Enduro en el desierto de Túnez
Gabriela
Acosta -
Aventurero
Tengo
28 años y soy motociclista de enduro desde hace
seis. En ecuador, mi país, la cosa no fue muy fácil
en un principio, pues yo era la única mujer en
esa época que practicaba enduro de competencia,
dentro de un deporte considerado típicamente masculino.
Sin embargo, había logrado ganarme un espacio importante
en ese medio, y fue entonces cuando empecé a soñar
en salir de las fronteras ecuatorianas y competir en una
carrera internacional sea en rally o en enduro. África
era mi mayor sueño. Creo que el Paris-Dakar es
el sueño más grande que puede tener todo
motociclista y yo no era la excepción.
Un accidente
bastante grave que tuve hace un año en la moto,
me había dejado muy asustada, porque me fracturé
la clavícula, tres costillas y una rodilla, además
de un desplazamiento del esternón que fue bastante
doloroso y, sobre todo, me tuvo fuera de competencia y
entrenamiento por mucho tiempo. Eso era lo mas difícil
para mí, pues pensaba que nunca volvería
a ser la misma persona y a tener la misma fuerza y resistencia.
Un grupo
de amigos planeaba ir a correr el Campeonato Mundial de
Rally, en Túnez, considerado un mini Dakar. En
un principio, aunque me atrajo mucho la idea, no me creía
capaz de ir al desierto, sobre todo por las historias
que se escuchaban. Se decía que era muy fácil
perderse y que la deshidratación era muy común,
e inclusive que muchas personas habían perecido
a consecuencia del calor, las altas temperaturas y las
condiciones hostiles del desierto. Además, claro,
de los obvios peligros que un rally de esa naturaleza
conlleva, por la velocidad y porque las motos no corren
solas pues además están los carros y camiones
que parten atrás de las motos y que generalmente
las alcanzan y las rebasan.
La
realidad
No
pude dormir cuando uno de mis amigos me propuso que me
fuera con ellos a Túnez. No dormí un par
de días, hasta que me decidí. Entonces me
puse en campaña para conseguir auspiciantes pues
el monto requerido era muy grande.
Lamentablemente
no conseguí todo el auspicio necesario, pero pude
reunir suficiente para ir el Raid, que es un enduro realizado
por los organizadores del Rally de Túnez, paralelo
a la competencia, y que sigue a los corredores por la
misma pista o en pistas paralelas. La diferencia es que
conlleva menos riesgos y, sobre todo, que te permite disfrutar
de los mismos caminos, del desierto y las dunas, sin la
presión de la competencia.
Me
pareció increíble, a pesar de que yo realmente,
sí, quería correr. Sin embargo, no creo
que en esa época hubiera tenido la experiencia
suficiente sobre todo en navegación, pues es necesario
manejar a la perfección el GPS, y concordarlo con
la hoja de ruta y el contador de kilómetros, lo
que complica el manejo pues son muchas cosas que hay que
tomar en cuenta al mismo tiempo, mientras, además,
se conduce la moto.
Sin
embargo, tal experiencia era, sin duda alguna, la mejor
posibilidad de conocer, aprender y sobre todo vivir el
África. Y, en especial, conocer sus condiciones
para competir luego con una mejor preparación.
Sin duda alguna que hice lo más acertado, pues
adquirí la experiencia, aprendí de navegación
y conocí la arena y las dunas, que en mi país
ni siquiera existen.
El
Rally de Túnez, como dije, es un mini Dakar, pues
son siete días en los que se viven exactamente
las mismas experiencias: desierto, dunas, noches de campamento
y condiciones climáticas hostiles, típicas
del desierto.
Finalmente
llegó el día y partimos rumbo a Francia
para tomar el barco que nos llevaría a Túnez.
Ese era el verdadero inicio de la aventura. Fue increíble
estar en el Napoleón Bonaparte, una embarcación
con más de ocho pisos, destinados para llevar todos
los vehículos y a todos lo pilotos, entre los cuales
estaban los mejores corredores del mundo.
En
el desierto
Cuando
desembarcamos me sentía un poco en América.
El puerto era muy similar a un puerto de Ecuador. Un poco
de desorden, trafico vehicular, pequeños problemas
en la aduana y la vegetación y los paisajes, hacían
pensar en nuestros países. Ese día tuvimos
que viajar 500 kilómetros por asfalto, para llegar
al Sur del país, en donde arrancaba el Rally.
Llegamos
a la 1:00 y ese día me impresionó realmente
el bivouac -o campamento- que la organización había
armado en la mitad de la nada. Era una carpa inmensa donde
servían un espléndido buffet. Además,
acompañaba una banda de rock que tocó todas
las noches, en un ambiente espectacular.
Alrededor
del campamento estaban todas las carpas de los corredores
y de los vehículos de asistencia. Esa noche pude
descubrir el frío del desierto. Parecía
estar en el páramo andino. Un viento helado, que
se sentía a pesar de que yo me había acomodado
en una carpa típica del Sahara, hecha de piel de
camello.
Creo
que dormí un par de horas, cuando empezaron a sonar
los motores y me di cuenta que ya había amanecido.
Tenía que levantarme y organizarme para mi primer
día en el desierto.
Ese
día conocí a las personas que irían
conmigo en el Raid. Era un grupo increíble, que
iba desde un ingles de 62 años hasta un corredor
francés que corría el Campeonato de Francia
y como deseaba apuntarse en el Rally del próximo
año, estaba preparándose.
Luego
de un buen desayuno y algunas indicaciones, salimos a
conocer el desierto. En realidad esa sería la rutina
de todos los días, pues nos levantábamos
muy, muy temprano en la mañana y volvíamos
por la tarde, para armar las carpas del campamento móvil,
que avanzaba a medida que lo hacia el Rally.
Los
siguientes días abandoné la carpa típica,
porque era demasiado fría. Me uní, entonces,
a mis compatriotas que habían llevado sus propias
carpas.
Manejar
en la arena
No
sé por qué extraña razón siempre
estaba retrasada. Me costaba hacer todos los preparativos
en las mañanas pues, a pesar de que me levantaba
a las 6:00 e incluso a veces antes, tenía que levantar
la carpa, guardar la ropa, poner la hoja de ruta, gasolina
y enfundarme en mi traje de enduro, lo cual día
a día se tornaba mas difícil. Salíamos
a las siete y yo siempre estaba justo a tiempo para salir.
Mi
mayor miedo, además, era quedarme muy atrás
y perderme. Si bien en un principio los caminos eran fáciles,
a medida que nos adentrábamos en el Sahara la cosa
se complicaba, sobre todo por la arena y las dunas que
en principio me parecían extremadamente difíciles.
Lo único que tenía para orientarme era un
mapa, una brújula y una hoja de ruta pues, a diferencia
de los corredores, yo no tenía GPS ni baliza de
seguridad para el caso de una perdida. Así que
descarté completamente de mi mente esa posibilidad
y decidí que mientras no me quedara atrás
no tendría problemas. Así fue.
Manejar
en arena es más difícil de lo que imaginaba,
por lo menos en un principio. La moto se hunde fácilmente
y enterrarse es lo más común. Sacarla de
allí, con lo que pesa y con el calor reinante,
es bastante complicado.
Cada
día llegábamos al campamento y era increíble
ver cómo la organización se había
encargado de armar ese impresionante lugar, que incluso
tenía duchas improvisadas en la mitad de nada.
En
una ocasión iba a ducharme y conocí a Carlo
de Gavardo, chileno, corredor de punta que me pregunto
muy simpático "¿qué hace una
mujer en el desierto?", y, en realidad, ni yo podía
creer en dónde estaba.
El
desierto es un lugar alucinante. Durante la madrugada
la arena es dorada y contrasta con el cielo impresionantemente
azul. A medida que avanza el día, el desierto y
las dunas se hacen imponentes, y dan miedo por su inmensidad.
Cada
día andábamos en las motos durante horas,
viendo el mismo paisaje. Es verdad que existen los espejismos.
Se ve al horizonte y da la sensación de que se
verá el mar pronto, al final de la cadena de dunas.
Hasta resulta decepcionante llegar y ver el mismo paisaje.
Cuando nos deteníamos el calor era insoportable
y, además, había un silencio abismal, impresionante.
En
una ocasión me quedé sola, esperando el
camión escoba, pues se me dañó el
embrague y tuve que esperar la asistencia. Sentía
una soledad impresionante y temor también. Sólo
quería ver pronto a alguien llegar.
Sin
embargo, me gustaba estar ahí, en las olas de dunas.
Por la noche, el desierto es más increíble
aún. Cae la tarde y la arena se vuelve roja. Empieza
a soplar un viento frío. Tuve la suerte de estar
en una noche de luna llena completamente despejada. Me
sentaba afuera de la carpa para observar las dunas plateadas
y ese inmenso campamento y no podía creer donde
estaba. Durante todos los días que estuve allí
me olvide de todo, realmente valió la pena y eso
sí es lo que yo llamo, ¡vivir!
Adiós
Sahara, adiós
Poco
a poco, y a medida que pasaron los días, los paisajes
fueron cambiando. Fue sorprendente ver manadas de camellos
salvajes correr, valles desérticos inmensos, lagos
que se habían secado y eran a veces enormes pantanos
de arena cuarteada. Tenía, entonces, la sensación
de volar. Cada vez nos acercábamos más a
la civilización y cuando pasábamos por los
pueblos me impresionaba el hecho que nos abordaban centenares
de niños para pedirnos que les regalemos un caramelo
o un esfero. Sin embargo, las ciudades eran un poco peligrosas,
y especialmente para una mujer, por lo que yo evitaba
sacarme mucho el casco.
Finalmente llegamos, luego de siete días de condiciones
extremas y de aventura pura, una cantidad importantes
de callos en las manos y un dolor de dedos que no me permitía
cerrar las manos, además de una inflamación
del ligamento lateral de mi pierna derecha, por pasar
tantas horas de pie en la moto. Pero, también,
después una satisfacción inmensa por cruzar
el Sahara en moto.
Mis compatriotas hicieron un excelente papel. Lo que para
ellos, en un principio, fue sólo un sueño,
se convirtió en una verdadera victoria cuando uno
de ellos ocupó el primer lugar de la categoría
Superproduction 400.
Ahora
estoy esperando para el próximo Rally en Egipto
o en Dubai. ¡Pero, esta vez sí, para correr!
Para
contactarte con Gabriela: gacosta50@hotmail.com