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Un
encuentro cercano
Arista Este del San Lorenzo. Vía Fatti
Pablo Besser - Aventurero
En 1994, luego de un año de estudios
y escaladas, partí a la Patagonia con un par de amigos,
con dirección al monte San Lorenzo, en las inmediaciones
del pueblito de Cochrane, Chile. Era la primera vez que
disfrutaba de la Patagonia e intenté, junto a unos
argentinos encontrados casualmente en el cerro, la ruta
de Agostini. En esa ocasión fallamos al intentar
la cumbre, logrando acercarnos sólo a la arista final.
De todas formas, regresé muy feliz ante la revelación
personal que implicó para mí la Patagonia,
que me impulsó en los siguientes ocho años
a seguir viajando al sur cada temporada y cuento ya con
once expediciones en la tierra mágica del viento
y la incertidumbre.
Pasados
los años, el San Lorenzo se me apareció varias
veces. Cual Fredy Krugger, fue una pesadilla que se materializaba
en esos sueños de día tan comunes en los montañeros,
cuando la mente escala y el cuerpo está anclado trabajando.
Al final, "mi Fredy interior" triunfó y
en el verano de 2002 me propuse ir al comentado cerrito.
Junto
a José "Mono" Montt y Manuel Bugueño
iría a escalar la Arista Este del cerro, en un estilo
alpino y simple, sin sponsor ni mucha bulla. En el Kika,
clásico sitio de completos y cervezas, se armó
el cuento, en forma simple, fácil, como deben ser
las expediciones. La elección de la ruta me correspondió,
así que soy el culpable de tanta insensatez.
La
Arista Este, de 2200 metros de altura, recorre la segunda
montaña más alta de la Patagonia, de 3700
metros de altura, que lo hace un coloso, con desniveles
comparables a un gigantón himaláyico. Esta
arista ha enviado hacia su casa a varias cordadas previas,
comenzando por el visionario Fonrouge, japoneses, la cordada
Buscaini-Metzelzin; hasta que la atacaron los sudafricanos
y, en 1985, al mando de Paul Fatti (Vía Sudafricana
a la Torre Central del Paine, etc.) lograron completar la
ruta en doce días de escalada. Pero no fue sino a
la segunda intentona, ya que unos años antes también
la ruta los mandó de paseo. Pero el mismo año,
el ya fallecido, Casimiro Ferrari, "El Grande",
logró la ruta en 6 días. ¡Una locomotora
patagónica, como siempre!
Así,
reunidos los fierros, comprada la comida y cargado el auto,
salimos rumbo al Sur. Luego de varios kilómetros
comidos al volante, llegamos a Bariloche. Pasamos luego
al ripio de la Carretera 40. Así las cosas, 90 km./hora,
ripio y viento, guanacos y pájaros suicidas que insistían
con pegarle al parabrisas, llegamos en dos días y
medio a la entrada del Parque Nacional Perito Moreno que,
dicho sea de paso, no tiene nada que ver con el glaciar
del mismo nombre. Allí, fuimos recibidos por guardaparques
e informados del área. ¡Eramos los únicos
visitantes de la semana!
Qué
diferencia se nota en estos "guardas" amables,
informados, felices de recibir montañistas. ¡Igual
que en Chile! Así seguimos rumbo al cerro, sin pagar
un peso pues en estos parques no se cobra entrada. Llegamos
así a la estancia El Rincón, donde acordamos
con Germán, el guarda de esa sección del parque,
dejarle la carga al lado de la camioneta para que nos la
lleve en un par de caballos hacia el interior del valle.
Seguimos por el valle del río Lácteo, llegando
en la tarde al puesto San Lorenzo. Se trata de un valle
amplio, recorrido por la cinta de plata del río Lácteo,
tranquilo y de poco caudal, con algunos bosquecillos de
lengas y hermosas montañas a los lados. Al fondo,
está el puesto: una caseta rústica con chimenea,
donde nos instalamos. Por la tarde llegó Germán,
con sus 120 kilos de fierros y sueños.
Algo
más que una mole
Al
día siguiente partimos rumbo al valle superior, marchando
tranquilos por playas de arena y bofedales. Cruzamos un
río "a patita pelada", alcanzando en la
tarde la Laguna de los Témpanos. Es una hermosa laguna
a los pies de la Arista Este, llena de témpanos en
sus aguas y muchos de éstos, curiosamente, a más
de 50 metros sobre el nivel actual del agua, descansando
en las rocas, fenómeno que obedece al brusco descenso
del nivel de aguas. Allí decidimos armar campamento,
los tres apiñados en una carpa para dos. Al atardecer,
el San Lorenzo nos mostró sus mejores colores: alto,
abrupto, cortado por sierra, difícil, en una palabra,
intimidante.
Me
acordé de Ferrari, ídolo, quien lo escaló
en un estilo impecable, muerto hace muy poco por un cáncer,
de una pasión y entrega por las montañas extraordinaria,
que explica el éxito que tuvieron sus escaladas en
esta difícil área geográfica.
La
primera vez que vimos el cerro, desde unos 100 kilómetros,
cuando veníamos por la Carretera 40, nos pareció
una mole enorme que se destacaba notablemente sobre la pampa.
Al acercarnos, se tornó en algo más que una
mole, en algo intimidante, generando en todos un poco de
recelo, miedo quizás, y la eterna duda: ¿seremos
capaces?
Al
día siguiente seguimos rumbo a la arista, distante
unos 3 kilómetros del campamento. Subimos varios
sistemas de acarreos y terrazas, con arroyos por diversos
lados, que finalmente nos llevaron al portezuelo, desde
donde nace la arista, en cuyo lugar encontramos una pirca
pequeña. Ahí nos quedamos, gozando de la tarde
con una vista espectacular del glaciar, la ruta y los cerros
Hermoso al norte y Penitente al sur.
Por
la noche se levantó viento y algo de llovizna, lo
que nos hizo pensar en la necesidad de posponer la escalada
proyectada para el otro día. Entonces, nos entregamos
a dormir sin la preocupación de una próxima
escalada.
El
sol en la montaña
Pero
el clima estaba de nuestro lado, o al menos así lo
pensábamos, pues amaneció un día espectacular,
sin viento ni nubes, como había ocurrido los últimos
tres. Partimos igual, pese a que eran ya las 6:00 AM, pues
no queríamos esperar otro día. Así,
salimos rumbo al glaciar, al que llegamos una hora más
tarde. Nos encordamos rápidamente, dedicamos un par
de horas a recorrer grietas y puentes de nieve bastante
grandes por lo avanzado de la estación y llegamos
finalmente a la arista, la que cruzamos por su base para
empezar a ascender por la Pared Norte, de unos 50 a 65 grados
de pendiente, de nieve y hielo, flanqueada por rocas y torreones
de un granito más que descompuesto.
Partió
el Mono en la travesía, en forma horizontal, a una
altura bastante grande sobre el glaciar, del que nos separaba
una enorme rimaya, que sólo podíamos intuir
que estaba ahí, pues no se veía. Todo lo que
botábamos resbalaba por la pendiente y desaparecía.
Una vez que el Mono estuvo a media altura, le indiqué
que suba a unas rocas, quedándose detrás de
ellas a modo de protección. Luego seguimos Manuel
y yo.
Una
vez ahí, nos encontramos todos, descansamos un poco
y empezamos a notar el calor que se estaba formando en la
pared. El sol pegaba que daba gusto cuando el Mono decidió
seguir, aunque yo no estaba muy convencido y le pedí
que pare un rato. Empezamos entonces una clásica
conversación de montañistas: ¿seguir
o no seguir?, con argumentos para uno y otro lado, cuando
en eso retumba el torreón sobre nosotros y se sienten
varias piedras cayendo por nuestra ladera. Nos pegamos cual
lapas a la roca, pasando éstas por sobre nosotros
y una, enorme, tal vez de un par de metros de diámetro,
cayó justo unos 10 metros más adelante, exactamente
en nuestra proyectada ruta.
Acto
seguido la discusión terminó y nos sentamos
a gozar el espectáculo fantástico del movimiento
del sol sobre la tierra. Eran las 11 de la mañana.
Sabíamos que a las 5 de la tarde el sol se retiraba
de la pared, así que tomamos asiento, mejorando un
poco las butacas de esta platea alta, y esperamos. Al poco
rato, empezamos a comentar qué lento anda el sol,
que se demora, pero así pasaron las horas y, entre
dormidas amarrados y conversaciones, fuimos matando el tiempo
sin dejar de mirar la maravilla de lugar donde estábamos.
Mientras,
el cerro tenia su show propio. A cada hora o más,
dejaba caer rocas por nuestra área, aunque más
bien chicas. Al fondo, en la pared opuesta se veía
un verdadero río de piedras y agua transformado en
una rugiente cascada de material que recorría toda
la pared. Nos preguntábamos cómo era que todavía
quedaba cerro con tanta caída de piedras.
Avalanchas
A
las 4 de la tarde partimos, recorriendo rápidamente
la travesía inicial, pasando por el cráter
que había dejado el cachalote que había caído
más temprano y llegando al comienzo de otro plateau
del glaciar de unos 50 grados de pendiente, que partía
desde la roca y debía ascender unos 45 metros por
un canalón bien parado de hielo, lleno de detritus
de la montaña, lo que indicaba que era una ruta de
caída de piedras habitual. Pero había que
seguir, así que salí con una cuerda, escalando
y saltando entre hielo y rocas al otro lado, hasta llegar
a una sitio seguro, arriba del canalón, llegando
a la placa del otro lado donde aseguré el ascenso
del Mono y Manuel, sin incidentes afortunadamente.
De
ahí, cada vez más alto, seguía una
enorme travesía a la derecha que nos llevaría
al pie de un torreón gigante, el principal, que una
vez rodeado, sería una ascensión directa a
la arista y al "hombro" de 3000 metros de altura,
nuestro destino proyectado para este día. Obviamente,
estábamos jugando el juego alpino, con comida para
cinco días, una carpa para los tres y bastante equipo
de hielo. Llevábamos 6 tornillos, 3 estacas, dos
cuerdas de 50 metros y un "rack" de roca muy potente:
12 friends, stoppers y clavos varios, pues la maldita ruta
tiene su "crux" a 3600 metros de altura. Justo
los últimos cien metros de escalada son en roca hasta
V° Superior, descrita así por Ferrari y Fatti,
pero ese par de mutantes no son precisamente escaladores
de fin de semana, así que ignorábamos lo que
significa un V° Superior para ellos.
El
Mono partió por la travesía sin incidentes,
mientras a lo lejos se veían caídas de piedras
en las partes superiores de la pala de nieve. Una vez que
llegamos bajo el torreón, nos dedicamos a cruzar
unas especies de rimayas. Entonces la roca estalló,
dejando caer varias piedras desde lo alto y lanzando una
mini avalancha de rocas. Cada uno se tiró hacia donde
pudo, para ocultarse de la caída de piedras. Afortunadamente,
una vez más sin consecuencias. Yo sólo sentí
un camotazo en la mochila, pues estaba detrás de
un borde de nieve. Así seguimos, en ascenso por unos
100 metros más, indicándole al Mono que cortara
en travesía, para así alcanzar una gran rimaya,
unos 200 metros más arriba y a la derecha.
Un
cuarto de hora después, nos encontró otra
avalancha en medio del ascenso, pero esta vez sin gran protección.
Yo estaba escalando en hielo por un sistema de canalones
de metro a dos metros de ancho cada uno, con hielo duro
en el fondo, formado sólo por la caída de
piedras, semejando las placas de pizarreño ondulado
o acanalado de una casa. Por allí pasaron las rocas,
para ir a desaparecer en la base de la pared, mientras yo
sólo atinaba a pegarme a la nieve, colocar el piolet
sobre la cabeza como mínima protección y esperar,
esperar el pencazo que me sacaría de la pared. Pero
no llegó. Sólo golpes varios, justificando
plenamente los cascos que llevábamos.
Piedras
sobre mí
Finalmente
el Mono cruzó a la rimaya y luego lo hizo Manuel,
encontrándose ambos en terreno seguro. Pero aún
me tocaba cruzar una distancia de cincuenta metros casi
horizontales, surcado por varios de estos canalones de avalanchas,
cosa que empecé a hacer, alcanzando a llegar a una
roca que afloraba del hielo, como una pequeña isla
en la pared donde aproveché para descansar un poco,
mientras los otros esperaban en la rimaya. Cuando estaba
por salir, la maldita pared retumbó nuevamente y
una enorme avalancha de rocas la barrió completamente,
esta vez directamente sobre mí. Pude ver claramente
las piedras volando y golpeando, que liberaban más
y más rocas y caían por los canalones y por
donde yo estaba.
Mientras
me preparaba como podía para las piedras, sólo
atiné a pegarme a la roca y enterrar de mala manera
el piolet izquierdo. Mientras tanto, con la mano derecha
me tomé de una laja vertical, concentrándome
sólo en esa mano. Ahí estaba la vida.
Empezaron
a pegar los camotes en la roca salvadora, mientras me llenaba
de nieve por todos lados. No se veía nada, se oscureció
todo. Nuevamente esperé el pencazo final, mientras
los otros, a salvo, sólo miraban atónitos.
Luego el Mono me contaría que en un momento desaparecí
bajo la nieve y las rocas y que esperaban verme salir por
la pared en cualquier momento. Pero la suerte estaba de
mi lado, así que una vez que empezó a declinar
la avalancha pude mirar hacia arriba, protegiéndome
con el piolet por si alguna roca me quería pegar
en la cara. Pero no pasó.
Sabía
que no debía mirar hacia arriba, pero la tentación
y deseo de saber qué pasaba o si se había
acabado todo, era más fuerte. Finalmente pasó
todo. Con el corazón en la mano salté a la
pendiente y crucé hacia la rimaya, más corriendo
que escalando. Una vez ahí, nos dedicamos a descansar
y armar campamento, en el único sitio relativamente
seguro de la pared.
Durante
toda la noche, la montaña no cesó de retumbar.
Una cascada continua de piedras se escuchaba desde lo alto.
De vez en cuando, una roca pasaba volando sobre nosotros,
algo protegidos por el borde extraplomado de la rimaya.
De todas formas dormimos con casco y atentos a la montaña.
Honrosa
retirada
A
las 3 de la mañana sonó el despertador. En
una hora estábamos afuera, con grampones y piolets
listos, iniciando la escalada fuera de la protección
de la rimaya, en un ascenso directo hacia la arista. Manuel
iba primero, luego yo y después el Mono. Subimos
en forma tranquila y continua unos 200 metros, alcanzando
a ascender bastante. Aún de noche, sólo los
dos metros iluminados por las linternas frontales eran nuestro
universo. El resto, un limbo oscuro. Arriba, a lo lejos,
se veía la arista, toda flanqueada por bandas de
roca, lo que no dejaba de preocupar pues la montaña
aún liberaba rocas.
A
unos 150 metros de la arista, la pala de nieve se transformó
en hielo más duro y aumentó la inclinación
a unos 65 grados, siendo necesario pasar a modalidad encordados
y a un avance lento en un área expuesta a caídas
de rocas. Así que la cordura nos iluminó y
se llamó a una honrosa retirada, pues la seguridad
prevaleció.
Bajamos
por donde vinimos. Bastante rápido llegué
a la carpa y más tarde los otros. Nos planteamos
esperar todo el día para iniciar el descenso del
cerro en la noche siguiente, pero a mediodía comenzó
a nevar. La montaña se silenció y el cerro
empezó a botar nieve por sus paredes, como pequeños
copos, tipo granizo, que caían insistentemente por
la rimaya, sobre la carpa. Al rato nos empezamos a preocupar,
pues el panorama se podía transformar drásticamente
en un río de avalanchas y quedar, ahora sí,
bien atrapados.
Por
la tarde, el silencio de afuera acompañado de un
frío inusual, nos sedujeron a abandonar la rimaya-refugio.
Así, salimos a eso de las 4:00 de la tarde, con todo
a cuestas. Raudamente, empezamos a cruzar todo de nuevo.
Parecíamos soldados arrancando entre trincheras.
Al final, llegamos al glaciar inferior, tras un par de rapeles
y mucha desescaladas.
Por
la tarde, caímos a la carpa nuevamente a un merecido
descanso a los pies de la arista.
Al
otro día salimos relajados, bajando por morrenas
y valles, para cruzar la Laguna de los Hielos, luego la
Laguna Azul y el valle del Cerro Hermoso, donde descargamos
el equipo técnico y otras cosas, para seguir inmediatamente
rumbo al valle inferior y llegar en un par de horas al puesto
San Lorenzo.
Cerro
Hermoso y después
Pasamos
una tarde de reposo, para comer, dormir y partir nuevamente
al otro día. Por la mañana salimos en dirección
del valle del Hermoso, al que llegamos por la tarde. Acampamos
en un bosquecillo de lengas miniatura. Durante la tarde
descansamos y preparamos el equipo para el Cerro Hermoso,
que es una atractiva montaña de nieve, hielo y algo
de roca, de mala calidad, pero que forma junto al Dos Picos
y otros un pequeño grupo aislado del San Lorenzo,
pero bastante interesante.
Salimos
temprano, tipo 6:00 AM rumbo al cerro, dirigiéndonos
a una de sus aristas. En el camino pasamos por dos lagunitas
glaciales y un rato después alcanzamos la arista
del cerro, que ascendimos fácilmente por pasos de
roca y acarreos, hasta llegar a un portezuelo, por donde
descendimos a un valle inferior que nos llevó a otra
placa de hielo, la que en su parte superior nos impuso un
poco de escalada, unos 3 o 4 largos de hielo duro. Luego,
pasamos a la arista que asciende directamente a la cumbre,
a la que llegamos por la tarde. Antes de llegar a la Cumbre
Central o Norte. Fue la primera escalada chilena allí,
pero más importante resultó el placer del
cerro y el paisaje que se nos reveló desde la cúspide.
Bajamos
desescalando, como ya es habitual. Al atardecer llegamos
a la carpa, muy agotados pero felices.
Al
otro día el Mono y Manuel bajaron con una carga a
la camioneta, mientras yo me quedé en el puesto,
aquejado de una tendinitis en la rodilla. En la tarde nos
reencontramos. Pasamos una grata velado en el puesto, con
buen fuego, comida e historias, mientras afuera rugía
una tormenta, principalmente de viento.
Al
otro día, bajamos hasta el auto con toda la carga
y lo sacamos del pantano donde lo habíamos dejado,
llegando en la tarde a refugio de los guardaparques para
informarles de nuestro regreso. Esa noche la pasamos al
lado del auto en la Península Belgrano, rodeados
por guanacos.
Al
amanecer, partimos rumbo a Santiago, vía Carretera
40. Llegamos a casa dos días después.
Palabras
al cierre
El
montañismo, o ese arte de ascender montañas
y regresar vivo de ellas, a diferencia de otros deportes
de tipo competitivo, no es una experiencia orientada al
éxito, a ganar el campeonato o una copa, o al menos
no debería serlo. Es una actividad dedicada a la
experiencia en sí misma, al intento de ascender la
montaña. No es netamente exitista como demasiadas
de nuestras actividades mundanas. Así, es perfectamente
factible intentar una montaña muy dura y no lograrla,
pero aun así sentirse satisfechos. Como algunos dicen
"no se gana, pero se goza". Esa es la esencia
y entenderlo así te permitirá sobrevivir a
más cerros, pues la obsesión de la cumbre
mata.
En
los últimos meses, dentro de nuestro mundillo de
este deporte, hemos presenciado la pérdida de muchos
montañeros y amigos, ya sea en la montaña
misma o fuera de ella.
Las
muertes en la montaña siempre tienen dos caras para
los que practican el deporte: una, la pena, la tristeza
natural por la pérdida de un amigo o no, pero de
un ser humano, justificada en algo por saber que fue mientras
efectuaba algo que amaba, pero que no mitiga en nada la
pena; otra, el deseo de saber cómo fue, no por morbosa
curiosidad, sino en por el plano netamente técnico
de saber qué error cometió, justificando la
muerte por un accidente auto provocado o por impericia o
una actitud temeraria. En fin, una culpa por parte del accidentado.
Esta búsqueda de una causa técnica no tiene
otro propósito que convencerse que fue por un error
que uno no cometería. Es decir, perpetuar así
una de las creencias más erróneas de este
deporte: la de que bien hecho, con todas las normas de seguridad,
no es peligroso, cosa absolutamente falsa si hablamos de
montañistas de alto nivel. El error siempre existirá
y la posibilidad de matarse es real siempre. Y mientras
más se juegue el juego, más cerca estará
de caer de él.
Otro
aspecto interesante de la montaña es sobre lo que
se quiere hacer, lo que se hace y lo que se dijo que se
hizo. Es decir, es una actividad muy expuesta a alteraciones
inexplicables de la realidad, donde los que la practican,
tal vez por efectos de la altura, el aire enrarecido, el
frío u otro aspecto aún desconocido, sufren
cierto grado de amnesia y olvidan lo que dijeron antes de
ir al cerro, cambiando luego las versiones a su regreso.
Me explico. Numerosos grupos han partido a la montaña
bajo ciertas condiciones explícitas, es decir, sin
ayudas, sin porteadores, sin oxígeno. Pero en el
camino, van adaptándose a las circunstancias y aceptan
todo ese tipo de ayudas o elementos. Pero al regreso a la
civilización, olvidan fácilmente que optaron
por el camino fácil e insisten en su ascenso ético
y puro, cambiando graciosamente las reglas del juego, si
es que éstas existen.
Con
el tiempo se aprende a aceptar el fracaso en las montañas
como parte del juego, a no recurrir a mentiras para justificarlo
y a no cambiar hechos. Así, si llegas muy cerca de
la cumbre de una montaña y te encuentras con un último
obstáculo, un hongo de hielo por ejemplo, y no asciendes,
en definitiva, y eso es lo penoso del asunto, es que no
escalaste la montaña bajo ningún punto de
vista. Aún hoy, con toda la tecnología, la
cumbre sigue siendo el punto de término de una ascensión.
No hay otra. Sin embargo, los años te enseñan
que ese es sólo el 50 por ciento del desafío.
La otra mitad se completa al llegar vivo abajo. Los héroes
en la montaña no sirven, están todos muertos.
En
el último tiempo, dentro del montañismo mundial
hemos visto un sinnúmero de ascensos ultra rápidos,
por supuestas nuevas rutas, pero que renuncian a la cumbre.
Simplemente bajan antes, entrando en un peligroso juego
de no completar nunca el circuito, perdiéndose el
placer del último paso en una cumbre difícil.
Esas no deben llamarse nuevas rutas. No deberían.
Son sólo variantes, intentos. Aun en Chile, esta
modita también ha existido. Pero no hay que engañarse.
Es más fácil renunciar a la parte final de
una escalada y bajar, llamando al ascenso una nueva "ruta"
que sufrir la agonía y el éxtasis que implica
el seguir y alcanzar la cúspide. Los últimos
metros de una ascensión son siempre los más
difíciles.
Sin
dudas, en este intento al San Lorenzo cometimos errores.
Pero los sobrevivimos con ayuda de suerte, técnica
e intuición. No logramos la cumbre, ni cerca estuvimos,
pero lo gozamos. Así es el juego alpino. Se intenta,
eso es lo único seguro. Posiblemente cometimos errores
técnicos, fallamos en la temporada, demasiado buen
clima que no es lo habitual en Patagonia, salimos muy tarde
al cerro, etcétera. Pero son solo factores, no el
todo.
Como
se dice por ahí, "un buen cirujano no es el
que opera mejor, sino el que soluciona sus errores".
En la montaña, no es pues el que sube más,
sino el que logra escapar a sus errores.
Nota:
e-mail:
pbesser@hotmail.com
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