|
Villa
La Angostura, el jardín de la Patagonia
Gonzalo
Aziz - Colaborador
Desde
la primera vez que visité la Patagonia argentina,
juré hacer de aquella región de mi país
un centro de visita constante para mí. Y no tardé
en cumplir la promesa, que seguiré cumpliendo cada
vez que pueda. En esta ocasión decidí regresar
a Villa La Angostura, en la región andina de la provincia
de Neuquén, para conocerla un poco más en
detalle. Quería hacer aquellos recorridos que, por
falta de tiempo, no había podido conocer anteriormente.
Siempre desde el mismo lugar: la bicicleta. Como segundo
ingrediente decidí meterme un poco en la historia
del lugar, ya que cada sitio tiene una razón de ser
que remite al pasado.
El pueblo de Villa La Angostura se fue gestando durante
los últimos años del siglo XIX, cuando gran
cantidad de familias aborígenes provenientes de Chile
decidieron cruzar la Cordillera de los Andes. Ingresaron
a la Argentina por el paso de Puyehue (hoy Cardenal Samoré)
y se instalaron sobre las orillas de los lagos Nahuel Huapi
y Correntoso para vivir de la agricultura. Así la
zona se fue poblando poco a poco. Con los años se
fueron sumando inmigrantes europeos -de la región
alpina, fundamentalmente, ya que encontraban ese rincón
de la Patagonia parecido a su patria-, argentinos cansados
de vivir en la ciudad y más chilenos. El 15 de mayo
de 1935 se fundó formalmente Villa La Angostura,
con la inauguración de la Oficina de Correos y Telégrafos.
Su población creció hasta llegar a los 10
mil habitantes de hoy.
Afortunadamente,
La Angostura se conserva como una típica villa de
montaña: construcciones pequeñas y mucha vegetación.
El paso del tiempo no se correspondió con un abrupto
crecimiento demográfico; por eso la villa sigue siendo
un lugar hermoso y tranquilo, a salvo de la destrucción
generada por la mano del hombre.
Arrancando
Tomé
un vuelo en el aeropuerto Jorge Newbery de la Ciudad de
Buenos Aires y en menos de dos horas llegué a Bariloche.
La Angostura se encuentra a aproximadamente 80 kilómetros
de distancia, que se recorren por la ruta 231. Es un trayecto
que, si se está en un buen estado físico,
puede hacerse en una jornada. Es una linda excursión,
sobre todo para hacer en verano. De todos modos se puede
viajar en bus, que demora tan sólo una hora. Bordeando
las orillas del magnífico lago Nahuel Huapi se llega
a la villa, que se posa frente a la Península de
Quetrihué. Allí se encuentra uno de los parques
nacionales más pequeños y bellos de la Argentina,
Los Arrayanes, llamado así porque reúne el
único bosque del mundo de esta extraña variedad
de árboles color canela.
En esta ocasión me hospedaron los amigos de la hostería
Portal de Piedra, a la altura del Río Bonito. Tras
una grata bienvenida, dejé allí mismo parte
del equipaje, armé la bicicleta y empezó el
pedaleo.
El primer día elegí un recorrido urbano, para
ir preparando la musculatura a la bici. Cinco kilómetros
antes de llegar a la villa, el Río Bonito aparece
ante los ojos del visitante. Muy cerca se encuentra Cumelén,
un barrio privado situado a orillas del Nahuel Huapi que
vale la pena conocer. Sus calles son de tierra y la vista
que se obtiene es increíble. Luego se retoma la ruta
y enseguida se encuentra Las Balsas, otro barrio que también
disfruta de panorámicas del lago.
Volviendo a la ruta, en menos de 3 kilómetros se
arriba al pueblo. En cierto sentido es un pueblo típico:
se ubican fácilmente la escuela, la plaza, la secretaría
de cultura. Lo que lo hace tan atractivo es su arquitectura
alpina y su aire de tranquilidad, que se aprecia perfectamente
en bicicleta. Vale la pena hacer paradas para charlar un
poco con la gente, que trasmite mucha paz. Un pueblo es
su gente, su paisaje, sus caminos, su historia, su cultura.
Y a todo eso se puede llegar sobre ruedas sin perder el
sentimiento de aventura.
Así cayó la tarde y regresé a la hostería.
Tomé de regreso la ruta 231 y llegué a la
costa del Río Bonito en menos de media hora. Fue
un día muy tranquilo en cuanto a actividad deportiva,
ya que después de viajar es importante relajarse
y no arrancar de golpe. Es preferible empezar con la actividad
más fuerte después de haber descansado.
El
Cerro Bayo
Me desperté a las 8 y bajé de inmediato a
desayunar en un ambiente hermoso, rodeado de madera. Portal
de Piedra es una hostería en la que hay más
madera que aire para respirar. Así me preparé
para arrancar una jornada que tendría como centro
de atracción al Cerro Bayo.
En
este cerro funciona desde hace casi 25 años un famoso
centro de esquí. Fue construido bajo la coordinación
de Jean Pierre Ramdonk, un belga que fue el primero en llevar
el motocross al sur argentino. A mediados de la década
de 1970, este visionario comprendió que La Angostura
era ideal para los deportes de invierno. Así fue
como cargó con la responsabilidad de llevar a cabo
un proyecto, que se concretó luego de trabajo duro
en el año 1978. Hoy, además de ser un clásico
del esquí, el Bayo convoca a cientos de fanáticos
del snowboard.
Además, en el cerro se practica ciclismo de montaña
durante todo el año. La bicicleta entra en escena
desde el momento en que uno decide subir a la base del cerro
por unos senderos que atraviesan el bosque. Subidas y bajadas
constantes (más subidas que bajadas), mucho barro
y nieve en invierno, conducen al ciclista hasta la base
del cerro. Se ingresa por el estacionamiento y hay que trepar
mucho para llegar hasta el refugio del Club Andino Villa
La Angostura. Aunque, por supuesto, las aerosillas son una
opción para subir sin cansarse.
La
subida tiene su recompensa. Desde allí sale un camino
panorámico que deja ver a la villa desde las alturas.
Avanzando un poco se llega a un increíble punto panorámico,
desde donde se divisan la Isla Victoria, la ciudad de San
Carlos de Bariloche (a 90 kilómetros) y las agujas
del Cerro Catedral. Como postre, se disfrutan los tres picos
del impresionante Cerro Tronador: uno argentino, uno chileno
y el otro internacional. Después
de un reparador almuerzo en la base del cerro, emprendí
el regreso. Tomé el camino que utilizan los vehículos
para descender hasta la ruta 231, de regreso a La Angostura.
A los 700 metros me detuve para conocer la Cascada del Bonito,
la fuente que alimenta al río. Bajé pedaleando
por un camino lateral, que atravesaba un bosque nevado.
Volver a subir fue duro, pero valió la pena.
Lagos
Correntoso y Espejo
Para
el tercer día me reservaba la zona de los lagos Correntoso
y Espejo, que conforman los paisajes más hermosos
de Neuquén. Desde el Cruce de la Angostura, cerca
de la terminal de ómnibus, tomé la avenida
Siete Lagos (continuación de la ruta 231) y pedaleé
algo más de un kilómetro. Para dirigirme al
mirador Belvedere, tomé la calle Cacique Antriau,
que lleva el nombre de una familia aborigen pionera de Villa
La Angostura.
El mirador Belvedere no es sólo un lugar para tomar
fotografías; allí se siente el espíritu
de la Patagonia Andina. Desde allí se dominan la
Villa, los lagos Espejo y Nahuel Huapi y los primeros picos
de la cordillera.
Cuando
pude despegarme de ese magnético lugar, volví
por el mismo camino a la avenida Siete Lagos y tomé
el camino que conduce río Correntoso, de apenas 200
metros, que une al lago del mismo nombre con el Nahuel Huapi.
Todavía se conserva un viejo puente de madera, donde
me detuve a almorzar. Quien visite el lugar en otoño
podrá disfrutar de un espectáculo extra: ver
el desove de las truchas. Con tan buena vista, entre lago
y lago, la sobremesa duró mucho más que el
almuerzo mismo.
Volví
a la ruta y espié el viejo Hotel Correntoso, un edificio
que supo tener su esplendor a mediados de siglo y hoy está
cerrado. Era muy lujoso, ya que por su ubicación
privilegiada cuenta con una vista única al lago.
En la zona se rumorea que hay espíritus en el hotel,
porque a veces se escuchan ruidos o se ven luces dentro.
Alguna gente menos fantasiosa aventura que quizás
los mochileros con poco dinero lo usen como albergue.
Me
alejé de los fantasmas pedaleando cuesta arriba,
ya que quería conocer el paso Cardenal Samoré
(ex Puyehue), que lleva a Chile cruzando la Cordillera de
los Andes. Me tenté de cruzar, pero ya caía
la tarde y era hora de regresar a la Angostura, para descansar
y empezar de nuevo al día siguiente.
Península
Manzano - Península de Quetrihué
Mi
último día estaba reservado para la Península
Manzano, conocida como "la flor del jardín de
la Patagonia". Esta hermosa zona queda apenas a un
kilómetro del Río Bonito, hacia el lado de
la ciudad de Bariloche. Se trata de un lugar muy especial:
las calles de tierra sombreadas por pinos y coihues hacen
de la pedaleada un placer. Vale la pena parar a descansar
en el Muelle Viejo y disfrutar del almuerzo ahí mismo.
Después
del mediodía partí rápidamente hacia
el pueblo, lo atravesé y seguí pedaleando
hacia el Puerto. Hay que tomar la Avenida Nahuel Huapi (que
sale desde el Cruce) y pedalear unos tres kilómetros.
Un bellísimo muelle de madera es punto de partida
para distintas excursiones en la Península de Quetrihué,
donde se encuentra el Parque Nacional Los Arrayanes.
Recorrer
el Bosque de Arrayanes en bicicleta es una experiencia única,
ya que permite acoplarse al ritmo de la naturaleza. También
es un paseo muy recomendado para caminantes empedernidos.
El lugar tiene un encanto tal que el equipo de dibujantes
de Walt Disney lo tomó como modelo para diseñar
el bosque de la película Blancanieves.
Tras
este paseo, tuve que dejar Villa La Angostura. Pero, como
todos los que conocen ese pueblo mágico, volveré
a volver.
Nota:
e-mail:
gonzalo-aziz@colegionewlands.com
|