Por la cordillera: de Chile a Argentina
Segunda Parte
Mauricio
Bianchi - Aventurero
Llegaron
al Sur de Chile para cruzar a pie la cordillera. Recorrieron
sendas, conocieron gente y vivieron a pleno el contacto
con la naturaleza. Uno de ellos, el aventurero Mauricio
Bianchi, relata el apasionante viaje. Segunda parte (lee
la primera parte):
Al
día siguiente amanecimos temprano y luego de levantar
campamento conseguimos arrancar. Eran las 8:30. Manuel,
que iba a caballo en la misma dirección que nosotros,
hacia el norte, se apiadó de Ale y le llevó
la mochila. Menos mal. Si sufrió sin mochila esa
primera cuesta de interminables caracoles, no me quiero
imaginar cómo la hubiéramos tenido que arrastrar
con mochila.
Néstor
se disparó hacia delante, enchufado con su walkman.
Llegó junto a Manuel, a eso de las 13:30, a nuestro
destino de ese día: la casa de la familia Vera.
Con Ale nos retrasamos y eso provocó que por un
momento dudáramos del camino lo que nos retrasó
aún más. Llegamos a la casa de los Vera,
dos horas más tarde.
En
el camino se nos prendió un perrito que estaba
perdido y para que Ale no lo tocara le dije que "puede
ser un cimarrón y si la madre te ve te puede atacar".
Pero el cachorro no era ningún salvaje y Ale lo
sabía, así que mi estrategia no resultó
y el bicho nos demoró algo ya que se empecinaba
en caminar entre mis pies con lo cual, inevitablemente,
se ligó algún pisotón, mientras Ale,
enternecida, se lo quería llevar a su casa.
En
el camino debimos sortear dos cuestas muy largas y cruzar
el Río Steffen, que tiene un puente. También
pasamos dos pampas, una con construcciones abandonadas
y otra con un sólo poblador: Martínez.
Los
Vera nos recibieron tan bien como lo habían hecho
conmigo el año anterior. Nos sirvieron un almuerzo
de cordero ahumado con pepinos (los más ricos que
comí en mi vida) y choclos. Luego atacamos sus
árboles de guindas y manzanas. Armamos la carpa
entre los frutales y nos divertimos viendo pelear a los
chanchitos por las manzanas caídas.
¡Otra
vez, caminante!
Al
levantarnos, desarmamos todo, desayunamos y luego de agradecer
las atenciones recibidas y reconocerlas económicamente,
partimos. Néstor cumplía 26 años
al día siguiente. El mismo día cumplía
11 años la hija de Manuel y, por eso, éste
nos invitó a su casa a festejar todos juntos. Nos
esperaba un corderito.
Aquel
día iniciamos la caminata esperando llegar por
la tardecita a cruzar el Río Torrentoso. No nos
imaginábamos que no sería nuestro día.
Partimos pasadas las 10:00 y Néstor, que encabezaba
la caminata, comenzó a subir y subir y subir, hasta
que en un momento comenzamos a ir hacia el sur. Nuestro
rumbo debía ser hacia el norte. Allí definitivamente
sospechamos. ¿Habríamos equivocado el camino?
Analizamos
la situación y llegamos a la triste conclusión
de que así era. Hicimos lo que se hace en esos
casos: retroceder hasta donde se está seguro. Nos
dimos cuenta así que habíamos equivocado
el sendero a los quince minutos de la partida.
Retomamos
la senda correcta. La otra, luego nos enteramos, era utilizada
para ir a buscar leña a la zona alta de la Quebrada.
Ya eran más de las 13:00. Caminamos
un rato y luego de hacer alguna parada para comer y recorrer
zonas hermosas -boscosas, algunas pampas, cruce de arroyos
y muchas cuestas- llegamos a una tranquera. ¡Era
nada menos que una trampa!
Allí
había dos sendas y, vaya a saber uno por qué,
optamos por tomar la que descendía. Antes nos habíamos
perdido subiendo. Ahora, era el turno de hacerlo bajando.
A
poco de andar, llegamos a una casa con corrales. Yo no
la recordaba de mi travesía del año anterior.
Ocurría lo que empezaba a sospechar. ¡No
era por ahí!
Sin
embargo, no nos fue tan mal. Conocimos a don José
Ramiro Maldonado, un chileno de 50 años que vive
allí solo y que siempre vivió en ese lugar.
En realidad la casa era de Velásquez, quien estaba
trabajando en el camino del Tagua-Tagua. Maldonado, quien
vive a 20 minutos del lugar, le cuidaba los animales.
Muy
amablemente nos indicó por dónde regresar,
pero cuando lo intentamos volvimos a equivocar el camino.
Evidentemente, ese no era nuestro día así
que volvimos a la casa, acampamos y tuvimos un lindo atardecer
charlando con ese atento hombre, que mientras tanto nos
cebaba unos buenos mates.
En
la ruta
El
día 10 -cumple de Néstor- Ale y yo lo despertamos
con un tirón de orejas y un desafinado cumpleaños
feliz. Nuestro amigo Maldonado nos acompañó
hasta el camino y nos dejó en ruta. Al buen hombre
le dejamos algunos analgésicos que llevábamos,
ya que hacía como 15 días que tenía
muy lastimada -seguramente fisurada- la zona de la muñeca
izquierda a raíz de un accidente al colaborar con
un vecino a rescatar una vaca desbarrancada. La enfermería
está a dos días de su casa. ¡Cosas
de la cordillera!
El
resto del día fue todo ansiedad por llegar a festejar
el cumple y todo apuro por la ansiedad y el hambre. Sólo
nos quedaban unas manzanas que, sabiamente, habíamos
guardado de los árboles de los Vera.
Arrancamos
la marcha a las 10:00 y recorriendo hermosas zonas boscosas
y arroyos -con sus cuestas- llegamos a un importante arroyo
y a beber agua del río Manso. Ale quiso sentarse
de golpe en el río... ¿tanto calor tendría?
Después
de que Ale se cambiara la ropa mojada, caminamos y tuvimos
que cruzar el Torrentoso -bastante ancho- por "las
piedritas".
Por
fin llegamos a lo de Manuel Contrera como a las 18:00.
Nos recibieron contentos con torta y cordero (más
contentos estábamos nosotros). Junto a Néstor
nos quedamos charlando hasta tarde con Manuel y su agradable
señora, Elizabeth Orrego.
Llegando
a El León
El
día 11 partimos como a las 14:30, hacia El León.
La caminata fue linda, pero las cuestas interminables.
Manuel nos acompañó un tramo y llegamos
a eso de las 19:00. Estaba contento de volver a ver gente
que el año anterior me había tratado de
maravillas. Durante
el último tramo del trayecto Ale no quería
caminar más, pero ya faltaba poco y la amenazamos
con dejarla sola con el puma (amenaza que se reiteró
en varios tramos de la caminata).
Caímos
primero a lo de Efraín Macías. Estaban su
esposa y Américo, el hijo. Nos recibieron con deliciosas
ciruelas y jugo. No dejamos nada.
Luego
pasamos por Carabineros para hacer el trámite de
salida y nos trataron muy atentamente. Incluso nos ofrecieron
acampar allí y hasta jugar al fútbol (justo
estaban armando un partido con algunos pobladores).
Finalmente
fuimos a la enfermería. Allí estaba mi buen
amigo Raúl Vera. ¡Qué tipazo! ¡Qué
personaje! ¡Nos recibió contento y nos atendió
bárbaro! Ah, ahí nos bañamos por
primera vez en varios días. El agua estaba helada
pero en realidad no importó.
La
noche tuvo una sorpresa: fuimos invitados a cenar en la
escuela. Estaba el profesor Raúl, un carabinero
joven y Eliseo Vera -el jefe de la Guardia de Carabineros-
que demostró no sólo su gran fe católica
sino, también, ser un gran guitarrista.
Raúl
se animó a cantar para hacerle compañía
a Eliseo y yo, para no ser menos, les mostré algo
de nuestro folklore con un malambo, recordando la época
en que integraba un ballet folklórico argentino.
Cruzando
la frontera
El
12 era el día en que teníamos que estar
en el paraje El Manso -Argentina- porque ese día
había colectivo para Bariloche (va sólo
dos veces a la semana). Por ello partimos, luego de desayunar
con Raúl y Eliseo a eso de las 13:00. Néstor
y yo, que habíamos cargado las mochilas durante
toda la travesía, decidimos disfrutar a pleno la
caminata y le contratamos un pilchero a Efraín.
También vino con nosotros Manuel -una vez más-,
que iba a ver a su hermana en Bariloche.
La
caminata fue linda y placentera. Al llegar al hito fronterizo
-a los 10 minutos de salir- nos trepamos en el "pa'
la foto" y luego ingresamos al límite sur
del Parque Nacional Nahuel Huapi.
A
las tres horas de caminata llegamos a Gendarmería
Nacional, hicimos el trámite de ingreso a la Argentina
y después de una hora llegamos al paraje.
Luego
debimos cruzar una pasarela sobre el Río Manso.
Creo que Ale necesitaba dos manos más ya que no
sabía como sostenerse porque la misma se movía
para todos lados. Tomamos el micro a las 22:15 y llegamos
a San Carlos de Bariloche pasadas las 00:00 del 13 de
febrero. Habíamos partido de Puerto Montt el día
5 de ese mes.
Vivencias
En
nuestro trayecto encontramos paisajes hermosos, gente
más hermosa aún y convivimos tres viajeros
que, aunque parezca mentira, seis meses antes ni nos conocíamos
entre nosotros. Este
tipo de viajes deja varias cosas pero, por sobre todo,
la experiencia de conocerse uno mismo en situaciones no
ideales y de aprender a superar incomodidades, la riqueza
incomparable de disfrutar la naturaleza, y comprensión
de que "no todos somos iguales" y que discriminar
a alguien o prejuzgarlo por su nacionalidad es propio
de una mentalidad estrecha y estúpida.
Nuestros
ojos y corazones se llenaron de paisajes maravillosos
que no se pueden describir con palabras. Como concluyó
Ale, "conocimos personas a las cuales les importa
muy poco tu nacionalidad o si un hito debe ir en tal o
cuál lugar. Simplemente les interesa ayudarte en
todo lo que puedan y que te sientas como uno más
de su familia".
Ojalá
todos pudieran vivir experiencias como esta. Seguro que,
si les ocurriera, tendrían como yo la necesidad
de contarlas, de transmitirlas de alguna manera.
Ver:
Por la cordillera: de Chile
a Argentina, primera parte
Nota:
e-mail:
elandinista@yahoo.com.ar