciclo celeste, explicaban sus fracasos, sus peleas, y en general, solicitaban del Sol asesoramiento en cuanto a qué hacer al año siguiente. Cuando cada uno exponía lo suyo, y el Sol, su padre, los escuchaba a todos, éste ordenaba a sus hijos que guardasen sus rayos de oro para permitirle dormir y meditar sobre lo que le habían contado.
Una vez recogidos los rayos, éstos debían ser sólidamente sujetados. Se elegía después un Dios para realizar la tarea que representaba el máximo honor: Atravesar con los rayos el cielo y llevarlos al escondite divino, que se encontraba en el doceavo planeta, desde donde su luz no podía ser detectada.
Fue en un otoño celestial cuando el Señor de las criaturas con alas fue elegido para la realización de esta honorable tarea. 
De todos mis hijos eres el que mejor ha cumplido en este año, -tronó la voz del Sol-; a través del planeta entero, el fruto de tu esfuerzo ha llenado a la Tierra, los árboles y las montañas de criaturas que vuelan, son hermosas y placen mi vista.
De todos mis hijos, eres el que me ha proporcionado mayor motivo de orgullo.
Por tanto, eres el elegido para transportar mis rayos al planeta escondido, y de ahora en adelante se te conocerá como: Huaca, que significa guardián del tesoro.
El Señor de las criaturas aladas se hinchó de orgullo. Hizo una reverencia y al hacerla desencadenó el batir de cien millones de alas sobre la Tierra, que anunciaron el regocijo de las criaturas de Huaca. Debe recordarse que aunque los hijos del Sol y la Luna eran en sí mismos dioses, estos por definición, eran criaturas y de ninguna manera habían alcanzado la perfección del Padre. De haber sido así, ellos también habrían abandonado la Tierra para transformarse por derecho propio en Soles del cielo.
Así mismo, cabe también recordar que la noción del tiempo, tal como la calculan los mortales es muy distinta a las de los Dioses, y lo que para ellos es un día, para un hombre es un millón de años.
Entre los dioses se encontraba el Señor de las criaturas de cuatro patas. A pesar de ser muy inteligente, era joven y caprichoso, como criatura. Era un Dios con poderes equivalentes a los de sus hermanos, pero también capaz de hacer daño cuando se contrariaban sus antojos. La forma favorita bajo la que le gustaba presentarse era la de cabra y, debido a sus exacerbados caprichos, el Hombre, criatura que el Sol acababa de crear, manifestaba un gran temor frente a este Dios, al que llamaban con el nombre de diablo.
Su nombre real, sin embargo, era Nacua.
Al escuchar, Nacua, las palabras de su padre, su corazón se llenó de rabia y desilusión. 
Sol poderoso Señor y padre nuestro, gimió: "¿Cómo puedes concederle todo los honores al Señor de las criaturas aladas, cuando yo, tu benjamín, te he dado todo y más que él? ¡Recorre el planeta entero y comprueba mi obra! Con mis cuernos he labrado la Tierra y elevado montañas. Retienen la lluvia y riegan la Tierra que alimenta y brinda abrigo a las criaturas aladas. Mis cascos cavaron los lagos en los que nadan los peces. Mis heces fertilizaron las tierras y las enriquecieron para que abunden plantas y árboles, sin duda, es a mí a quién correspondería ese honor, más que a un Dios cuyas criaturas existen en la medida en que yo les he proporcionado lugar donde vivir.
"¡Silencio!", tronó el Sol furioso ante el desacato."Yo soy tu padre y Señor, no te atrevas a desafiar mi decisión. Vete antes que mi cólera me haga olvidar que eres mi hijo".
Nacua inclinó la cabeza pero estaba pálido de rabia. De la Tierra se elevó una ensordecedora conmoción producida por los cascos de cienmil millones de bestias de cuatro patas que coceaban y bramaban de desesperación. Alejándose con su desilusión a cuestas, Nacua pasó un millón de años buscando la manera de vengarse del padre que lo había increpado, durante este tiempo el Señor de las criaturas aladas comenzó la cosecha de los dorados rayos del Sol.
Nacua sopesó cada palabra de las que había pronunciado el Sol. De pronto recordó el orgullo con el que su Padre se refirió a su última creación: el Hombre. Nacua elaboró en su mente un macabro proyecto, si el Sol se mostraba tan satisfecho con los hombres ¿No sería adecuada una venganza en la que el Hombre pudiera prescindir del Sol? La respuesta que encontró Nacua fue de gran simplicidad, tanto que le llamó la atención que no se le hubiera ocurrido antes. El Hombre continuaría aún, cuando el Sol se hubiera dormido. ¿Y cómo lograría Nacua esta hazaña? Nuevamente esta respuesta estaba a la vista: el Hombre tenía que poseer uno de los sagrados rayos del oro.
Inundado de satisfacción frente a la malignidad de su proyecto, Nacua se deslizó por el cielo y se ocultó en el onceavo planeta, que se encontraba en el camino que debía tomar su hermano. Canturreando de alegría tendió una soga transparente a través del sendero por el que llegaría Huaca, y ató cada extremo a una pequeña estrella. Luego, se dispuso a esperar.
El Señor de las criaturas aladas no tardó en llegar. Con el corazón henchido de orgullo, venía brincando por el cielo en dirección al planeta escondido. Las estrellas manifestaban su desaprobación por frente a su actitud desaprensiva, sabiendo que estaba investido de tan Solemne tarea. Pero Huaca era insensible a cualquier llamado de atención. Su fajón de Rayos se hallaba precariamente sostenido, y con sus brincos se había aflojado la cuerda dorada que los sujetaba. Al emprender el último salto que lo transportaría del onceavo al doceavo planeta no percibió la trampa que Nacua la había tendido. Tropezó y cayó, perdiendo muchos Rayos de su paquete. Su alarido de desesperación fue simultáneo al grito que expresó la alegría de Nacua, quien estaba escondido en el onceavo planeta.
Los Rayos cayeron a lo largo y a lo ancho de la Tierra, dispersándose como oro líquido y hundiéndose en las profundidades de las rocas. En su apuro, no los vio; Nacua tropezó con su propia trampa y cayó, lo que le impidió ver dónde habían caído los rayos. Cuando se levantó, Huaca estaba de pie frente a él contemplando con horror. "¡Nacua tonto!", le gritó su hermano. "Mira lo que has hecho. He perdido 366 rayos, te imaginas lo que esto significa?"
Atontado aún por la caída, Nacua asintió con la cabeza.
El Señor de las Criaturas Aladas continuó: "Hasta que se hayan encontrado todos y cada uno de los Rayos, nuestro padre y nuestra familia entera, se verán obligados a reducir el ciclo de vida de 366 millones de años a sólo uno. Esto es lo que tendrás que decirle a nuestro Señor cuando despierte.
El temor comenzó a infiltrarse en la mente de Nacua, "¿Qué haré?", preguntó presa del pánico.
"¡¡Vuelve a la Tierra!!!", le respondió su hermano. "Con tus cuernos cava profundos surcos."
"Y tú, ¿qué vas a hacer hermano?", inquirió Nacua.
"Iré al doceavo planeta a esconder los rayos que quedan. Luego, convocaré a la más inmensa de mis criaturas criaturas aladas, el Señor Cóndor y le encargaré la misión de volar por entre los surcos en busca de los rayos de oro. Vete ya y reza que no sea demasiado tarde cuando despierte nuestro Señor."
Y Nacua temeroso, se apresuró a volver a la Tierra. Durante 90 millones de años arrastró sus cuernos gigantes a través de la Tierra, y todos los Rayos fueron encontrados, menos uno. Hasta que un día mientras el Señor de las criaturas aladas se encontraba volando alto junto a su Cóndor en el más profundo de los surcos que Nacua había cavado (Los Andes), Nacua, cercano ya a la desesperación, dio comienzo al último recurso. Aplicó sus cuernos a lo largo de río Limay, cavando hasta donde se encuentra con el Traful. Era ya un esfuerzo sin convicción, y el ruido que desencadenó pasó desapercibido al oído de sus hermanos. Nacua se recostó a la espera de su hermano Huaca y el Señor Cóndor, pero esto se demoraba y su impaciencia aumentaba.
Se levantó mal humorado para inspeccionar el surco que acababa de cavar, preguntándose: "¿Dónde está ese querido hermano que me prometió su ayuda? Acaso soy yo el que debe realizar todo el trabajo?". Estaba furioso. Ya que los ojos de la cabra, a diferencia de los del Cóndor no son capaces de distinguir una pequeña presa a gran distancia.
Nacua movilizó sus partidos cascos y emprendió el trote, conservando baja la cabeza para no inadvertir nada. La tarea era agobiadora, pero no lejos del fondo del surco, donde el Traful ya topa con el Limay, percibió un destello.
Nacua parpadeó y volvió a mirar. "¡AH!! ¡El destello era dorado!!" Creyendo apenas en su fortuna, corrió hacia el lugar. 
"¡Allí está el último rayo!!". No podía contener su alegría y emitió un terrible rugido que se oyó a lo largo y a lo ancho, hacia el norte y hacia el sur de los Andes.
Al escuchar el bramido que lanzara su hermano, el Señor de las criaturas aladas se elevó, sorprendido y batió sus alas. Voló hacia Nacua, a quien encontró lamiendo el rayo en el surco. 
"¡Gracias al cielo que diste con él!". Exclamó. 
Nacua lo contempló fíjamente, había un brillo maligno en su mirada.
"¡Desgraciado! Cuando te necesité no estabas. ¡Yo solo encontré el rayo y ahora es mío!"
¡Estás loco!", lo amonestó Huaca. "Convinimos que todos los rayos eran para devolverlos. Tienes que entregarlos", Nacua bramó de rabia y embistió. Entre los hermanos se entabló una feroz batalla. Pero siendo los dos hijos del Sol, sus fuerzas eran equitativas y ninguno podía vencer al otro. Jadeando ambos sucumbieron.
"Nuestro padre está a punto de despertar", previno Huaca, "Entrégame el rayo."
"¡Eso nunca!", denegó Nacua. "Con él, el hombre estará capacitado para producir tanto en invierno como en verano, y el Sol perderá así su criatura favorita en manos del Señor de los Animales. Pero si lo que quieres es dilucidar nuestra pelea, consultemos las Cartas Sagradas del Destino para ver lo que disponen."
"¡No sabes lo que estás diciendo!", reprochó Huaca con voz temblequeante. "Sólo el Sol y la Luna tienen derecho a tocar esas cartas."
"Entonces esperaremos la llegada de nuestro padre, y tú, hermano, serás tan culpable como yo". Frente a esta amenaza, Huaca accedió. "Súbete a mi espalda, criatura enloquecida, y vayamos a buscar las cartas."
Juntos volaron a la Luna y usurparon las cartas del destino, la más preciada de las posesiones del Sol, y con ellas volvieron al surco, se sentaron el uno frente al otro, el rayo de oro entre los dos, y comenzaron a jugar. Atrapados en la fascinación del juego, olvidaron todo lo demás. El agudo grito del Señor de los pájaros y el sonido de la brama desencadenaban sus ecos a medida que la fortuna de las cartas favorecía al uno o al otro, sumándose a ellos el desenfrenado desbordamiento de sus bestias respectivas que carecían de vigilancia.
El reposo del Sol fue interrumpido por el tumulto. Sacudiendo su cabellera veloz, buscó con miradas desorbitadas al responsable de tan desaforada batahola.
No tardó en percatarse de dónde provenía la conmoción. Lo que presenció lo llenó de tal cólera que perforó con su dedo la montaña, debajo de la cual se encontraban sus hijos. "¡Quién se atreve a jugar con las cartas del destino?, tronó su voz.
Tan desprevenidos estaban ambos jugadores que dejaron caer las cartas, y éstas fueron a dar a la ladera que bordeaba el surco. Del dedo del Sol se desprendió un rayo que petrificó las cartas y las adhirió a la roca. Aterrorizado, Huaca y Nacua se postraron allí donde habían estado jugando y, espalda contra espalda, la mirada dirigida a lo alto, implorando perdón al furioso padre.
Nuevamente se escuchó la voz detonando en el cielo: "Las Cartas del Destino han hablado y su mensaje está a la vista de todos. Por temor tú, Señor de las criaturas aladas, has desobedecido a tu padre". Y el rayo golpeó a Huaca, por orgullo, has faltado al cumplimiento de mi voluntad."
El rayo volvió a desencadenarse sobre él. "¡Por tanto has descuidado tus tareas y la atención de tus criaturas! ¡Que así sea!" Y por tercera vez se desató el rayo petrificando sus alas.
"¡Nacua, maldito!". El rayo centelleó. ¡Tu arrogancia ha sido excesiva! Por mal uso de tu poder, te despojo de tus potentes cuernos," volvió a encenderse el rayo. "¡Por asumir la forma de la cabra siendo que eres un dios, serás castigado!" Y el rayo petrificó también a Nacua, sujetándolo a la montaña.
Luego, el Sol llamó a su hijos para que vean lo que había formado. 
"Las Cartas han hablado. Mi dedo será guardián de que, aquél que penetre en el valle con espíritu diabólico, saldrá con las alas de un ángel." Volviéndose hacia la pareja de culpables, proclamó, "Ustedes han de ser los guardianes de este valle hasta que el hombre haya aprendido que los Rayos del Sol me pertenecen sólo a mí, y que no son de este mundo, y se quedarán aquí, hijos míos hasta que se haya desgastado mi dedo."...

 



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