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Tercera travesía 4x4 a Machu Picchu
Julio C. Benítez Chapo (h)
- Aventurero


Continuando con el espíritu de los amigos que vimos nacer la idea de llegar a Machu Picchu con nuestras 4x4, partimos de la ciudad de Salta, en la mañana del 12/4/01. Durante 2000, razones políticas nos impidieron realizar el viaje. Esta vez, estábamos llenos de esperanzas y eufóricos por la gran aventura que nos esperaba durante 15 días. Nuestro arribo a la frontera, pasado el mediodía y tras una pausa en Humahuaca, y el descanso en sus calles increíbles que además nos sirvió para adaptarnos a la altura de más de 3000 metros y saborear las excelentes empanaditas del lugar. Así fue la historia.

Como siempre, los puestos aduaneros son parte de la aventura. Así, debimos soportar exigencias y obstáculos fuera de todo cálculo. El jefe de Aduanas de Bolivia no estaba. Entonces, hubo que ir hasta Villazón a llamarlo a su celular tras lo que amablemente se presentó y nos realizó toda la documentación. ¡Excelente! Todo un récord de solamente dos horas.

Después del percance avanzamos en territorio boliviano hacia Tupiza. Pero antes, a la salida de Villazón nos encontramos con la primera "tranca" o "barrera" de control de la Policía Militar y Peaje para la ruta de tierra afirmada. En fin, no habíamos circulado más de 2 kilómetros. Abajo todos. A registrarse,... y pagar. De ahí en adelante, continuamos subiendo y bajando cerros hasta los 3500 metros, siempre amenazados por una tormenta que de a ratos nos apaciguaba el polvo. Y llegó, entonces, el tiempo de la primera cubierta pinchada.

En las alturas

Al llegar a Tupiza, conseguir una gomería resultó toda una proeza. Después, cena liviana y acompañada de té de coca y "popucha" que, según el colorado Sanguinetti, es lo más grande que hay para combatir el mal de altura. "Es horrible, así que debe ser buena" vaticinó "Inox". Y no se equivocó. El lugar estaba lleno de turistas europeos, fundamentalmente israelíes, acostumbrados a viajar de manera muy económica a las tierras donde se dice vivieron Butch Cassidy y su pandilla, en el valle del río Tupiza. Ese valle, con sus particulares formaciones nos acompañó hasta que comenzamos a subir, camino a Uyuni, para llegar casi a los 4000 metros, altura que rondamos permanentemente en interminables caracoleos del camino.

Fueron unas seis horas, en total, hasta que en una de las miles de quebradas en el lecho seco de un río, armamos un picnic con una buena sopita, algunos salamines santafecinos (aportados por el "tano", Franco Barufatto) y regado con abundante té de popusa (aportado por Juan y el Colo). Nos acompañó la música de Creedence, traída por nuestro invitado, "cabeza" De Haro. Por la tarde, arribamos al antiguo pueblo minero de Atocha sobre el río del mismo nombre, hoy prácticamente abandonado, tras haber dejado de explotarse una importante mina de cobre que preside el acceso al pueblo.

Un pequeño descanso en la plaza principal, coronada por un avión rescatado de un accidente en las montañas, y continuamos durante una hora por el cauce del río, a medias seco, hasta retomar el camino, totalmente inhóspito y con unos serruchos "calamina", al decir local, que no nos permitían una marcha regular.

El salar

Durante algunos tramos, el paisaje sin fin se dibujaba con varios caminos que van a todos lados. Quién sabe adónde, pero todos van. Es cuestión, entonces, de elegir la mejor huella. La referencia: los GPS a full y el contacto visual con las vías del tren, y la garantía de saber que íbamos bien. A Uyuni arribamos a las 18:30, previo cambio de cubierta de "Inox" por reventón y el fin de la llanta. Es regla fundamental contar con dos auxilios. Los caminos estaban en muy mal estado, según decían allí, por las abundantes lluvias del verano y su prolongación por el Niño. Además de la falta de mantenimiento para que, en el día, uno se cruce con uno o dos camiones a modo de ómnibus.

Uyuni es un pueblo de servicios para las explotaciones mineras y de sal, con una plaza principal y una gran estación de trenes, que van a Oruro, ubicada al sur del salar. En el lugar, nos enteramos que no había combustible hasta el día siguiente y que el salar tiene agua que aún no se ha podido evaporar. Al día siguiente, luego de las reparaciones del chapón del freelander de Osvaldo y Tere, que había sufrido todo tipo de maltratos por los "huellones" de tierra y arena del camino, partimos a visitar el cementerio de trenes en las afueras de Uyuni, donde en una vía muerta había unas veinte locomotoras fuera de uso y vagones abandonados.

Arribamos a Colchany y, de allí, nos adentramos a observar los flamencos en las lagunas aledañas y, en el pueblo, los secaderos de sal en hornos a leña. Para ingresar al salar nos acompañó Rubén Colque, hijo de Teodoro, el dueño del Hotel de Sal, al cuál nos dirigimos por cuarta vez y donde nos recibieron como si fuera su casa.

La primera impresión fue de desconcierto. Estábamos al borde de un gran espejo, con pequeños rombos flotando. Un espejo de agua sin horizonte, donde el reflejo del cielo en el agua hacía "flotar" en nuestra visión las pequeñas montañitas de sal, que a fuerza de pala los lugareños amontonan, transformándolas en rombos suspendidos. Realmente, un paisaje alucinante. Alistamos el GPS y, en primera marcha y muy despacio, fuimos adentrándonos en el agua increíblemente transparente, al principio con temor y luego con un poco más de confianza, pero muy despacio para no salpicar agua en demasía.

De hecho, a las camionetas (antiguos dinosaurios Toyota Land Crusier) les ponen lonas, que cuelgan desde el paragolpes, y al interior del motor lo "enraman" con manojos de paja y ramitas, para impedir que salpique en la parte eléctrica del vehículo.

El lugar tenía una magia increíble. Mientras Norka, una de las hijas de Teodoro Colque, preparaba los bifes de llama para la cena, nosotros aguardábamos el atardecer acodados en las mesas de la terraza del hotel, donde observábamos cómo se fundía el sol en el espejo del salar.

Luego de la cena, no pudimos resistir la tentación de una travesía nocturna de 10 kilómetros, hasta casi perder de vista las luces del hotel, guiados por el GPS. En un lugar en medio de la nada, nos detuvimos con las luces de las camionetas apagadas a observar la oscuridad absoluta. El cielo cubierto, ninguna estrella, ni luna. El espectáculo era alucinante. Todas las luces encendidas no eran suficientes para iluminar correctamente, ya que la luz era reflejada por la sal y el agua hacia el infinito, sin paredes ni cerros cercanos para hacer un rebote. Nada en 12.000 kilómetros cuadrados.

Tierra firme

Al día siguiente, emprendimos el regreso a tierra firme. Al llegar a la costa vimos en el horizonte una camioneta roja semihundida y una persona caminando. Era su conductor: estaba esperando una Champion para que lo saque de allí. Había errado el camino por la noche y se quebró el salar. Por suerte pudieron salir del vehículo, antes que se hunda hasta las ventanillas en la sal. El viaje de allí hasta Oruro, durante seis horas, fue en la soledad absoluta. Ningún vehículo se cruzó con nosotros. Solamente el tren, que venía de Uyuni, nos alcanzó a poco de llegar a Challapata, donde arranca el asfalto.

Varios cerros que sortear y vados en medio de interminables pampas de 4000 metros, en algunos casos fueron trampas infranqueables para las camionetas que abrían camino adelante y no elegían bien la huella.

En Oruro, la capital del carnaval del Altiplano boliviano, ya el ambiente era distinto. Baños, calefacción, agua caliente, hasta un desfile de colegios con sus bandas frente al hotel. Casualmente, compartimos el mismo hotel con un grupo de Canadá y Estados Unidos, que estuvieron con nosotros en el Hotel de Sal y luego nos alcanzaron en tren. El mundo, de pronto, se comienza a achicar.

Durante el viaje hasta El Alto, a la entrada de La Paz, notamos pequeños grupos de agricultores caminando o concentrándose a la vera de la ruta. Luego nos enteramos que marchaban hacia la capital, desde Cochabamba y la zona del Chapare, que es productora de la hoja de coca, a protestar por las condiciones de explotación y comercialización que impuso el gobierno.

El lago

A las 15:00 estábamos instalados en el hotel a orillas del Titikaka, el lago navegable más alto del mundo, observando su majestuosidad. El paisaje nos invitaba a seguir y nos fuimos a pocos kilómetros, hasta la casa de Paulino, un artesano que continúa fabricando las balsas de junco. Fue él mismo quien construyó las balsas para las expediciones anteriores al Kon-Tiki, que luego navegaron el Pacífico. En el lugar, nos embarcamos en una pequeña lancha hacia una isla a media hora de viaje, claro, horario del lago. Es decir, una hora, horario real. Es una pequeña isla de pescadores, de unas cien 100 familias, que viven de la pesca que hacen en botes a vela, construidos de madera de cedro por los aborígenes, que arrastran grandes redes entre doce o más botes, para luego izar la pesca a un barco recolector.

Regresamos al hotel a saborear deliciosas truchas, convenientemente regadas con buen vino de la bodega de Inox y Osvaldo Souto. La mañana siguiente nos encontró cruzando en balsas de madera de eucalipto -movidos por antiguos y destartalados motores fuera de borda- el estrecho de Tikina, de unos 600 metros de ancho, ubicado en territorio boliviano. Iba un vehículo por vez y sin pasajeros (que viajan en lanchas aparte). El embarcadero se halla ubicado al lado de la Base Naval Titikaka de la Marina boliviana, que en el lugar cuenta con varias lanchas rápidas.

Continuamos serpenteando la costa del lago hasta Copacabana. Y de allí, adonde, contrariamente a años anteriores, batimos todos los récords, con 1,20 horas de trámite. Todo un logro, pero ya estábamos curados de espanto: estábamos todos con pasaporte en mano, bolígrafo para llenar formularios, fotocopias, autorizaciones, registro de conductor, vacunas, $$$ y paciencia. Gianfranco ya venía con un portafolios. "Gringo organizado si los hay".

Yo daba las instrucciones por handy, desde adentro de las oficinas, para que se organicen. Nuestro invitado, Gustavo Haro, repartía los formularios de migraciones, de fumigación y de la policía, y hacía el aguante para cuidar los vehículos. Toda una organización.

Capital arqueológica

Pasar Puno y Juliaca fue bastante caótico por el trafico de minibuses, peatones, bicicletas, tricicletas, tricitaxis y todo tipo de móvil imaginable, en estrechas calles y anchos baches, sobre todo en Juliaca, donde reventamos una cubierta de la Defender en la Avenida de Circunvalación, rodeados de talleres mecánicos, gomerías, talleres de bicicletas, zapateros, reparación de máquinas de coser, ferreterías, fruterías y todo cuanto se pueda imaginar "ambulante". Los talleres son triciclos con los repuestos y herramientas. Incluso, están los que reparan caños de escape con los cilindros de oxígeno para soldaduras, sobre el triciclo. Continuamos nuestro viaje alejándonos del Lago e internándonos en la Puna peruana, donde ascendimos lentamente hasta el Abra de la Raya, a 4000 metros, en una sucesión de pequeños pueblos sobre una ruta en excelente estado, hasta llegar al valle del río Urubamba, donde se suceden los pueblos arrinconados entre las montañas, la ruta, las vías del tren y el río. En Sicuani en, una curva pronunciada y rodeada de verdes, montaña y río vimos la ladera totalmente blanca: nieve.

Arribamos a Cuzco a las 19:00, luego de sortear un sinnúmero de curvas y contra curvas, y esquivar camiones y colectivos durante horas. La capital arqueológica de América nos recibió con toda su Plaza de Armas iluminada, con sus dos catedrales (única ciudad con dos catedrales, producto de la rivalidad entre el Vaticano y los Jesuitas) y toda la majestuosidad de sus balcones, labrados sobre las recovas.

Hemos llegado a destino. El Hotel estaba sobre la calle Santa Catalina (angosta). Hay otra, denominada "ancha", donde pudimos dejar los vehículos y movernos caminando, para apreciar la majestuosidad de los muros incaicos sobre los que se levanta la ciudad.

Al día siguiente salimos a recorrer los distintos museos, como el de Garcilaso de la Vega, realmente imperdible, a dos cuadras de la Plaza de Armas, organizado en la misma casa del célebre artista. El museo de arte religioso y Monasterio de Santa Catalina presenta toda la imponencia del arte barroco cuzqueño, está ubicado frente a nuestro hotel.

Recorrer la Feria Municipal de Artesanías y las calles de plateros, procuradores, nazarenas, sunturwasi, Tambo de Mortero y otras, fue una experiencia única. Diez siglos de historia se pueden ver y sentir en pocas cuadras.

Sobre el mediodía visitamos el Qorikancha, donde la catedral ésta construida sobre las ruinas de los muros del Templo del Sol incaico. Allí, se pueden apreciar la calidad y técnica de sus muros, a nueve grados de inclinación, con una simetría y perfección de acoples inexplicables.

En la ciudad sagrada

El almuerzo lo saboreamos sobre uno de los cerros que preside la ciudad, con un paisaje de tejados interminable, que va ascendiendo las laderas en un avance de la ciudad en busca de espacio. Por la tarde realizamos la visita a Tambomachay, Pukapukara y Saqsaywaman. Al día siguiente, previo viaje en tren hasta Aguas Calientes y alojarnos en el hotel ubicado entre las vías del tren y el río Urubamba, arribamos a nuestro destino final: la Ciudadela de Machu Picchu. La imagen sigue siendo impactante y el entorno natural lo acentúa aún más. Nuestro guía, Wagner, ya un amigo más de Aventurismo Misiones, nos llevaba a través de la historia, haciéndonos revivir los pocos años de vigencia y ocupación de Machu Picchu, hasta su descubrimiento y puesta en escena a nuestros ojos. El sueño de llegar allí se había logrado.

Huelgan las palabras para su descripción. Es un lugar imposible de describir, hay que vivirlo. Así fue que al día siguiente estábamos de nuevo allí, para contemplarla sin interrupciones y, fundamentalmente, sin la compañía de más turistas. Así fue que algunos tomaron por asalto el Camino del Inca hasta la Puerta del Sol, desde donde se contempla toda la ciudad y el Huayna Picchu. Otros, tomamos el intrincado y peligroso ascenso al pico de este último. Tiempo normal de ascenso: 30 minutos, según nuestro guía Wagner. Nosotros realizamos un ascenso pausado, con descansos cada unos minutos. Luego hacíamos descanso, con algunos minutos de ascenso. En fin, tardamos 1,15 horas. El increíble Franco Baruffatto, con media rodilla y ayudado con un bastón, dio cátedra de determinación y superación. Llegó a la cima y festejó a todo pulmón, coronado por un gran aplauso de un grupo de españoles, que nos acompañó en la aventura. Durante el regreso nos esperaba otro gran desafío.

Al día siguiente nos organizamos un almuerzo de sopa caliente para combatir el frío en el Abra de la Raya y llegar con los últimos rayos del sol a Puno, donde nos alojamos y realizamos el operativo de "bajar" la Defender y hacerla entrar en la cochera con techo un poco bajo (desinflamos las cubiertas, bajamos el equipaje de arriba y, absolutamente todos, nos colgados de estribos y paragolpes. ¡Pero entró!) Salir fue otra odisea. Parte de la Aventura.

Vuelta a la realidad

Por la noche, el noticiero de TV nos trajo a la realidad: la ciudad de La Paz estaba totalmente tomada por los campesinos y cocaleros haciendo manifestaciones, con graves disturbios y cortes de ruta al Norte y Sur. Inmediatamente, Lorenzo tomó las cartas y mapas y trazó un nuevo rumbo. Cambiamos nuestra hoja de ruta y terminamos en Tacna, al Sur de Perú, en medio de un desierto increíble a pocos kilómetros de Chile y el océano Pacífico. En el camino agradecimos tantos paisajes y llegamos a 4758 metros en la ruta a Moquegua -16°53'05"S - 70°27'04"WA-.

Al otro día, todos listos para partir del hotel, fuimos víctimas de ladrones, en la camioneta de la organización: se llevaron las cámaras de fotos, rollos con las fotografías del viaje, lentes, accesorios y el teléfono satelital . Aquí comenzó otra aventura: recorrer la ciudad en busca de la comisaría, hasta que terminamos en la Policía de Tránsito, donde nos atendió muy amablemente el Comandante Chavarría Dueñas, que inmediatamente movilizó sus fuerzas y otras. Luego de varias horas de espera y pesquisas, nos llaman del Vigil (comisaría), informándonos que aparecieron nuestros equipos.

Nos recibió toda la plana mayor del Mayor Jorge Pinto Matta y rápidamente pidieron disculpas y, en tramite sumarísimo, nos hicieron entrega de las cosas. Una hora después estábamos en la Aduana de Chile/Perú, donde nos salvó el partido de fútbol de nuestra selección, que mantenía ocupados a los funcionarios, por lo que el tramite fue relativamente sencillo. No tuvo igual suerte la otra parte del grupo que había pasado algunas horas antes. Realmente, les dieron vuelta el vehículo en busca de "algo".

Objetivo cumplido

Horas después, estábamos cenando y disfrutando de los tragos de cortesía de un coqueto hotel del centro de Iquique, sobre la Plaza Pratz. A la mañana siguiente salimos de paseo, algunas compritas y un poco de taller mecánico para el Colo, que reparó con una predisposición y calidad el desperfecto en el Freelander, para partir por la tarde a Calama, donde, luego de una interminable subida de 45 kilómetros, llegamos nuevamente a más de 2000 metros. Una vez allí, recorrimos la mina de cobre de Chuquicamata, con sus extensiones, medidas y números increíbles. Camiones que cargan trescientas toneladas, la bocamina a cielo abierto, de 2,5 Km de diámetro, etc. Por la tarde, partimos hacia Atacama. Entonces, el desierto nos acompañó con su aridez indescriptible, aunque fue precedido por la grandeza de la Cordillera de los Andes, al este.

Recorrer las calles de San Pedro de Atacama es trasladarse, en el momento, al año 1700. Magia total son sus hoteles y restaurantes, congestionados de americanos y europeos. Luego de un tentempié en la vereda-calle, mientras nos acomodamos en el hotel, partimos al Valle de la Luna, a ver la puesta del sol.

Al día siguiente salimos muy temprano, para llegar a tiempo a Salta, donde terminamos la travesía. Lentamente, fuimos subiendo hasta los 4765 metros, en el Km 65 de la ruta asfaltada que une San Pedro con el límite chileno del Paso de Jama, donde soportamos temperaturas bajo cero. A las 10:00, estábamos en el puesto de Gendarmería Nacional, ya en Argentina. Documentación en mano y sorpresa: en la oscuridad de la madrugada, en San Pedro de Atacama, la Aduana chilena estaba cerrada. No había nadie y no hicimos la salida.

Por suerte, la predisposición del personal de Gendarmería nos facilitó las cosas y lo resolvieron gracias al teléfono satelital. Allí, verificamos que un semieje de la Freelander no había resistido, así es que llamamos a un auxilio desde el medio de la puna. Una vez confirmado, continuamos descendiendo hasta que nos encontramos con el camión de auxilio, cerca de Susques. Problema resuelto. Arribamos a Salta a las 19:00. Luego llegó el turno de otro cambio de cubierta, tarea complicada a 4000 metros, con mucho viento y frío, pero con el sentimiento del objetivo cumplido y un bagaje de experiencias que capitalizaremos el resto de nuestras vidas.

  • Total de km.: 4524,6.
  • Días: 15.
  • Cubiertas: 5 (rotas o pinchadas).
  • Salares: 3.
  • Mecánica: un semieje, filtros varios, 2 llantas, un turbo compresor, un faro roto.
  • Colgados o Empantanados: 5 veces.
  • Medicinas: 2833 litros de té de popuza y té de coca, digestivos varios y manteca para los labios.
  • Gaseosas: 1.
  • Mate de Gianfranco y Beatriz: a toda hora.
  • Imperdible: los picnic, acompañados con una sopa crema en medio de la Puna.

 

 

Nota:

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