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El
Bolsón - Esquel en bicicleta
Gonzalo
Aziz - Colaborador
Hace
un tiempo, tuve la idea de unir poblados o ciudades argentinas
arriba de la bicicleta. Así, concreté durante
2000 la travesía de
los Siete Lagos. Pero, luego de esa espectacular
experiencia, vi muy difícil la posibilidad de encontrar
alguna otra de esas características. Iluso, yo: la
Patagonia me demostró que estaba muy equivocado.
Conocía la existencia de la ruta chubutense Nº
71, que atraviesa el Parque Nacional Los Alerces, pero nunca
imagine tal belleza. Así, me sumergí una vez
más en tierras del Sur argentino y desembarqué,
una tarde de lluvia, junto a mi amigo Matías, en
El Bolsón. El motivo, simple y variado a la vez:
viajar pedaleando hasta Esquel, descansar en bellos lugares,
comer bien y, de paso, aclimatar mejor las lecturas de una
tesis de investigación.
Antes de empezar la travesía había que prepararse
bien, ya que no cualquier bicicleta, ni cualquier cicloturista,
aguanta 200 kilómetros en plena montaña. Más
vale prevenir que curar. En principio, es bueno contar con
un rodado liviano, preferentemente de aluminio, que además
no se oxida. Ropa, comida y equipo de fotografía,
todo debe ser equitativamente distribuido en dos alforjas
traseras impermeables. Sumado, claro, a un juego de herramientas,
una cámara de repuesto, y listo.
En
El Bolsón, la ansiedad de conocer un lugar nuevo
nos comió el alma. Pero la lluvia era molesta y decidimos
visitar más interiores que exteriores. El albergue
donde paramos se encuentra en el Barrio Luján, en
la entrada del pueblo, así que, en principio, aprovechamos
para pedalear hasta lo de Odile -una francesa amiga- y comer
una rica trucha con ella. Fue alucinante, sobre todo porque
la sacamos del río Quem Quem Treu, que pasa por el
medio del patio. Panza llena y seguimos marcha.
El
clima seguía hostil, pero había que entender
que el turismo no se compone sólo de soleados. Por
eso, el ánimo bien arriba y derechito a la fábrica
de cerveza que está sobre la Ruta 258, antes de entrar
al pueblo. ¡Ojo! Siempre en bicicleta. Pasado un rato,
sólo nos quedaban fuerzas para volver al muy confortable
albergue y ducharnos. Un rato de lectura, comida y a dormir,
ya que al día siguiente comenzaba la travesía.
De la cordillera a la estepa
La
mano de Dios nos dio un despertar con sol a pleno. Increíble:
ni una nube. La primera jornada era Bolsón-Cholila:
70 kilómetros de asfalto y ripio. Pero antes de largar,
fuimos hasta el pueblo para recorrer la famosa feria de
artesanos y comer bien (importante: agregar cereal y pasas
de uva a la comida), incluidos los famosos helados de Jauja,
clásicos del lugar. De salida, por la Ruta 40, cruzamos
el paralelo 42, límite entre Río Negro y Chubut.
Desde allí hay 38 kilómetros de pura chacra
hasta Epuyén, un pequeño poblado con lago
y todo. En caso de tener tiempo, es interesante parar una
noche y conocerlo.
Pero
no fue nuestro caso, por eso abandonamos rápidamente
la zona cordillerana para entrar en la estepa. Enseguida
aparece la bifurcación para seguir por la Ruta 71
y el ripio avanza hacia los valles de Cholila, atravesando
una morrena glaciaria, sedimentación de canto rodado
que dejaron los glaciares cuando avanzaron desde la cordillera
hacia el centro de la Patagonia. El paisaje ya cambió.
Los amarillos de la estepa patagónica hacían
del pedaleo un placer. Y las montañas nos acompañaban
a lo lejos: a la derecha, el macizo andino, enfrente, el
impactante cerro Momia.
Ya,
a cinco kilómetros de Cholila, ingresamos al Valle
Blanco. Diría que es una zona fantasma por sus muchas
edificaciones abandonadas, que dan cuenta de que vivió
gente ahí. Incluso, están las ruinas de un
edificio de correo del año 1950. Como dato interesante,
las tres cabañas que alguna vez refugiaron al bandolero
norteamericano Butch Cassidy.
Y
llegamos. Cholila es un pequeño pueblo estepario,
donde las nubes tienen una particular manera de flotar.
Parecen pintadas al pastel. Los olores del campo nos dieron
la bienvenida y, enseguida, marchamos rumbo a la hostería
para descansar un rato. Luego, aprovechamos las últimas
horas de luz, para comprar comida para el día siguiente.
De paso, una visita al lago Mosquito. Al regreso, comimos
una rica sopa de hongos, corderito patagónico y fuimos
a dormir.
Mal
clima, buen humor
Nuevamente,
al despertar nos recibió un lindo día. Nos
esperaban 50 kilómetros de ripio hasta Río
Arrayanes. Ese era el plan. Por eso, a media mañana
y luego de un fuerte desayuno (importante: es la comida
principal), partimos. El camino atraviesa hermosos paisajes
de tambos abandonados. Gracias a Dios cargamos agua suficiente,
ya que el primer curso está recién a los 13
kilómetros y hay que aguantar el calor de la estepa.
De ahí en adelante, bordeamos el río Carrileufú,
para ir entrando en Villa Rivadavia y regresar, poco a poco,
a la zona de montañas.
Más
tarde, empezamos a ver a nuestra derecha el hermoso Lago
Rivadavia. Muy grande, entre vegetación y paredones
de roca, sus aguas reflejan un verde muy oscuro. Quedé
impactado frente a tan lindo espejo de agua. Pero había
que seguir.
Enseguida
entramos en el Parque Nacional Los Alerces, donde las subidas
se hicieron cada vez más duras. Afortunadamente,
hay una serie de arroyos y lugares aptos para el descanso.
En caso de necesitar descanso, vale tener en cuenta la existencia
del Camping Lago Rivadavia.
De a poco se hacía la tarde y el cielo dejaba de
ser generoso. Las nubes lo iban poniendo feo y nosotros,
en medio de la ruta. De todos modos, la lluvia esperó
unas horas y nos dejó visitar el Lago Verde y la
pasarela del Río Arrayanes, un kilómetro antes
de la bajada al río.
Y
así llegamos al "Camping Agreste" (y gratuito).
La belleza del lugar, admirado mundialmente, hace que en
temporada alta la estadía máxima permitida
sea sólo de tres días. El
clima ya no ayudaba y era difícil mantener las ganas
y el buen humor. Pero había que lograrlo, dado que
no todos los días se visitan lugares así.
En medio de la tormenta, armamos el iglú y nos metimos
en menos de un segundo. Comida rápida y a la bolsa.
Por
el gran lago
El
tercer día de pedaleo amaneció tan feo como
su madrugada. Hubiese sido lindo contar con sol en el Arrayanes,
pero no había tiempo para nostalgias. Debíamos
darle duro durante 40 kilómetros, para llegar a Villa
Futalaufquen. Por eso, desayunamos, desarmamos campamento
y salimos de inmediato. Increíblemente, a pesar del
pesado ripio mojado que frena las ruedas, el ritmo fue genial.
Al rato, ya habíamos dejado el río y bordeábamos
el "Grande Lago" (futa=grande, laufquen=lago).
Es importante señalar que, a 17 kilómetros
de haber salido, encontramos sobre el lago la Bahía
Rosales (camping y proveeduría) y a los 21, Pucón
Pai (ídem). Pero no nos fue necesario parar.
Bordear
el Futalaufquen es algo impresionante: es considerado uno
de los lagos más bellos de toda la Patagonia. El
ripio intercala duras subidas y placenteras bajadas. Luego
de unas dos horas, nos volvimos a encontrar con el asfalto,
justo antes de la entrada a Villa, un verdadero paraíso.
Difícil
será encontrar en el futuro algo parecido a este
lugar. El lago alberga en sus orillas a una bellísima
hostería. Fue muy gracioso llegar cien por ciento
sucios (después de pedalear en el ripio y bajo la
lluvia) a un lugar de esa categoría. Pero la gente
de ahí, por suerte, no se deja llevar por tontas
formalidades y riéndose de nuestro estado nos dio
una cálida bienvenida.
El
compañerismo y la amistad dejaron de existir por
un momento, cuando se suscitó una salvaje carrera
hacia la ducha de la habitación. Objetivo: ducha
de agua caliente. Una buena relajación era el premio.
Luego,
las ganas de conocer nos llevaron a dar una recorrida con
la bici descargada. El cielo estaba feo pero el lugar compensaba.
Pasó el rato y el sol cayó sobre el horizonte,
como nosotros en los colchones. Obviamente, después
de una rica cena y de un rato de libros.
Llegada
y premio
Tantas
eran las ganas de ver el sol en Futalaufquen, que la mañana
número cuatro amaneció completamente celeste.
Por esa razón la salida a Esquel se retrasó
unas horas. Crucial fue el desayuno que mezcló fiambres
y lácteos, con dos compoteras llenas de pasas de
uva. Y ayudó mucho a que luego consiguiéramos
muy buenas velocidades: ¡30 km en subida! ¡Y
cargados! Saliendo de la hostería hay cinco kilómetros,
hasta retomar la Ruta 71, ya de asfalto. Importante: de
ahí hay nueve kilómetros sin agua, hasta el
arroyo Rañinto. Enseguida nos despedimos del Parque
Nacional Los Alerces y de la zona montañosa.
El
camino vuelve a virar al Este, para volver a la estepa.
A los 23 kilómetros, encontramos la bifurcación
de la ruta. Tomando el camino de la derecha, se sigue hasta
Trevelin. Pero nosotros doblamos a la izquierda, donde la
ruta vuelve al ripio vía Esquel. Es increíble
la bajada que agarramos: tiene cinco kilómetros de
extensión y, sin pedalear, se consiguen velocidades
muy buenas, hasta 50 km/h. Es un tramo que se hace sin dificultades.
A
los 35 kilómetros termina el ripio y los últimos
diez son de asfalto, hasta Esquel. Predominan leves bajadas,
que hacen del ejercicio algo sencillo. Por su escasa dificultad,
el camino Futalaufquen-Esquel es ideal para terminar la
travesía.
Fue así como a media tarde llegamos, haciendo una
especie de maratónica entrada triunfal por la avenida
Alvear. En cada esquina había un lugareño
que nos gritaba dándonos aliento. "¡Dale
campeón que ya llegaste!", era el hermoso premio
tras tan hermoso esfuerzo.
Ya
en el hotel, llegó la hora de comer, descansar y
disfrutar lo vivido. Pero mi cabeza no hizo caso y empezó
edificar un futuro Episodio III, que siga enarbolando este
fantástico plan de llevar a letras y películas
la idea de recorrer la Patagonia en bicicleta.
Datos
útiles
¿COMO
LLEGAR?
- Vía
Bariloche tiene servicios diarios ejecutivo-cama (¡el
viaje no se siente!). $90 ida (incluye un espectacular
servicio a bordo. Tres comidas + bebidas sin límite).
Consultas y reservas:
+54-0800-3337575; www.viabariloche.com.ar
¿DONDE
DORMIR?
- En
El Bolsón: Albergue Gaia. Ruta 258 Km 118. $14
x persona c/ pensión completa.
Consultas y reservas:
+54-2944-492143; gaia@elbolson.com
- En
Cholila: Hostería El Trébol. A 2 km. del
pueblo. $45 c/ media pensión (s/bebidas).
Consultas y reservas:
+54-2944-498055; eltrebol@ar.inter.net
- En
Río Arrayanes: Camping Agreste. Gratuito.
- En
Futalaufquen: Hostería Futalaufquen. Al final del
camino de entrada a la villa. Abierta entre septiembre
y Semana Santa. $196 en baja y $250 en alta la doble c/desayuno
y cena.
Consultas y reservas:
+54-2945-471008/9; cristianfuta@ar.inter.net
- En
Esquel: Hotel Sol del Sur. 9 de Julio y Sarmiento. $60
la doble c/ desayuno regional.
Consultas y reservas:
+54-2945-452189/2427; soldelsur@teletel.com.ar
¿DONDE
COMER?
En
El Bolsón:
- La
Casona de Odile. Barrio Luján Km 6. $27 + bebida
x persona.
Consultas y reservas:
+54-2944-492753; odile@red42.com.ar
- Jauja.
Av. San Martín 2867. D/ $12 x persona. Con bebida.
Consultas y reservas:
+54-2944-492448; jauja@red42.com.ar
Nota:
e-mail:
gonzalo-aziz@colegionewlands.com
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