Del Mascardi al Hess: una travesía otoñal
Mauricio Bianchi
- Aventurero
Julio,
Néstor y yo llegamos a la maravillosa San Carlos de Bariloche
el 12 de junio de 1999 y nos dedicamos a acomodar nuestros
equipos y comprar algunos alimentos de último momento para
partir al día siguiente. La ciudad estaba casi desierta,
despidiendo los últimos días de la temporada baja.
Lluvia, lluvia y... lluvia
Arrancamos
el 13 de junio con Néstor y Julio. Raúl se uniría a nosotros
dos días después, pues sus padres cumplían 60 años de
casados y lo festejaban en El Bolsón ese domingo. Eran
las 9 hs. y recién amanecía.
Apenas
bajamos del ómnibus, que iba hasta El Bolsón, comenzó
a llover con fuerza y los pasajeros del colectivo nos
miraban convencidos de nuestra locura.
El chofer no nos bajó donde le pedimos y eso significó
que, antes de tomar la senda por la costa norte del Mascardi,
luchemos casi una hora con las rosas mosquetas -planta
exótica llena de espinas que tiene la manía de crecer
una muy junta a la otra-. Juntamos espinas a montones.
Todo bajo una tenaz lluvia otoñal. ¡Iba a ser linda la
travesía!.
Cuando
nos desenganchamos de las mosquetas y enganchamos la senda
cruzamos el arroyo Fresco por un tronco caído, iniciando
así la caminata por un terreno totalmente embarrado donde
apostábamos para ver quien se caía más veces.
Luego
de un largo trayecto hacia el sur, en el cual recorrimos
el brazo este del lago Mascardi, nos detuvimos en una
playa denominada Leones o Mascardi. Allí dimos cuenta
de nuestro almuerzo: salamín con queso. El frío nos asediaba
y seguía lloviendo. Ni siquiera pudimos sentarnos; todo
estaba mojado.

Pronto marchamos rumbo oeste para llegar a la laguna Llum.
La costeamos por el sur y, a eso de las 14 horas, llegamos
a los restos de un viejo puesto. Había una tapera pero nos
pareció una mansión.
Decidimos
que por ese día habíamos caminado bastante. Colgamos ropa
de donde pudimos para tratar de secarla -misión imposible-,
encendimos fuego y cocinamos.
Pensamos dormir allí sin armar la carpa, a pesar
de lo estrecho del lugar y el piso de tierra. Pero la presencia
abundante de lauchitas nos hizo cambiar de idea: queríamos
dormir tranquilos.
Ya
a las 18 hs comenzaba a oscurecer.
Qué hermosa vista!
El
14 de junio nos despertó con un agradable amanecer. Mientras
desarmábamos el campamento varios caballos nos observaban.
Desayunamos, y media hora después de partir alcanzamos
el punto más alto de la travesía: el paso entre el cerro
Justo y el Fray Elguea. Al llegar allí el sol brilló con
fuerza y no perdimos la oportunidad de desparramar lo
mojado.
Nos
dedicamos a la fotografía de las hermosas vistas que había
para elegir: al oeste el brazo Tronador del lago Mascardi
con los cerros Diego Flores de León, Bonete, Cresta de
Gallo y otros; al sur la hermosa isla Piuké (corazón)
en el lago y el cerro Falso Granítico y al este la laguna
Llum (escondida) que parecía un espejo en medio del espeso
bosque.
Luego
de tanta contemplación emprendimos el descenso. Teníamos
que llegar hasta el extremo oeste del Mascardi y faltaba
mucho. Ese día caminamos recorriendo un variado bosque,
especialmente había cohiues pero también mucha caña coligüe.
Una hora más tarde comenzaba a lloviznar.
Con
las últimas luces del día llegamos al arroyo Casalata
y encontramos un gran ciprés de la cordillera, que al
caer, había formado un puente, que estaba mojado; una
caída podía ser grave, pero lo cruzamos como si fuésemos
equilibristas de circo.
El
frío se hacía sentir y estábamos mojados pero armamos
el campamento y una buena cena nos reconfortó para el
descanso.
Uno más

El martes era el día para encontrar a Raúl en el lugar
conocido como camping “Los Césares”. Luego de levantar
campamento, que no fue fácil porque había helado y la
carpa estaba dura, emprendimos la marcha por un terreno
barroso cubierto totalmente por una capa de hielo que
crujía a nuestro paso.
Pronto llegamos al arroyo Claro y buscamos un tronco o
una sucesión de piedras para cruzarlo pero nos convencimos
de lo peor: debíamos mojarnos. Avanzamos por piedras hasta
la mitad del arroyo y... ¡al agua hasta las rodillas!.
No fue muy simpático.
Después
de atravesar el Claro vimos huellas y supusimos que serían
de Raúl. Así era. Nos adentramos otro poco y cruzamos
el puente que el Club Andino Bariloche construyó hace
13 años para pasar el “lechoso” río Manso (es de color
blanco porque sus aguas vienen del ventisquero negro del
cerro Tronador). En unos minutos más estábamos en el lugar
de encuentro disfrutando unos mates. Como arrimó el sol,
desparramamos nuestras cosas para secarlas. Eran las 13
horas.
Luego
de los 60 minutos que duró nuestro sobrio almuerzo, partimos
hacia la impresionante Cascada de Los Césares, formada
por 3 saltos sucesivos. Después de disfrutar este lugar
proseguimos hacia el Lago de Los Césares. Dos hora de
marcha entre bosque bajo, caña y cruce de arroyos fueron
necesarias para encontrarlo. Y una hora más para llegar
a su parte media en la orilla norte. El suelo que rodea
al lago ya estaba bastante cubierto de nieve.
Acampamos
en una playita desde la cual veíamos muchas truchas, y
deseábamos atrapar una. Eran verdaderamente grandes...
¡y nosotros comiendo fideos!.
Esa
noche el frío se hizo sentir como ninguna y el fogón sirvió
para darnos calor y... ¡secar ropa!.
Mapa, bosque y... cañas
Ese
miércoles costó levantarse. Hacía mucho frío y las bolsas
de dormir brindaban un atrapante calorcito. El desayuno
nos reconfortó y el sol comenzó a asomar con fuerza.
Para la travesía utilizamos una imagen
satelital del Instituto Geográfico Militar - IGM - y la
muy buena Guía de Sendas y Picadas del CAB. La edición
´99 de la misma tenía como novedad una picada que une
el lago Los Césares con el Fonck Chico y nuestra idea
era “estrenarla”. La estrenamos tanto que el trayecto
que hicimos ni siquiera estaba en el mapa.
Desde
donde estábamos hasta la punta sur del lago no hay senda,
pero la época del año jugó a favor. Las costas del lago,
naturalmente mallinosas, estaban congeladas por el frío
y tenían una capa de hielo que permitía transitarla sin
mayores problemas, salvo algún que otro molesto árbol.
A veces caminamos directamente “sobre el agua”. Debo confesar
que cuando dudábamos lo mandábamos a Néstor que, con sus
120 kilos, probara la resistencia del hielo.
Al
llegar a la punta del lago debíamos encontrar el inicio
de la picada, que está muy poco transitada. Aquí descubrimos
que estaba mal marcada la “entrada” a la misma en la guía
pero el “ojo montañes” de Raúl la localizó luego de una
breve búsqueda. Comienza en un bosque bajo y luego cruza
dos mallines grandes que, gracias al hielo, pudimos atravesar
sin enterrarnos.
Casi
sin darnos cuenta ingresamos al más maravilloso bosque
que haya atravesado. Es de lengas con ejemplares grandes
y añosos. La base del bosque está formada por mucha caña,
pero no excesiva. El ambiente está cubierto por poca cantidad
de nieve, pero la suficiente para apreciar la magia que
emerge de la vegetación envuelta en ese manto blanco.
El
sol se hacía presente y se filtraba entre las altas ramas.
Esperábamos que en cualquier momento aparecieran los duendes
a echarnos de su maravilloso territorio. Cuando ya habíamos
exclamado cientos de veces “¡qué lindo lugar!” comenzaron a aparecer cañas altas, cañas altas
y... cañas altas. Era un interminable cañaveral que, en
ocasiones, se cerraba tanto que formaba una galería. Parecía
la oscuridad de la noche. Caminamos casi dos horas y media,
y cruzamos innumerables arroyos pequeños, todo en descenso.
A
esta altura teníamos en claro que la información de la
guía era erronea. Según ella, la senda era corta y directa,
y en realidad es larga y zigzagueante. Además están marcadas
dos lagunas que según la guía se cruzan por el sur y en
realidad las pasamos al norte.
Río en el camino
A medida
que nos acercábamos al Fonck Chico, charlábamos con Néstor
sobre cuál sería nuestra cena. En lo mejor del menú observamos
que Julio se detiene (él y Raúl se habían adelantado).
“Tenemos que
cruzar eso...”, nos dijo, desconcertado. “Eso”
era el río que corre desde el Fonck Chico al Hess. Raúl
buscó “un tronco salvador” pero... no apareció. Eran las
17,30 hs. y pronto oscurecería. Decidimos acampar, descansar
y dejar la mojadura para el día siguiente. Estábamos cansados
y cruzar un río de más de 10 metros de ancho y sin saber
su profundidad no era recomendable.
Al
levantarnos, el 17 de junio, nos sorprendió ver todo cubierto
de nieve. Habían caído más de 5 cm. durante la noche.
El paisaje había cambiado totalmente... ¡cada vez más
lindo! Luego de desayunar organizamos el cruce: cubrimos
con bolsas todo lo que se arruina con el agua, especialmente
cámaras de fotos. Atamos tres sogas cortas que teníamos
con nuestros bastones y conseguimos así dar casi el ancho
del río.
Raúl
cruzó primero y así supimos que la corriente no era tan
fuerte, ya que en la parte más profunda el agua llegaba
debajo de la cintura. Luego cruzó Julio. Como lo hacíamos
con las mochilas cruzada sobre los hombros y la cabeza,
tambaleó un par de veces y casi lo vimos en el agua. Pero
pasó. Luego fue mi turno y, al cruzar, percibí que había
que tener
cuidado
porque el fondo del río era de piedras redondeadas, propicias
para patinar, sobre todo porque el agua muy fría insensibilizaba
los pies. Néstor cerró el cruce y una vez que todos superamos
el obstáculo nos dedicamos a ponernos ropa seca. Al mediodía
estábamos en marcha.
El tramo final
En
minutos llegamos al lago Fonck Chico justo donde hay una
casa que utiliza el guardaparque al recorrer esta zona.
Allí sacamos fotos y disfrutamos el entorno.
Sabíamos
que nos quedaban, hasta el lago Hess, sólo una huella
de autos de 4 km. Raúl y Julio volaron adelante y junto
a Néstor disfruté cada paso de ese trayecto caminando
tranquilamente. Como terminaba nuestra travesía, decidimos
cantar a lo largo de esos kilómetros
(lo hacemos horrible pero allí nos animamos). Además,
ya planificábamos futuras salidas.
Llegamos
al Hess. Nos encontramos con una seccional de guardaparque,
hosterías, casas de té y Gendarmería Nacional y es paso
obligado para ir a la turística Cascada de los Alerces.
Allí nos esperaba Leonel -amigo de Raúl-, con quien habíamos
combinado que nos fuera a buscar ese jueves.
El
regreso a Bariloche tuvo su parte triste, cuando atravesamos
la zona del Lago Los Moscos, que se quemó en febrero de
1999. Se puede apreciar que fue el peor incendio de la
zona en los últimos 80 años. A pesar de eso, fue alegre
saber que pudimos disfrutar a pleno del contacto con la
naturaleza, con sus problemas que siempre son superados
por sus regalos y además... disfruté de lo más importante
en la montaña y en la vida: la compañía de buenos amigos.
Nota:
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