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Penitentes Montaña,
la aventura que puedas imaginar...


"Lo que me limitaba pasó a ser un desafío"
Dolores Avendaño
- Aventurera

Dolores Avendaño, maratonista y corredora de carreras de aventura, había sufrido un fuerte accidente al deslizarse descontroladamente por una pendiente de nieve y rocas durante el Peugeot Eco-Adventure de Ushuaia. Con el hombro quebrado y el brazo izquierdo totalmente inmovilizado estuvo unos días en Penitentes. Aquí nos relata su experiencia:

Durante nuestra visita a Penitentes, me sentía MUY limitada sin mi brazo izquierdo. No pude hacer rafting, ni rapel, pero estaba decidida a hacer el trekking como fuera. Me lo tomé como un desafío. Mis compañeros me ataron el pelo, los cordones, y también les pedí que me ataran la mochila al mejor estilo matambre para que no se me cayera de costado (dejándome el brazo derecho libre, claro). Cada uno cargaba su propio agua, almuerzo y abrigo.

Comenzamos a subir y enseguida noté la falta de oxígeno (habiendo llegado el día anterior no estábamos muy aclimatados). De todas maneras me mantuve pegada detrás de nuestro guía, Daniel Pizarro.

¡A medida que subíamos varias veces deseé tener mi brazo izquierdo! Cuando la montaña me quedaba de ese lado (izquierdo), la cosa se me complicaba un poco. No podía evitar la sensación de que estaba atada y limitada... Bueno, ¡es que realmente lo estaba!

Después de dos ó tres horas, Daniel se dio vuelta y me dijo que un poco más adelante venia una pared de piedra para la cual necesitaría mis dos brazos, pero que dada mi situación él me iba a asistir. Empecé a mentalizarme para lo que se venia, pero, seguí adelante recordando que uno de los tantos grupos que él guió al Aconcagua constaba de ocho ciegos (con dos lazarillos cada uno) y tres minusválidos (con prótesis) a uno de los cuales le faltaba una pierna y un brazo.

Luego de una breve pausa-almuerzo, rodeados de unas montañas y paredes de roca espectaculares, seguimos ascendiendo por la nieve. Daniel nos guiaba, para no caer en el arroyo que corría por debajo (lo podía oír). Yo seguía firme detrás de él. Nos acercábamos a las famosas rocas y me empecé a achicar. Le dije que si mi escalada no se podía hacer, yo me quedaba ahí esperándolos. Me dijo que de ninguna manera, ¡y que yo iba a subir! Volví a pensar en ese grupo que guió al Aconcagua y eso me dio confianza y seguridad (aunque no tenía NI IDEA de cómo iba a subir esa pared). Y lo que hasta ese momento me había hecho sentir limitada, pasó a ser un desafío.

Finalmente llegamos a las famosas rocas... Necesitaba mis dos brazos.

Daniel dejó su mochila y se tomó unos segundos para analizar la pared y ver cuál era el mejor camino. Volvió y ató mi muñeca derecha a la suya y empezamos a escalar (yo seguía con mi mochila atada a mi espalda y mi brazo izquierdo inmovilizado). En un momento pensé: "¡Esto es muy loco!" No me podía agarrar de la piedra y la pierna no me daba para pisar donde debía. Entonces usé mis rodillas (todavía tengo unos moretones). Estaba arrodillada contra la piedra, con el hombro izquierdo quebrado, colgada de mi mano derecha atada a la de Daniel, que estaba agarrado con su otra mano a la roca, soportando el peso de los dos...

Ese decididamente NO era el momento para detenerme a pensar en eso sino para concentrarme en la escalada. Tomé fuerzas, puse todo mi peso en la cuerda impulsándome hacia arriba y estiré mi pierna encontrando un punto de apoyo para mi pie. No tuve que volver a usar mis rodillas (¡gracias a Dios!) y en poco más llegamos a donde terminaba la pared. Mientras esperaba a los demás (pasábamos la pared de a uno), ya no me sentía minusválida, sino orgullosa de mi misma, de haberlo intentado y ¡haberlo logrado! De haberme superado. Al continuar nuestro trekking me sentí mucho más segura e incluso liviana. Y disfruté todavía más del imponente paisaje. Cerca de las cuatro de la tarde llegamos a Puente del Inca, final de nuestro trekking. ¡Lamenté que así fuera pero me sentía feliz!

Al día siguiente fuimos a ver unas minas, subimos otras montañas (esta vez llegamos en Unimog). Allí arriba cerca de la mina había un pequeño altar (apacheta), frente a otro imponente paisaje. Nos dijeron que era un buen lugar para rezar o comunicarse con Dios o con la Pacha Mama, o lo que fuera que uno creyera, y pidiera por ese deseo profundo que uno tiene en el corazón. Al rato de estar en las minas, volví al lugar de oración (todavía no había hecho mi pedido). Mientras contemplaba el paisaje, se me llenaron los ojos de lágrimas y lo único que me salía del corazón era, un profundo ¡GRACIAS! Gracias por el paisaje que contemplaba, y por el grupo de gente tan especial que consciente o inconscientemente me había ayudado a superarme y a recobrar la confianza en mí misma.







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