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Lanín
invernal 2001, parte II
Ariel
Belmonte-
Aventurero
Al
final del relato anterior,
nos encontrábamos en el refugio RIM 26, matando las
horas a la espera del día domingo, cuando intentaríamos
ascender a la cumbre. El sábado nos despertamos temprano,
desayunamos e intentamos comunicarnos con el aún
ausente guardaparque. Al mediodía, nos calzamos grampones
y chaquetas. Piqueta en mano, salimos a reconocer la ruta
que deberíamos hacer la madrugada siguiente, pasando
por el refugio del Club Andino Junín de los Andes
(CAJA), a 2850 metros, y atravesando un planchón
de hielo, con una pendiente tal vez mayor que la de la Espina,
para alcanzar la codiciada cumbre invernal.
A
la hora y media de haber comenzado nuestro reconocimiento,
y llegando al filo que nos dejaría ver el CAJA, el
viento aumentó considerablemente. La nieve volaba
y lastimaba nuestro rostro. La visibilidad se hacía
cada vez menor. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos
envueltos en un "pesto" que nos obligaba a gritar
para comunicarnos. Hernán decidió seguir hasta
el CAJA, mientras Julián y yo lo esperamos recostados
(no por comodidad, sino por la imposibilidad de mantenernos
de pie, a causa del viento) en la nieve y cuidando de no
perder de vista el RIM 26, a solo 200 metros debajo nuestro.
Enseguida,
lo que perdimos de vista fue a nuestro compañero
entre el "viento blanco". Con el pasar de los
interminables minutos, nuestra preocupación iba en
aumento. Cuando por fin apareció, nos dijo que consiguió
abrir el CAJA y que estaba habitable. Pero la tormenta amenazaba
sacarnos las camperas y decidimos volver antes que fuera
demasiado tarde, ya que el refugio había desaparecido
por completo, al igual que nuestras huellas, a tal punto
que llegamos al RIM 26, pero por otro lado.
Ya a resguardo del viento, nos pusimos a "jugar"
con los anclajes de nieve, las cuerdas, los jumars y las
poleas, para simular el rescate. Yo fui la víctima
y Hernán y Julián los rescatadores. Poco a
poco el valle, los cerros vecinos y la idea de nuestra cumbre
se empezaban a ocultar tras una tormenta de nieve. Entramos,
comimos arroz con salsa de tomate, que si se deja bastante
espesa hace las veces de salsa, un té y nos metimos
en las bolsas de dormir. Por primera vez le prestamos atención
a nuestro barómetro: 743hp y bajando. La temperatura
en el interior del refugio era de -5°C. Afuera, -12°C.
Pero el viento hacía que la térmica estuviera
muy por debajo de esos valores.
Viento,
nieve, pensamientos
Esa
noche casi no pudimos dormir. Los fuertes vientos y la nieve
golpeaban y hacían que las maderas del refugio rechinaran
de dolor. Al despertarnos, la presión era de 740hp.
La visibilidad era una palabra que carecía absolutamente
de valor. La resolana lastimaba tanto los ojos, que no se
podía mirar (aunque no había mucho que ver)
hacia afuera. Y el viento..., el viento era un chico bastante
travieso. A veces se le ocurría sacar toda la nieve
de la ventana y los quince minutos la volvía a cubrir,
de tal forma que el vidrio tomaba un color azul intenso,
como si se estuviera mirando el interior de una grieta glacial.
Cuando se aburría de jugar con la ventana, intentaba
abrir la puerta, trabada con nuestras piquetas. A veces
se calmaba, pero sabíamos que esos eran los peores
momentos. El silencio era estremecedor.
Empezábamos
a pensar, ¿qué hacíamos en ese congelador
cuadrado? Si podríamos bajar al otro día,
¿cómo lo haríamos?, ¿y por dónde?
Cuando teníamos más o menos todas las respuestas
en orden dentro de nuestra cabeza, otro cachetazo del viento
hacia la puerta nos devolvía a la realidad y todo
volvía a empezar.
Nos
comunicamos con Nicolás, desde hace seis años
a cargo de la sección Río Turbio del Parque
Nacional. Le dijimos que nuestra intención era bajar
a la mañana siguiente.
El
día pasó entre cartas, charlas, tediosos silencios,
construcción de escalones con el hielo del suelo
y testimonios de nuestro paso por allí, en el Libro
del Refugio. Poco a poco, la oscuridad se adueñaba
del interior y era necesario encender una vela y nuestras
linternas para poder cocinar algunos fideos y una sopa caliente.
Pero antes de acostarnos quedaban algunas "tareas domésticas"
por hacer: lavar la olla y los jarros y secarlos, para evitar
que se congelen la salsa o los restos de sopa. Además,
teníamos que vaciar afuera la botella degollada que
utilizábamos, para hacer pis dentro del refugio y,
de esa forma, evitar que nuestro cuerpo tome contacto con
los -20° C del exterior. Por último, debíamos
sellar la puerta con un burlete de nieve, para que el viento
se cuele por el marco de la puerta, y para que no siguiera
bajando aún más la temperatura del refugio.
Eran
las 21:34 cuando estábamos en las bolsas de dormir
y los pensamientos volvían a adueñarse de
nuestra cabezas. ¿Cuánto tiempo más
acá dentro? ¿Alcanzará el combustible?
No habremos usado demasiado ya para cocinar? Y, sí,
la sopa fue un lujo caro. Mañana no hay sopa. Tengo
nueve pilas. Si calculo usarlas desde las 19:00 hasta las
22:00, son... cuatro horas, por X días...; pero tengo
que tener en cuenta que el frío las desgasta más
rápido, entonces... "toc", una gota cae
sobre mi bolsa de dormir. ¿Una gota de agua? Pero
si estamos a -6° C. Debería estar todo congelado.
Claro, pero no tuvimos en cuenta que el calor de los calentadores
y nuestros cuerpos en movimiento, hacían que el hielo
del techo comenzará a derretirse. Toc, toc, toc.
Eran las 21:36. Apenas habían pasado dos minutos.
El
objetivo: escapar del infierno helado
El
lunes nos despertamos a las 8:15, desayunamos, preparamos
unos jugos para el camino y armamos el equipo para irnos,
por fin, del "infierno helado". Qué lindo
dejar de escuchar el viento golpeando contra las maderas,
volver a ver el sol, estar con los amigos. Dejamos algo
de comida y nos cargamos la basura. La presión era
de 741hp. Le avisamos a Nicolás que "estamos
saliendo". Nos deseó suerte. Gracias. Eran las
11:00 de la mañana.
Salimos
del RIM 26 y yo trabé la puerta desde afuera. Por
supuesto, la tormenta aún estaba ahí afuera.
Dudas. Miedos. Dos metros de visibilidad. Julián
caminó unos veinte pasos. Hernán y yo lo mirábamos
alejarse, pero no descender. Tardamos unos segundos en entender
que la continua nevada había modificado el terreno.
Donde debía estar la pendiente había, por
el contrario, un planchón de nieve. Cuatro minutos
después estábamos llamando al guardaparque,
diciéndole que nos quedábamos.
Dejamos
las mochilas. Nos sentamos en el banco mirando hacia la
puerta cerrada. Lagrimas de impotencia. Recién a
las 18:30 empezamos a desarmar las mochilas. Otra vez, acomodar
los aislantes, la comida, derretir nieve, colocarse los
grampones, la chaqueta y antiparras, para salir a palear
la ventana. Charlar y callar, para escuchar la risa del
viento. Esa noche nos acostamos temprano, pero un nuevo
ruido, de algo que parecía resquebrajarse y caer,
hizo que tardemos un rato en dormir.
El
amigo invisible
Recién
salimos de las bolsas a las 13.00. La presión había
subido hasta 746hp a las 10:00 de la mañana, la más
alta desde que llegamos, el día viernes. Planeamos
salir el miércoles a las 5:00 de la mañana.
Así, la resolana no nos lastimaría los ojos
y la nieve estaría más dura. Hablamos con
Nicolás y nos dijo que esa mañana, 200 metros
por debajo del refugio, ya había visibilidad. El
clima había mejorado considerablemente. Pero ya era
tarde y más de la mitad de la montaña estaba
cubierta nuevamente por la tormenta.
Rápidamente
desechamos la idea de empezar a caminar a las 5:00 de la
mañana, ya que en esta época del año,
en la Patagonia, no amanece antes de las 8:00 y nos hubiéramos
visto en la necesidad de pasar aún de noche por el
valle, ahí sí, sin saber hacia dónde
ir.
Tantos
detalles no tenidos en cuenta hicieron que nos replanteáramos
todo. Debíamos salir con luz. La tormenta no se iba
a mover de allí y seguramente estaría hasta
los 2000 o 1800 metros, como mucho. De allí en más
tendríamos que tener visibilidad. Dicen que la esperanza
es lo último que se pierde, ¿verdad? Quedamos
en hablar a la mañana siguiente, muy temprano.
Esa
tarde salí a palear la ventana. De tanta nieve acumulada
le erré y tuve que hacer doble trabajo. Luego, fue
como todos los días. Hablar, hacer agua, callar,
pensar, cocinar, esquivar las gotas del techo y tratar de
dormir. Pero todavía nos esperaba una sorpresa más.
Otra
vez comenzó ese ruido de la noche anterior. Alguien
barajó la posibilidad de un fantasma moviendo las
latas. No era tan descabellado. Mucha gente murió
en esta montaña. Prueba de ello son las innumerables
dedicatorias escritas en el libro o pegadas en las paredes
del refugio. Una vez más el ruido. Julián
apuntó con su linterna y me pidió que mire,
que estaba allí, que lo había descubierto:
inmóvil por la luz, había un ratón
con una galletita en su boca. Qué alivio. No eran
fantasmas, ni el refugio se estaba rompiendo. Nuestro nuevo
amigo estaba igual que nosotros, atrapado por el temporal
dentro del RIM 26. Enseguida trepó por las latas,
la pared y se metió entre dos maderas de la pared.
Nunca más lo vimos. Pero, durante esa noche, siguió
comiendo sus galletas de agua.
Descenso
entre nieve y viento
Día miércoles. A las 8:00 en punto llamamos
al guardaparque. Nos confirmó lo que imaginábamos
la noche anterior: lluvias y mal tiempo. "Esperen una
hora, hasta que aclare y pueda ver qué tan cubierta
está la montaña", nos dijo. Ninguno de
los tres se movió de la bolsa. A las 9:00 nos comunicamos
nuevamente. Comenzaba a despejarse muy lentamente la parte
inferior del Gigante, pero no era posible predecir más.
Quedamos en hablar una hora después. Despacio nos
levantamos y pusimos a calentar el agua para un té.
A las diez hablamos nuevamente y las noticias no eran alentadoras.
El clima no mejoraría sino hasta el sábado.
Seguidamente,
Nicolás nos dijo que tenía visibilidad de
la ¾ parte del volcán, que bajáramos,
y que él iba a poner en alerta a la Brigada de Rescate.
Nuestras caras ni se cruzaron, pero cada uno supo lo que
pensaba el otro. En realidad, no eran tan difícil
de imaginar. Enseguida le dimos el "OK", y antes
que nos diéramos cuenta estábamos corriendo
por el refugio, ordenando las mochilas nuevamente. Esta
vez no había alternativas, era bajar hoy o esperar
hasta quién sabe cuándo. Después de
todo, estábamos en la Patagonia, región que
se caracteriza por los repentinos cambios climáticos.
Poco
después de las 11:00 ya estaba todo listo para partir.
Un llamado al guardaparque para decirle que en tres minutos
salíamos. No estaba. Contestó el llamado su
ayudante. Nicolás estaba enfrente, en Gendarmería,
seguramente juntando al Grupo de Rescate.
Antes
de trabar la puerta pusimos algunas cosas en claro. Primero:
no iríamos encordados; segundo: no podíamos
tomar la Espina, pues, de hacerlo, corríamos el riesgo
de pasarnos y acabar en el glaciar que estaba a la derecha
de la misma; tercero: teníamos que caminar hacia
la izquierda y abajo, siempre, o por lo menos hasta saber
que estábamos dentro de la Canaleta. Pero tampoco
podíamos confiarnos e ir por el medio de ésta,
porque en caso de una avalancha de nieve en la cara norte,
seguramente caería por allí. Recordamos que
desde la puerta del refugio se podía ver la casa
del guardaparque. Entonces, con una brújula logramos
una muy vaga ubicación de hacia dónde debíamos
movernos: siempre entre el cuadrante del Norte y el Este.
A partir de eso, comenzó nuestra bajada.
Seguramente
es difícil de entender, pero los primeros metros
no sabíamos si íbamos para abajo, arriba,
derecha o izquierda. Todo era igual.
A
los pocos metros de haber empezado, producto del viento
y de lo mal ajustado, mi aislante se zafó de la mochila
y comenzó a rodar cuesta abajo. Inmóviles,
lo miramos alejarse hasta perderlo de vista. ¡Rodar
cuesta abajo! ¡Eso era! Sólo teníamos
que seguir la trayectoria del aislante que, seguramente,
cayó por la Canaleta. Eso hicimos. Después
de todo, no teníamos mucho que perder.
Unos
metros más adelante y a la derecha pudimos ver algunas
rocas. Era la Espina de Pescado, íbamos bien, pero
por las duda no nos acercamos demasiado. Otros pocos metros
más, y con la pendiente en mas de 60° de inclinación,
nos detuvimos para tratar de ver algo, lo que fuera. Lo
que vimos no nos gusto mucho. No muy lejos de nosotros se
notaba como la nieve caía abruptamente. No teníamos
opción, así que nos dirigimos muy despacio
hacia allí. Poco antes de llegar al borde , más
piedras a la derecha nos indicaron que la Espina aún
estaba, y que sin duda alguna estábamos en el medio
de la Canaleta, de ahí la tan abrupta caída
de la pendiente. Imposibilitados de olvidar el peligro de
una avalancha, seguimos bajando "ayudados" por
el viento y con la nieve hasta las rodillas.
Intercambiando
la delantera, íbamos abriendo huellas en la nieve,
hasta cansarnos o hasta que nuestros ojos, esforzados al
máximo en tratar de ver a través de las antiparras,
nos comenzaran a doler. Como ejemplo de la situación,
vale mencionar que alguien creyó ver a la Brigada
de Rescate en la Espina de Pescado, pero la verdad es que
faltan muchos años hasta que esas piedras se muevan
y salven a alguien.
A
la hora y pico de haber comenzado el descenso, se empezó
a ver una masa oscura abajo y al fondo. ¡Era un bosque!
Unos metros más y ya distinguíamos las siluetas
de las montañas vecinas, las nubes y hasta un disco
dorado colgando en el cielo. Las piedras de la Espina se
encontraban bastante mas arriba de nuestras cabezas. Ya
no había peligro de irse contra el glaciar. Y con
respecto a las avalanchas, bueno, no podíamos tener
tanta mala suerte, ¿o sí?
Cuando
ya dejamos atrás (o mejor dicho, arriba) la tormenta
de nieve, y comenzamos a el cuartel de los gendarmes, decidimos
montarnos en la Espina, para evitar hundirnos tanto en la
nieve, y así progresar más rápido.
El guardaparque, hacía rato que nos observaba con
lo binoculares y en cada comunicación nos alentaba
y nos repetía lo bien que lo estábamos haciendo.
Caminar
por la Espina de Pescado, tenía su pro y su contra.
La nieve no era tan profunda, apenas nos hundíamos
hasta los tobillos. Pero nos encontrábamos totalmente
expuestos al viento, que hacía que lo vivido unos
metros arriba, parezca una simple brisa. Por momentos, nos
tumbaba y era necesario clavar la piqueta para no caer nuevamente
a la Canaleta, ya varios metros por debajo nuestro.
Sólo
restaba bajar tranquilos. La visibilidad era total. A la
izquierda, el territorio chileno, enfrente, los bosques,
el lago Tromen y los cerros. Ahora, si mirábamos
para atrás, veíamos nuestras huellas ascendiendo
hasta perderse dentro de una dantesca masa de nubes blancas.
Calculamos
que en dos horas más estaríamos en el bosque.
A medida que bajábamos, el viento disminuía
y una débil lluvia nos acariciaba el rostro, en contraposición
a su prima, la nevada, que nos castigaba incansablemente.
Y
así, paso tras paso, la pendiente se hacía
más suave. No era necesario el uso de los grampones
y las piedras comenzaban a sobresalir de entre la nieve.
Llegamos
al bosque, lo atravesamos y nos dirigimos hacia la casa
del guardaparque. Pocos metros antes, unos calambres se
adueñaron de mi pierna, por lo me que caí,
empujando también a Julián al suelo. El rato
que tardó mi pierna en recuperarse fue suficiente
para una breve conversación entre dos amigos que
saben que hicieron las cosas bien. Y que pueden contarla.
Consideraciones
finales
Cada
vez que me preguntan: -Y, ¿cómo te fue?; siempre
empiezo contestando lo mismo: -Bien, porque lo puedo contar.
Cuando estaba en el paso fronterizo, esperando que alguien
me llevase de vuelta a Junín, charlaba con los gendarmes
sobre el andinismo. Me contaron historias que de haberlas
conocidas antes, no voy a decir que no hubiese querido ir,
pero si lo habría pensado varias veces.
Conocido
es el caso de los chicos que trataron de escalar la Pared
Sur en 1999, y fueron encontrados, congelados, a pocos metros
de la cumbre. Se supone que se quedaron dormidos (el frío
adormece los sentidos, lo viví en carne propia durante
la subida, cuando no podía dejar de bostezar). Uno
estaba metido en la bolsa de dormir con comida en la mano
y el otro, un poco más arriba, recostado sobre el
hielo.
Menos
conocido es el caso un grupo de militares que dejaron a
un compañero herido cerca del glaciar, con la promesa
de ir a buscarlo al otro día. Claro, no tuvieron
en cuenta la nevada que hubo esa noche, por lo que a la
mañana siguiente todo estaba igual de blanco y no
pudieron sino hasta el verano.
Hay
dos casos muy particulares. Uno es el de un alemán
que subió con un grupo y uno de los días,
esperando que mejore el clima, salió a dar una vuelta
por el refugio y nunca más volvió. El otro
caso corresponde al de un chico que cayó dentro de
una grieta, una nevada la cubrió, y nunca nadie pudo
volver a encontrar la grieta.
También
hubo una "cordada" de cinco personas, que bajaba
por la Espina de Pescado, y al caer uno de ellos arrastró
a todos los demás.
Un
militar, técnico en los Hielos Antárticos,
murió caminando por el glaciar que conduce a la cumbre.
Espero
que este humilde relato haya servido para ilustrar lo que
ocurre "allá arriba". Es imposible para
mí transmitirles los sentimientos de humor y bronca,
valor y miedo, amor y tristeza, éxito y fracaso,
que se sufren a lo largo de cinco noches y seis días
de encierro en un refugio.
Personalmente,
no deseo que me cataloguen como un buen montañista
por haber bajado en medio una tormenta. O que me digan que
muchos montañistas han pasado por cosas peores y
han perdido mucho más que seis días. Tal vez,
pudimos haber tomado la decisión de bajar mucho antes,
o mucho después. Por eso no creo que existan los
malos montañistas, ni tampoco los buenos. Sólo
existen montañistas. Después de todo, como
dice Lowe: "El mejor escalador del mundo, es el que
más disfruta lo que hace...".
Nota:
e-mail: aucamahuida@lycos.com
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