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Tercer Encuentro Nacional de Parapente


En Sierra Bachicha, a apenas cinco kilómetros de Balcarce, la patria chica de Juan Manuel Fangio, se realizó entre el 24 y el 26 de marzo el Tercer Encuentro Nacional de Parapente. Los participantes compartieron un fin de semana de fiesta, que superó ampliamente la actividad del vuelo en sí.

Organizado por la escuela de parapente Icaro, con sede en ese lugar, el encuentro tuvo como objetivo principal reunir a los amantes del vuelo, compartir información y momentos agradables y, lógicamente, salir a planear por los aires. Aventurarse no se lo podía perder, y cubrió especialmente el evento.

El alma mater de la fiesta fue el marplatense Alejandro Rivero, director de la Escuela de Parapente Icaro y anfitrión en Sierra Bachicha. El encuentro, con un perfil no competitivo, resultó un éxito: fue compartido por pilotos con experiencias muy distintas y alumnos de la escuela recién iniciados, hasta parapentistas profesionales. La conclusión más evidente fue que cada vez son más los que se aventuran a volar. En total se acercaron unas 150 personas, de los cuales unos 70 eran pilotos y el resto fue de acompañante.



Contra viento y tormenta


Las actividades relacionadas con la naturaleza llevan implícita como condición un respeto absoluto e inapelable por las condiciones climáticas. Aunque el encuentro estaba programado desde hacía meses, cuando el sábado los voladores se encontraron con demasiado viento, no hubo nada que hacer. Fue la hora del trekking por la zona, los cartas de truco y la charla en rondas de mate, tratando de disimular la impaciencia. Alejandro Rivero no se quejó: "Esto también es hacer parapente. El piloto que espera volar siempre, sin viento, y sin alguna vez abrir la vela inútilmente, no está preparado para volar".

Casi al atardecer, una vela apareció en el aire y todos se volcaron en tropel hacia la sierra. Luchando a contrarreloj con la caída del sol, una decena de voladores despegó sin esfuerzo. Fue suficiente, entre otras cosas, para disfrutar de las piruetas del impresionante Pablo López, uno de los mejores acróbatas en parapente del mundo.

Más tarde, pilotos y amigos cenaron en el centro de Balcarce, y algunos siguieron la noche en un boliche que les dejaría una digna resaca a la mañana siguiente.

El domingo, la situación cambió radicalmente. La lluvia reemplazó al viento y permitió una jornada de vuelo más intensa, aunque pasada por agua. Desde cerca del mediodía, los parapentistas se fueron acercando a la rampa de salida. Aunque hubo que aguantar ratos de intensa lluvia bajo el abrigo de alguna roca, todos se dieron el gustazo de volar.

Todo terminó a las 18:30, con el brindis de despedida y la entrega de premios. Después, cada parapentista volvió por donde había llegado, con cansancio y barro acumulado pero sumamente contento. Y, por supuesto, ya planeando el momento para inflar otra vez las velas.



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