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Lanín
invernal 2001, parte I
Ariel
Belmonte-
Aventurero
Preparar
un viaje de estas características no es tarea fácil.
Hay muchos detalles a tener en cuenta, más si el
mismo discurre en una época del año en donde
el clima juega un papel más que primordial al momento
de encarar una cumbre. Aquí voy a tratar de describir,
de la mejor manera posible y sin llegar a aburrir o caer
en tecnicismos propios del montañismo, cómo
encaramos este proyecto tres escaladores de Buenos Aires,
en una de las regiones más bellas del mundo: la Patagonia
argentina.
Pocos
días antes de viajar, Julieta, miembro del equipo,
nos comunica que no va a poder acompañarnos. La noticia
no fue de lo mejor para el grupo, ya que todo estaba pensado
(actividades, equipo, alimentos) para cuatro personas. Ahora
tendríamos que dividir todo por tres.
Era
un jueves lluvioso y el país estaba de paro, cuando
fuimos a comprar la comida. Tratando de economizar lo máximo
posible, recorrimos tres supermercados y un mayorista para
conseguir por fin los alimentos, que al domingo siguiente
dividiríamos en partes iguales para cargarlos en
las mochilas. También tuvimos en cuenta todas las
opciones posibles, para trasladarnos hasta Junín
de los Andes: charters turísticos, micros
de línea, autos particulares y hasta una empresa
de camiones de un conocido. Pero, al final, lo mas barato
y seguro terminó por ser la empresa de ómnibus
Centenario.
Desde que sacamos los pasajes hasta nuestro regreso, sólo
tengo palabras de agradecimiento, felicitación y
elogio para los empleados de la empresa. Es cierto que un
mal viaje no hubiese incidido demasiado en el resultado
del proyecto, pero como el trato fue siempre tan cordial,
ayudó en gran medida a que llegásemos relajados
y de muy buen ánimo a la ciudad neuquina, y que el
regreso fuera más que placentero.
Equipamiento
El
tema de conseguir el equipo fue complicado. Por ejemplo,
cinco días antes de partir nos faltaba una carpa,
ya que los tres no entrábamos en la que teníamos.
Como condimento extra, no podíamos llevar cualquier
carpa, era necesario una acorde a las circunstancias. Se
las conoce como de "alta montaña" o "cuatro
estaciones" y también, claro, por ser muy caras.
Las tendríamos que utilizar en el caso que las puertas
de los refugios estuviesen trabadas por la nieve o en el
caso, peor aún, que nunca los encontráramos.
Además, teníamos que tener la aprobación
del guardaparque, que es el que chequea que el equipo sea
el adecuado antes de subir. Cuando por fin apareció
el alma generosa que nos cedió la segunda carpa,
nos dimos cuenta que ésta era un poco más
grande que la otra de alta montaña, por lo que no
sería necesario llevar las dos.
Luego,
cada uno por su lado fue consiguiendo las cosas personales
que le faltaban. Así, aparecieron botas plásticas,
piquetas, grampones, camperas impermeables, sogas, una pala,
poleas, otro calentador, botellas para el combustible y
todo lo necesario.
Pero
claro, como en todo viaje de esta envergadura siempre falta
algo: espacio en las mochilas. Por eso, dispusimos de una
cuarta mochila, que la dejaríamos donde nos alojásemos.
Serviría también como repuesto en el caso
que, durante el viaje, se rompiese alguna de las otras.
En
camino
Corría
el miércoles 25 de julio. Nos encontramos en la terminal
de ómnibus quince minutos antes de la partida. Era
realmente impresionante el tamaño y peso de nuestras
mochilas. Cargamos todo y nos ubicamos en la parte de abajo
del micro. Ahí empezó la buena relación
con Gabriela, la auxiliar que no acompañaría
hasta nuestro destino. Cuando en la ciudad de Neuquen, otros
dos chóferes tomaron el control. La buena onda se
extendió a ellos también.
Llegamos
a Junín de los Andes luego de veinte interminables
horas de viaje. El día estaba completamente despejado,
sorprendente después de las noticias que hablaban
del crudo invierno que se estaba viviendo en la Patagonia.
Una
hora antes de entrar a Junín (primer pueblo fundado
en Neuquén, en 1883), en el horizonte, el deseado
volcán dejó ver sus 3.776 metros nevados,
coronados por un glaciar que tapó su cráter
hace miles de años, dando origen a su nombre en mapuche
Lan-In o Muerto por un Atracón.
Instalados
ya en la casa de Aldo, Marita y sus hijos, Lucia, Chelo
y Florencia, nos volvimos a la terminal para sacar el pasaje
hasta Paso el Internacional Tromen o Mamuil-Malal, donde
empezaría nuestra primera ascensión invernal
de alta montaña.
En
el gigante dormido
Así
fue que, aún oscuras, a las 7:00 de la mañana
del día 27, estábamos en camino hacia el limite
internacional, por la Ruta 23, atravesando las reservas
mapuches de Aucapan y Atreuco, para ingresar posteriormente
al Parque Nacional Lanín. Nos registramos en Gendarmería,
porque el guardaparque no se encontraba, y luego comenzamos
a atravesar el bosque de ñires y cañas, cubierto
por la nieve, que nos dejaría en la base del gigante
dormido.
A
las 10:00, y luego de las fotos obligadas, nos pusimos en
marcha hacia nuestra primera etapa, el Refugio perteneciente
al Regimiento Infantería de Montaña 26 (RIM
26), ubicado a 2.460 metros sobre el nivel del mar.
La
forma más directa de llegar hasta éste, es
seguir un filo de escombros volcánicos, conocido
como Espina de Pescado. Esta es una de las tres rutas utilizadas
para subir por la Cara Norte. Las otras dos son el Camino
de Mulas, que luego de hacer un tramo corto por la Espina
y tomando hacia la derecha, discurre entre zig-zag hasta
el Refugio BIM 6, a 2.100 metros, y una "ancha avenida"
de rocas sueltas que es La Canaleta, recomendada sólo
para descender en caso de tormenta, por encontrarse uno
al reparo de los fuertes vientos laterales.
La
realidad de estas dos últimas rutas es que se encontraban
con más de un metro de nieve, y, al no tener raquetas,
lo más lógico era seguir la Espina de Pescado,
mucho menos cargada.
Buen
día para intentarlo
Nuestra idea era quedarnos en la montaña no menos
de cuatro días, para tener opción de intentar
la cumbre en más de una oportunidad, si el clima
llegaba a estar malo alguno de los primeros días.
Además pensábamos "curtirnos" en
la nieve, y para eso llevamos equipo específico para
practicar diferentes tipos de anclajes y simular un rescate.
Así, nuestras mochilas tenían comida para
seis días, cuatro litros de combustible para los
dos calentadores, pala de nieve, cuerdas, jumars, poleas,
mosquetones, anclas, la carpa y las obligatorias piquetas
y grampones. En total, no menos 28 kilos en cada una de
nuestras "compañeras".
El
terreno era más que diferente de aquel que tuvimos
que enfrentar en abril, cuando las rocas sueltas y la arenisca
volcánica hacían que no pudiésemos
dar dos pasos en la misma línea. Ahora, el avance
se podía hacer en línea recta, pero había
que pagar el precio de enterrar la mitad de la bota en la
nieve, calentada lentamente por el sol matinal.
A
nuestra derecha podían verse las cumbres más
significativas de la IX Región chilena: el Llaiman,
el Desmochado y el activo volcán Villarrica (2. 840
metros), que, en las noches de luna y sin viento, se lo
puede ver "fumando y esperando" que la madre natura
le permita sacar todo su fuego interior.
A
nuestra espalda quedaba ya el lago Tromen y las centenarias
Araucarias araucanas (Pehuen), dominantes del Parque, como
también el poco conocido cerro Santa Lucia, y muy
lejos, el barilochense Tronador. Frente a nosotros, la cumbre
se mostraba totalmente despejada de nubes y viento. Qué
buen día para intentar coronarla, ¿no?
El
refugio
A
los 2100 metros de altura tuvimos que calzarnos los grampones,
luego de un resbalón que provocó que la adrenalina
circulara como pólvora encendida por mi cuerpo. El
cansancio y el viento se empezaban a sentir. Los movimientos
eran lentos y hasta torpes. Cada cuatro pasos nos veíamos
obligados a descansar y recuperarnos con un trago de jugo,
caramelos o barras de cereales. La inclinación de
la pendiente ya superaba los 50 grados. Quedarse quieto,
apoyado sobre los bastones y dejando que el frío
se adueñara del cuerpo, era una sensación
placentera. Como dice Messner, "...por encima de los
ochomil metros, la muerte por extenuación es una
muerte tan placentera...". Pero no estábamos
a esa altitud y todavía nos faltaba bastante hasta
el RIM 26. La pendiente se inclinó hasta 55 grados,
por lo que el zig-zag se hizo obligatorio para superar los
1500 metros de desnivel que separan la base del volcán
del refugio.
Casi
9 horas después de haber comenzado la ascensión,
frente a nosotros encontramos una "inmensa masa de
nieve con una pequeña puerta de metal en el frente".
Era el refugio anhelado por nuestra humanidad. Nos abrazamos,
felicitamos y rápidamente cada uno empezó
a hacer algo por el bien común: derretir nieve para
almacenar agua, juntar los alimentos y "palear"
la única ventana tapada por varias tormentas de nieve.
El
refugio RIM 26 está construido detrás de una
inmensa "cresta rocosa", en madera y revestido
en su exterior por chapas. Adentro encontramos una mesa,
un banco y unos estantes, donde siempre hay alimentos enlatados,
cajas y sobres (algunas cosas ya forman basura) que deja
todo aquel que pasa por allí. Sus medidas son de
6 metros de largo por 2 y medio de ancho, aproximadamente.
Como la puerta no cierra bien, en el interior también
se pueden encontrar, en esta época del año,
grandes masas de hielo y nieve, por lo que el espacio físico
se reduce considerablemente y el frío se hace sentir.
Resignados
a causa del cansancio, decidimos dejar la cumbre para el
domingo. Pronto se hizo de noche, las estrellas adornaban
el cielo, la luna creciente daba una excelente visibilidad
del paisaje, incluida la cumbre. Y el sueño nos invadió
de a poco.
Continuará...
Nota:
e-mail: aucamahuida@lycos.com
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