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Invierno
en Patagonia, la temporada de descanso
Primera Ascensión Invernal al Monte San Lorenzo
- Ruta de Agostini
Pablo Besser - Aventurero
Por años ha sido tradición
en Patagonia centrar las actividades andinísticas
solamente en los meses estivales, especialmente noviembre
y diciembre, quedando los de enero y febrero como segunda
opción para los escaladores locales que hacen
uso de sus habitualmente breves vacaciones. Pero
fue en agosto del 88 que se anota una primera en invierno,
el Monte Risopatron, por el prolífico Ferrari.
Pero dicha primera incursión invernal no logro
modificar la tradición.
Recién
en los últimos 3 o 4 años se ha visto
actividad invernal nuevamente, llegando a ser ya una
cosa común, esta de partir en invierno a buscar
montañas por ascender. Pero ¿por qué
en invierno? ¿Es más frío, más
inhóspito, más aislado, más difícil?
Bueno todos esos atributos hacen un expedición
aún más atractiva ¿no?, pero la
respuesta es menos masoquista, es simplemente para asegurar
mayor estabilidad climática en un área
donde no hay reglas, donde la incertidumbre reina.
Así
como en verano el barómetro no logra predecir
nada en Patagonia, donde las ascensiones son una mezcla
de carrera de atletismo no solo contra el cerro o sus
dificultades sino contra el clima, el eterno viento
y las impertinentes tormentas. Encontrar dos días
completos de buen tiempo es una fortuna, tres un despilfarro.
Pero en invierno, es más lo habitual que lo excepcional,
cuando llegan los periodos de frío, de escarcha
como dicen los locales, se puede gozar de 3 o 4 días
completos de un clima perfecto, sin una nube, sin viento
y sin sorpresas. Pero si muy frío, en un cerro
de altura de la región los -30° pueden ser
habituales. Así el invierno ¡es temporada
de caza también!
La
aventura comienza
Salimos
de Santiago (Chile) el sábado 3 de julio de 2004,
Camilo Rada, Marcelo Camus y Manuel Bugueño,
más el que escribe. Nuestro objetivo era la primera
ascensión invernal del San Lorenzo, el segundo
macizo en altura después del San Valentín,
este último de casi 4000 metros. Pero además
ansiábamos la primera travesía integral
de la enorme arista cumbrera de esta montaña,
de casi 15 kilómetros, orientada de norte a sur,
pasando por su cumbre norte, luego la principal, la
central y finalmente la sur, solo ascendida una oportunidad.
¡La ambición es un potente motor!
Llegamos
al poblado de Cochrane el 7 de julio, luego de un entretenido
viaje en camioneta, por una pampa nevada y la carretera
austral vestida de invierno. Al día siguiente
entramos al valle del Río Tranquilo, para encontrar
nuestro supuesto arriero, en las casa del sector Payacar.
Previamente habíamos tratado de contactarlo pero
sin éxito, con él nos enteramos del primer
inconveniente, pues Don Luis Soto de la Cruz, poblador
y habitual arriero de este cerro, no podía entrar
en invierno, pues el terreno y las condiciones hacen
muy difícil el acceso. Mas que un percance, le
agregó un interés mayor, pues entraríamos
solos y con todo, ¡en nuestra ley! Demás
esta decir lo divertidas que fueron sus caras cuando
les explicábamos que queríamos ir al cerro,
¿a que cerro? preguntaban, ¡pues al San
Lorenzo!, les decíamos y nos miraban con cara
de espanto... Del cerro no se veía nada, solo
llovía y todas las nubes negras, y justo las
más negras en dirección de la montaña.
Seguimos
por el camino construido hace unos años que va
en dirección de la Laguna Brown, pero la cantidad
de nieve, hielo y barro nos dejó avanzar solo
unos kilómetros, donde quedo enterrada la camioneta,
literalmente. En ese sitio acampamos y dividimos la
comida, mucha quedaría en la camioneta, y solo
llevaríamos con nosotros para 20 días.
Luego de unas horas rescatamos la camioneta del barro
movedizo y la fuimos a dejar un par de horas más
abajo, protegida en caso de nevadas.
Al
otro día salimos con mochilas y cargas, en dos
viajes llegamos hasta la Laguna Corazón, donde
parte una picada hacia el monte San Lorenzo. Seguimos
en dirección Este, orientándonos por huellas
de animales o caballos en la nieve, hasta hacer campamento
en medio de la obscuridad, esta era llegaba a las 18.30
hrs. Y con ella el frío.
Al
otro día salimos con las primeras luces, a las
8:20 AM aproximadamente, internándonos aún
más por estos valles, confusos y cambiados, pues
el bosque y el siempre verde del verano no existía,
quedando solo un pálido remedo del bosque sin
sus hojas, solo algunos coihues seguían aún
verdes, pero las lengas estaban en franca espera de
la primavera. Al final, nos perdimos, lo que era lógico,
posiblemente las huellas eran solo de vacas, debiendo
atravesar el Río Tranquilo, a capela no más,
bien arremangados los pantalones y tirando del trineo,
que navegaba el cauce de una pobre manera. Ya al otro
lado caímos a un sector de arbustos bajos, poco
cubiertos de nieve, en que nos tropezábamos bastante,
pese a llevar raquetas, que al final fueron una excelente
elección; era la primera vez que todos las usábamos
y no nos decepcionaron.
Alcanzamos
ese día el valle superior, a tiro de piedra del
valllecito que conduce a la base del cerro. Seguimos
por el resto de la tarde, con un clima precioso, pasando
por arroyuelos congelados, cascadas de hielo y nieve
crujiente. ¡Ya estabamos en casa!
Al
otro día, cruzamos el río gracias a un
tronco puesto a modo de puente, que como por la noche
se había congelado y cubierto de hielo, debimos
usar los crampones. Siguiendo al otro lado con nuestros
trineos a la rastra, cada uno llevaba algo así
como 25-30 kilos por trineo, más la mochila.
A
medio día llegamos a la entrada del valle, por
donde baja el Arroyo San Lorenzo, este es muy escarpado
en su comienzo lo que obliga a pasar por angostas y
empinadas pasadas de roca con mucha nieve, esto hizo
el tirar de los trineos un buen suplicio, hasta que
alcanzamos el fondo del valle en medio de una nevada
muy fuerte y mucho frío. Esto nos obligó
a hacer otro campamento en medio del bosque de lengas,
todas sin hojas que junto con la nieve le daban un aspecto
tenebroso.
Amaneció
feo nuevamente, nevando y con mucho frío, pero
sin viento; seguimos avanzando lentamente entre las
lengas desnudas y el arroyo que debimos cruzar varias
veces mientras el río bajaba ágil y sin
obstáculos, casi riéndose de nuestro torpe
avance.
Por
la tarde llegamos al Campamento de Agostini. En dicho
lugar existía un refugio rústico o tapera
hecha por la expedición del padre Agostini, hoy
transformada en una cabaña, que no guarda nada
de semejanza con la original (que sí existía
aun en 1994). A unos metros de esta hay otro refugio,
de madera cortada a motosierra, de dos pisos, grande
y espacioso, pero muy frío, el refugio Tony Rorhen,
construido por los pobladores locales (Luis Soto y Lucy,
su señora), más la ayuda de la viuda de
un montañista fallecido algunos años atrás,
por la caída de parte del hongo de hielo somital.
Esa tarde al llegar al refugio fue todo risas, comida
y calor, pues la estufa a leña del refugio empezó
a quemar bosque nativo sin misericordia.
El
tiempo no pasa en vano...
Esta
montaña, de roca granítica de pésima
calidad, en donde el hielo y la nieve, en todas sus
formas, son el principal atractivo, me ha interesado
desde el año 1994, cuando con un grupo del DAV,
formado por Andrés Segers y el gringo Greg Crouch,
que intentaron sin éxito la arista este, y Soames
Flowerre, con quien llegué hasta el campamento
de Agostini, donde junto a unos argentinos que casualmente
estaban en el área, hicimos un tímido
e inexperto intentó a la ruta de Agostini, alcanzando
unos 2500 metros de altura, sin alcanzar siquiera la
arista superior.
Pasarían
varios años hasta que
regresé al San Lorenzo, pero esta vez
a un objetivo de más dura digestión, la
Arista Este, enorme ruta de 3000 metros de recorrido
que solo ha sido escalada con éxito en 3 oportunidades
(en una de ellas por el ya nombrado Ferrari). En dicha
ocasión, verano de 2002, efectuamos un loco intento
alpino, junto a Manuel Bugueño y José
Pedro Montt, pero la seguidilla de días de buen
tiempo tenían transformada la arista en un campo
de batalla, donde las avalanchas de piedra y nieve pasaban
a cada momento, y justo dos de ellas me alcanzaron o
más bien cubrieron, pero especialmente en la
segunda, solo protegido por una roca pequeña,
una enorme masa de hielo y rocas paso por sobre mi,
mientras mis dos compañeros me veían desaparecer,
y yo solo esperaba el golpe final que me sacaría
de mi protección. Pero este no llegó,
y como un sensato conejo salimos corriendo de esa ruta,
no apta para personas aún sensibles.
Así
llegaría el 2004 donde con la intención
y el tiempo de hacer algo invernal en Patagonia surgió
la montaña del medio pues justo esta
entre el Hielo Patagonico Norte y el Sur, como un verdadero
Hielo Intermedio. 10 años entre un intento y
el definitivo. La perseverancia es otra virtud patagónica...
Continua
la aventura
Salimos
a la mañana siguiente con intención de
llegar hasta el primer portezuelo de la ruta de Agostini,
el Col del Comedor, donde existe una enorme roca plana
cual mesa, que de seguro antes estaba más horizontal,
hoy ya no tanto, ubicada a 1960 metros. A
dicho lugar arribamos a mediodía, luego de ascender
casi 1000 metros en unas 4 horas, usando nuestras raquetas
de nieve, dejando una carga de comida y combustible
más algo de equipo, y regresando inmediatamente
al acogedor refugio. Habíamos
decidido hacer un intento por la ruta normal, confiando
tener buenas condiciones, pero ya habíamos optado
solo por la primera invernal renunciando a efectuar
la travesía integral, que demandaba una mayor
logística. El hecho de no haber contado con caballos
para la aproximación, nos obligó a viajar
más livianos, sin la comida suficiente
para la enorme travesía de mas de 40 kilómetros
en total, ésta implica descender como sea por
la cara sur, desconocida para nosotros, y rodear todo
el macizo por el lado Este, hasta regresar al campamento,
ubicado a los pies del hombro norte del cerro.
Por
la tarde, ya en el refugio, Marcelo estaba con dolor
en una de sus rodillas, lo tenía con problemas
desde hacía ya algunos días, no cedía
pese a todos los menjunges y fármacos disponibles.
Finalmente decidimos infiltrar la lesión, una
bursitis de su tendón iliotibial, milagrosamente
esto le permitió pasar toda esa tarde sin dolor,
pero como la experiencia indica este regresa si no hay
un adecuado reposo, palabra poco práctica en
medio de una expedición.
Al
otro día, 14 de julio, salimos con todo, carpas,
sacos y equipo, en dirección al Col del Comedor,
donde hallamos nuestro depósito, contando con
un total de comida para 11 días. Decidimos sacar
comida solo para 4 días, confiando en el buen
clima que hasta esa hora persistía, así
salimos rumbo al siguiente portezuelo, la Brecha de
la Cornisa, una falla ubicada en una arista que baja
desde el hombro norte del San Lorenzo hasta la cadena
Cochrane. En dicha arista hay una pequeña depresión,
la brecha, que permite así pasar del sistema
del glaciar Cochrane hasta el Calluqueo, que nace de
toda la enorme cara oeste del San Lorenzo.
Durante
la tarde remontamos encordados, desde este momento y
por el resto de la ascensión, pues un glaciar
es sinónimo de grietas. Llegamos por la tarde,
sumamente tranquila, con mucho sol y cero nubes, pero
eso sí con frío constante. Montamos nuestras
dos carpas protegidas por un pequeño muro pese
a no haber viento aún, una vieja costumbre difícil
de dejar. Antes nos asomamos al portezuelo a mirar el
escenario impresionante del San Lorenzo cayendo a formar
el glaciar Calluqueo.
Por
la noche, luego de la cena, planeamos la ascensión,
aun nos faltaba un campamento, pues estábamos
solo a 2300 metros aproximadamente y nos faltan aún
1400 metros de desnivel, y unos 8 kilómetros
de recorrido entre el glaciar Calluqueo, la cascada
de seracs y la parte final de la expuesta arista cumbrera.
El tiempo estaba impecable, el barómetro en alza
imparable, un silencio impresionante, nada de viento
y solo estrellas en el cielo. ¿A la alpina?,
¿de una?, 1400 metros es poco, en 4 horas subimos
desde el campamento base hasta el Col del Comedor, unos
1000 metros de desnivel, entonces ¿será
posible?
En
el fondo no quería, pues aún faltaba un
campamento y lo íbamos a saltar, arriesgando
perder el cerro por apurones, por otro lado llevábamos
6 días completos de actividad, bastante pesada,
de abrir huella, buscar la ruta, cruzar ríos
y tirar el condenado trineo, más dos subidas
porteando equipo, lo que hacía que las piernas
sintieran la falta de reposo, faltaban unas 24 a 36
horas de reposo completo para poder rellenar los depósitos
de glucógeno, las reservas de energía
fundamentales para un ataque alpino; pero la fisiología
y la lógica cedieron ante el clima, está
demasiado bueno, si lo perdemos solo por mover un campamento
sería imperdonable, ha sido demasiado tiempo
de espera para subir este cerro, ahora es el momento.
¡No Chicken!
Acordamos
salir a las 4:00 AM, habrían al menos -15°
C, serían 4 horas de marcha de noche, antes de
llegar a los seracs donde si necesitaríamos luz.
Entonces todo acordado, a dormir apurados. ¡Suerte
para mañana!
Intento
de cumbre
Salimos
a las 5:00 AM, hacía mucho frío pero este
cedió pronto, los 4 en movimiento, todo obscuro,
solo tu metro cuadrado de luz de linterna, encordados,
cargados, apurados... Bajamos al otro lado de la brecha,
mis recuerdos eran vagos, ¡son 10 años!
Pero le dimos con las pasadas y fuimos ascendiendo,
a las 7:00 AM alcanzamos el sitio del Campamento 2 que
nunca existió, seguimos subiendo por un lomo
enorme que lleva al comienzo de la cascada de seracs,
que en invierno más que seracs son hongos de
hielo enormes, algunos quebrados hace poco, otros estables,
otros por quebrarse. La ruleta rusa del escalador.
A
las 8:00 AM, Marcelo, que venía encordado conmigo,
avisa que renuncia, hace rato que lo escuchaba sufrir
en silencio, su rodilla, dolor y frustración.
Nos reunimos, hablamos rápido y conciso, le pasamos
la cuerda y una radio, regresa solo. El glaciar estaba
muy estable y no habíamos visto ni una grieta,
es la bendición del invierno nevado. Le insistimos
que si ve alguna nos avise por radio y la cruce autoasegurado.
Fácil decir, difícil hacer.
A
media mañana nos avisa que llegó bien
a la carpa, alivio para todos, pero a esa altura estábamos
entregados a otra batalla, buscar la pasada por los
seracs. Estos nos ofrecían una subida directa
por un sistema de canalones a la arista, sin grandes
obstáculos, pero muy expuesta a la menor caída
de material, bastaba un hongo que colapsara y esa ruta
sería barrida. Anteriores experiencias en este
cerro me convencían que algo tenía contra
mi persona, así que no había que darle
opción. Seguimos por unos sistemas hacia la izquierda,
hacia el sector norte de la cascada de seracs que tras
algunas escaladas en hielo o nieve nos llevaron, a las
13:30 hs., a salir a la arista y a recibir por fin el
sol. A la vida.
Una
vista impresionante nos recibe, todo blanco en derredor,
los valles, las montañas menores todas de blanco,
era como estar en un gran campo de hielo. Recordé
fotos del Vinson en la Antártica, era notablemente
similar y el frío supongo que también.
Los
tres teníamos los pies helados, pese a las botas
artics expedition y las cubre botas, el frío
mordía. Seguimos sin perder mucho tiempo ascendiendo
por la arista, en dirección a la cumbre Norte.
Camilo nos recitaba la distancia a la cumbre con el
GPS, recién estabamos a 3100 metros, ¡y
a más de 4 kilómetros! ¡y con solo
4 horas de luz! No había que ser adivino para
saber que esta película tendría función
nocturna. Antes de llegar a la arista, en un paso de
escalada a Manuel se le cayó su linterna, mala
cosa, tendrá función nocturna ¡pero
sin película!
Llegamos
a las cercanías de la cumbre Norte, se veía
llena de grietas y hongos de hielo, la fuimos rodeando
por su costado derecho, avanzando siempre hacia el sur.
Manuel abría huella, despacio, yo estaba muy
cansado, los seguía, tranquilo por fuera, inquieto
por dentro. Alcanzamos un hombro, rodeando un enorme
hongo de 10 metros de alto, extraplomado en forma inverosímil,
como si la gravedad no existiese aquí. Al otro
lado nos recibe una visión fantástica,
la cumbre, pero aún lejos y más allá
la arista que sigue hacia el sur pasando por la cumbre
Central y luego la esquiva cumbre Sur, en medio una
enorme planicie, a más de 3400 metros, cual cancha
de fútbol gigante en medio de la vastedad de
la pampa nevada a un lado y las montañas al otro.
Más al sur se adivinaban las montañas
del Hielo Patagonico Sur y al otro lado las del Norte,
pero no se notaba diferencia, el manto de nieve había
unificado la Patagonia, estabamos aún en la era
glacial.
Desde
la cumbre Norte había que bajar cerca de 200
metros, pasando entre seracs y hongos, llegamos más
por intuición que por lógica. Luego empezamos
a subir, anhelantes, a la cumbre, eran las 17:30 horas
al comenzar la subida hacia la cumbre principal, aun
faltaba mucho y quedaba el hongo. Cuantas dudas sobre
si sería escalable el dichoso hongo, en esos
escasos metros se centra todo el éxito o fracaso
de un cerro. Con la puesta de sol, los hongos se tiñeron
de naranja, seguimos por una serie de rampas empinadas,
unas más fáciles que otras; hasta que
nos encontramos los tres en un plano bajo el hongo,
es decir la antecumbre. Alcanzamos a ordenar la cuerda
y el sol desapareció, es la noche. Con linternas
nos acercamos a la cumbre, una cámara se congeló,
pero saque fotos con la otra que aun siguió en
acción. El hongo esta en su apogeo invernal,
por un lado 10 metros extraplomados por otro solo 5
o 6, pero es de noche. ¿Qué hacer?
Manuel
y Camilo lo evalúan, posee una falla por donde
se podría ascender, se acercan, lo tocan. Luego
de terminar con las fotos los llamo y bajamos. No de
noche, no ahora. Renunciamos a la cumbre. Es casi como
estar, pero no estando. Se ve cerca, pero no lo suficiente,
que maldita obsesión. No creo haya otra actividad
en que los símbolos pesen más que en el
montañismo, que inútil, solo el llegar
arriba vale, que mínima diferencia pero que simbólica
es...
Bajamos
sin muchas palabras, una vez en el plano, nos juntamos,
ellos desean bajar de inmediato toda la ruta, yo no.
Estaba agotado y no había necesidad imperiosa
de bajar, el clima seguía impecable, 14 años
de expediciones en Patagonia y nunca un clima así,
me daba confianza, pese a estar en un lugar poco aconsejable
para pernoctar, no había prisa en bajar y la
cascada de seracs de noche no estaba en mis planes ni
mentales ni físicos.
Empezamos
a cavar en una zona de nieve, turnándonos en
palear, mientras los otros descansan y se enfrían
hasta que te llegaba tu turno y entrabas en calor, luego
de la pala seguimos con los piolets, pues la nieve era
muy dura, los pies seguían fríos, fueron
mordidos implacablemente durante todo la jornada. Que
rabia, los mejores zapatos y aun con frío. Finalmente,
luego de más de 3 horas terminamos, entrando
a las 23:00 hs., aún nos quedaba mucho de noche.
Nos sentamos en incómodos espacios, apretados,
acalambrados, entumecidos por el frío de los
pies. Por suerte, trajimos un anafre y calentamos agua,
llenamos nuestras botellas con agua caliente y las pusimos
en una bolsa o al fondo de la mochila y sobre ella nuestros
congelados pies, así revivieron y nos hicieron
apreciar todo de otra forma. Hablamos largo rato del
hongo, yo casi justificaba la ascensión aún
sin esta última parte, nos reímos, me
voy a tragar mis palabras decía.
Luego
se planteó subir mañana nuevamente a terminar
la ascensión. Yo lo rechazaba, por cansancio
y por aprensión de la posible estabilidad de
estas formaciones heladas. Había que ver en que
estado amanecíamos. Por la entrada de la cueva
ingresaba una pequeña brisa que nos congelaba,
especialmente las rodillas, dolían, no había
descanso. Así la noche fue pasando entre dormitadas,
tres veces alcanzamos a recalentar las botellas hasta
que el anafre se calló. No habíamos bebido
casi nada. Amaneció, que lento es cuando uno
lo que desea es el sol, al final salimos de la cueva,
más repuestos de lo que pensábamos y subimos.
Mis temores de viejo mañoso quedaban en la cueva.
Nuevamente
al ataque
Alcanzamos
nuevamente la base del hongo a las 11:30 hs., todo despejado,
pero con algo de viento que venía desde la pampa,
un escenario impresionante. Se buscó por un lado,
no se podía, por el otro, tampoco. Manuel se
tiró por el defecto central, le indiqué
usar la pala, para modificar algo la pendiente y poder
subir, Camilo aseguraba a sus prudentes 15 metros, yo
de fotógrafo, todos tensos, esperando mientras
Manuel poco a poco con 2 estacas fue pasando, subiendo,
hasta que alcanzó el borde, llegó al plano
superior, nos fijó la cuerda y así nosotros
subimos escalando, asegurándonos con un jumar.
Llegamos
donde Manuel, pero el cerro no acababa ahí como
parecía desde abajo, aún faltaban otros
35 metros que se subieron por una serie de escalones
y plataformas de nieve muy blanda, hasta llegar arriba,
eran las 13:30 hs. Sin dudas, sin peros, sin explicaciones,
sin concesiones. Una planicie perfecta de unos 10 por
15 metros, avanzamos justo hasta el centro y ahí
nos abrazamos, felices, agotados, todas las preguntas
aclaradas, pues las cumbres son las cumbres.
Sacamos
unas fotos, bromeé a Camilo sobre qué
se sentía haber subido también el San
Valentín, los dos gigantes en invernal y le saqué
una foto apuntando con el dedo el San Valentín.
Al otro lado se veía la pared Este, desde el
hongo teníamos una caída de más
de 3000 metros, impresionante.
A
bajar
Y
fueron 15 minutos, no más. Bajamos, rappeleando
de una estaca. Luego alcanzamos la cueva, recogimos
lo que quedaba y abandonamos ese hoyo miserable, siguiendo
por la ruta del día anterior. Había que
subir 200 metros hasta el costado de la cumbre Norte,
un suplicio, pero felices en el interior.
Seguimos
por nuestros pasos, algo borrados por el leve viento
que venía desde la pampa, desde el Este y no
del Pacifico como es habitual en toda la Patagonia en
verano, que diferencias en un mismo escenario. Alcanzamos
el Hombro Norte donde nuestras huellas se dirigían
a la bajada de la cascada de seracs, era vital encontrar
el mismo sitio de bajada o sino las penas del infierno
caerían sobre nosotros. Estaban casi borradas,
todo se veía igual, el suelo con formaciones
parecidas al suelo de un bosque de pinos, todo lleno
de ramitas y ramificaciones de hielo, un detalle en
ellas nos orientó y bajamos.
Otro
rappel más y la gran bajada, una pendiente de
más de 250 metros de desnivel de unos 55°,
que nos llevó al fondo de los seracs, la zona
de impacto donde estaban todos rotos y amontonados,
entre ellos seguimos nuestra ruta y al final a las 15:30
hs. estábamos ya encordados, bajando tranquilamente
por el glaciar Calluqueo. Este estaba algo cambiado,
o el hecho de haberlo cruzado de noche nos ocultó
sus peligros, pues había varias grietas bastante
bien cubiertas afortunadamente. Así continuó
la tarde, recién a las 16:30 hs. logramos comunicarnos
con Marcelo, le transmitimos nuestra alegría
y le pedimos que derritiera agua, llevábamos
más de 38 horas de actividad y habíamos
tomado muy poca.
Antes
de alcanzar las carpas, había que subir otros
200 metros hasta la Brecha de la Cornisa, estábamos
muy agotados, un paso, otro, y así lentamente,
que tormento, hasta que al final la pendiente cedió,
llegando a nuestras carpas, felices nos reunimos y comenzamos
todos a comer, beber, reír y descansar. Fuera
el clima era otro, fuertes ráfagas azotaban la
Brecha, las formaciones de nieve en derredor de la carpa
habían cambiado notablemente, nos estabamos enterrando.
Pero esa noche el viento fue ignorado. Dormimos tranquilos
como en el mejor de los refugios.
El
día siguiente, 17 de julio, el clima siguió
empeorando, el barómetro claramente bajaba, demostrando
que en invierno si es una herramienta confiable. Todo
el sector estaba con nubes y bastante viento, pero dentro
de las carpas estábamos felices, comiendo todo,
porque sino habría que bajarlo en la mochila,
¡mejor adentro que afuera!
Amaneció
muy feo, con bastante viento, rápidamente despejamos
las carpas y salimos, los cuatro encordados, hacia el
primer portezuelo del Comedor, la visibilidad era mínima,
así que Camilo fue siguiendo sus puntos tomados
con el GPS sin dificultad. Una vez que descendimos unos
200 metros, la nube quedo sobre nosotros y la visibilidad
mejoró notablemente, de hecho llegamos al deposito
con sol. Ahí rearmamos las mochilas, que quedaron
totalmente sobrecargadas y seguimos bajando, con gran
esfuerzo bajo la carga.
Nuevamente
en la cabaña
En
la tarde alcanzamos la cabaña, donde descargamos
todo e iniciamos la cena de triunfo, echando todos los
salames a la parrilla. En la cabaña existía
otra pieza, pero sin cocina a leña, que era realmente
helada, de hecho más parecía un congelador
que cabaña, fue bautizada sector kanasaka
en referencia a un cuento de F. Coloane llamado el Témpano
de Kanasaka.
El
siguiente día fue decretado día de reposo,
dedicado a reparaciones varias, costuras y tallados,
entre los que destacó una gran placa de madera
de lenga con el dibujo del San Lorenzo y la leyenda
Expedición Inamible, Monte San Lorenzo, Primera
Ascensión Invernal que quedó colgando
en la cabaña.
Dejamos
nuestro refugio el 20 de julio, en un día hermoso,
con mucho sol y el San Lorenzo de fondo. Seguimos nuestras
huellas de días previos, atravesando unas bellas
pisadas de puma que pasaban por nuestra ruta. Pero el
león no se dejó ver.
Acampamos
esa tarde a orillas del Río Tranquilo, muy cerca
de la casa de los pobladores del sector y al otro día
alcanzamos nuestra camioneta, que pese al frío
partió de inmediato. Antes de irnos definitivamente
pasamos a despedirnos de los pobladores del sector,
que por cierto, no esperaban que hubieramos ascendido,
con los que disfrutamos un buen rato de historias y
mates.
Desde
el 22 hasta el 24 viajamos conociendo el sector, llegando
hasta Villa OHiggins, Caleta Tortel, hasta salir
de Chile por Chile Chico, desde ahí vía
carretera 40 hasta Bariloche y luego Santiago.
La
despedida
Con
esto concluye una hermosa ascensión de una montaña
poco conocida, donde es justamente esa falta de protagonismo
lo que la hace aún más atractiva, aquí
aún se puede gozar del montañismo de exploración
y de descubrimiento. Sin duda queda mucho por hacer;
la travesía integral quedará
esperando generaciones más osadas, o la arista
Este invernal, y por que no la misma cara este, con
más de 15 kilómetros de pared, serán
en un futuro terreno de juego de más de uno.
"La
imponente soledad de la cumbre principal, que se yergue,
apartada, con proporciones dignas del Himalaya, sobre
las desoladas mesetas argentinas y los pantanosos valles
chilenos, ha atraído sobre todo a aquellos que
prefieren un modo de ir a la montaña con propósitos
meramente de exploración y que no necesitan de
respuestas publicitarias para sus aventuras".
Cuadernos
Patagonicos N°9. Buscaini-Metzeltin
Resumen:
- Area:
Monte San Lorenzo o Cochrane, 3706 metros XI Región,
Patagonia.
- Actividad:
Primera Ascensión Invernal. Segundo ascenso
Chileno. Del 8 al 21 de julio 2004.
- Integrantes:
Pablo Besser Jirkal, Manuel Bugueño B., Marcelo
Camus, Camilo Rada G.
Nota:
e-mail:
pbesser@hotmail.com
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