Trekking bajo el reino del calor
Martín
Avila -
Aventurero
Tengo
el privilegio de salir todos los fines de semana, como
guía, a ver el campo y percibir los cambios naturales
y los producidos por el hombre, en las hermosas sierras
cordobesas. Este relato es sólo un intento, sin
muchas pretensiones, de compartir lo que en esa zona del
centro de la Argentina viví junto a otros colegas
y aventureros durante la última primavera. Es esa
la mejor época para el avistaje de fauna, puesto
que los pájaros, excitados por el comienzo del
ciclo reproductivo, están como los adolescentes
de un colegio mixto. No atienden otra cosa que sus juegos
de galanteo y seducción. Y, claro, cada uno lo
hace con su particular estilo.
Las
curucuchas se expresan con su canto desesperado, las cachirlas
suben muy alto y parecen a punto de matarse en cada picada,
las remolineras abren las alas y gritan frente a su pareja.
Mientras tanto, caranchos y chimangos llevan y traen materiales
para los nidos. Duilio, compañero de aventuras,
observó cómo dos jotes se apareaban y luego
el macho se quedaba, como se dice en mi tierra, "a
cococho de la hembra". Todos los pájaros se
corretean, pelean y no reparan demasiado en la presencia
de las personas, que pasan en verdad casi a un plano secundario.
En otros
países se ha estudiado el impacto de la presencia
del hombre durante estos períodos y se suele limitar
las visita a parques nacionales o zonas protegidas, para
no entorpecer la reproducción en poblaciones silvestres,
que ya vienen sufriendo un gran retroceso. En la Argentina,
por supuesto, hay especies que de suerte están
descriptas fisonómicamente y nada se sabe sobre
sus hábitos reproductivos, en tanto, y a pasos
agigantados, desaparecen de la faz de la Tierra.
En
la Laguna del Fango
De
las últimas excursiones, una de las que elijo sin
dudas es la que realizamos por Mogote Florencio y la Laguna
del Fango. Se trata de una zona muy interesante, a pesar
de estar a menos de veinte Kilómetros de la ciudad
de Córdoba. Además, y pese a tener una rica
historia minera, ha comenzado a gestarse un movimiento
para preservarla, porque todavía conserva una gran
diversidad de vida silvestre, bajo un monte originario
con muchos ejemplares de orco quebracho, especie típica
del lugar.
Durante
la primera parte de la caminata, escuchaba constantemente
el canto de los picaflores, pero no se los podía
mostrar a los demás caminantes, que pasaban demasiado
apresurados. Por fin, el único que se posó
frente a nosotros, resultó una maravilla, incluso
para mí. Mientras tomábamos aire luego de
una buena subida, como surgido de un truco de efectos
especiales, apareció el picaflor de barbijo (Heliomaster
furcifer). Es uno de los colibríes más grandes
y bellos, con unos diez centímetros y su sorprendente
color azul violáceo. Desapareció a la velocidad
de un misil.
Luego
de todo un día de caminata, de intentar apagar
un incendio, atravesar montes espinosos sin senderos,
jugar una guerrita arrojándonos los frutos de "potocos"
o "meloncitos" y cruzar entre las paredes blancas
de canteras, llegamos por fin a tomar el mate en la laguna.
Allí, el porte de las aves cambió significativamente.
Una
garza mora se alimentaba cerca de los juncos. Con sus
75 centímetros de altura, resultaba muy llamativa
por sus colores azulados, blancos y grises. Con la misma
coloración pero tamaño más pequeño,
pasó una pareja de garzas brujas. En el extremo
sur, como siempre, andaban las gallaretas y alguno que
otro macá. Cuando nos íbamos, un graznido
hizo que nos asomáramos -con el amigo Oscar Demarchi-
y divisáramos a una pareja de caraus, mientras
una gallineta se escondía entre la vegetación
palustre. El carau, es otra gran ave zancuda de más
de cincuenta centímetros de alto, toda negra y
con un pico largo y recto.
Cuando
retomábamos la última parte del camino,
Néstor Cardoso, productor agropecuario, nacido
y criado en una solitaria localidad de la llanura cordobesa,
nos ayudó a identificar el misterioso canto del
caburé y contó su leyenda.
La
necesidad de protección
Todos
los campos, desde el arroyo de Saldán hasta el
filo de las Sierras Chicas, pasando por la Laguna del
Fango, el valle de Rumi y del Cuero Colgado, la Mesada,
la Angostura y las quebradas al norte de Casabamba, son
propiedad de la familia Minetti. Sometida históricamente
al impacto de la extracción de cal de canteras,
la zona tuvo hasta un cable carril minero de varias decenas
de kilómetros de longitud.
Esa
zona, con un valor paisajístico incalculable, es
una cuña de vida silvestre entre la ciudad de Córdoba,
La Calera y las crecientes ciudades del Valle de Punilla.
Tapizada de bosque serrano, romerillal -en las partes
más transformadas- y lenguas de espinal, posee
una gran variedad en lo que hace a flora y fauna. Los
sucesos que percibimos en el camino sirven como ejemplos
para apoyar la tarea iniciada por un grupo de vecinos
de la localidad de La Calera, para darle a la zona algún
tipo de protección ambiental.
Desde
la parte más alta de la loma de las Cortaderas
divisábamos el mar de ciudades que rodea esos campos
y el humo del vergonzoso basurero de Villa Allende, cuando,
donde debíamos continuar nuestro camino, a uno
doscientos metros, vimos el anaranjado fuerte de las llamas
de un incendio. Era la segunda vez en el año que
me tocaba tal situación.
Como
el fuego no había llegado a las copas de árboles,
intentamos apagar algunos focos empujados por la iniciativa
de Carlitos Orlich. Pero sin medios adecuados, resultaba
imposible. Veíamos que las llamas avanzaban y la
respuesta de los bomberos de Córdoba no llegaba.
Por fin, Carlitos llamó a un vecino de La Calera,
que se comunicó con los bomberos voluntarios de
esa ciudad y a los quince minutos estuvieron allí
con un camioncito, a 300 metros de los focos de fuego.
Era una muestra más de que lo único efectivo
para proteger los recursos ambientales, es el compromiso
y la presión de las comunidades involucradas.
Creo
que el apoyo al grupo de La Calera es urgente ya que,
además del fuego, que es estacional, la zona corre
riesgos de erosión, contaminación y depredación
constantes.
Bajo
el reino del calor
Y
llegó el mes de noviembre. Se acercaba el verano
y el sol se hacía notar. Era el turno de una nueva
caminata, esta vez a la Quebrada del Arroyo Grande. Hacía
tiempo que no andábamos por allí y pudimos,
afortunadamente, alcanzar la última la última
cascada de la parte interna de la quebrada, junto a los
amigos Lalo, Gustavo, Alejandro y María Ester.
Lo hicimos saltando piedras, escalando tramos cortos,
pasando por dentro de la cueva del Ojal y nadando en hoyas
sin orillas transitables. Ambientalmente es muy interesante
esta vegetación, porque los helechos crecen gracias
al encuentro de dos tipos de bosque: el de altura en las
sierras, que aporta maitenes y tabaquillos, y el monte
serrano, con molles y guindillos.
En
esta zona no fue difícil encontrar una bandurria,
un halcón peregrino, un aguilucho y muchos jotes.
Pero esta vez, ningún cóndor vigiló
nuestro andar, como tantas veces sucediera en anteriores
caminatas.
En
otra salida, también bajo el reino del calor, conocimos
la impresionante cascada del Velo de la Novia. Lamentablemente,
su acceso es muy complicado y su ubicación la hace
muy poco fotogénica, al menos como para tener una
idea de su tamaño. Desde allí, alcanzamos
a ver en la otra banda del río, algunos interesantes
bosquecitos con los siempre escasos maitenes.
Río
La Hornilla
Tampoco
puedo dejar de lado algo de las excursiones por el río
La Hornilla. Fueron tres, todas durante la última
temporada. En cada una fuimos mejorando el recorrido y,
a su vez, con todas ellas estuvimos más que satisfechos.
En la primera, todavía en primavera, llegamos hasta
la formación del río Panaholma. La dureza
del terreno, la gran distancia recorrida y el calor, nos
dejaron exhaustos. Pero, fue la más completa de
las tres. Pasamos por el árido paisaje de la ladera
oeste de la Pampa de Achala, donde la principal característica
son las grandes piedras redondeadas, sin zonas intermedias
de paja brava como en la otra ladera. Luego del cerro
el Hornillo, Los Cuernos y la Quebrada de La Hornilla,
comenzaba el típico monte serrano, repleto de plantas
aromáticas como salvia azul, lantanas, peperina,
muña-muña, palo amarillo y chilcas floridas.
En
enero regresamos a la Mina La Victoria y a río
La Hornilla, en una excursión familiar organizada
por los Zerboni y otros amigos. En esa oportunidad, recorrimos
los laberintos de la mina. Ya, casi a fines del mismo
mes, cuando la lluvia nos echó del lado oriental
de las Sierras Grandes, encontramos buen clima nuevamente
e ingresamos a unas cuevas, que adentro tenían
la cascada de un arroyito. También, entre cornisas
y piedras pudimos llegar a otros saltos del río.
Es
largo el verano para relatar todo, pero algo hay que no
olvidarán las chicas que vinieron a la caminata
de Las Quintitas. Cuando llegábamos al río
Icho Cruz para tomar el mate, encontramos que la playa
estaba ocupada por un nudista tomando sol. No sé
si las chicas recordarán los higos y las uvas del
puesto abandonado de Las Quintitas, la frondosa vegetación
del arroyo Las Achiras o las cascadas en el arroyo de
la Toma, pero ese momento nunca lo olvidarán. Creo
que, más que cansadas, algunas volvieron con dolores
en el cuello y en los ojos, por tanto forzar la vista.
Nota:
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