Travesía Costa Atlántica Rip Curl
Reportes
día a día
Domingo
19 de enero de 2003
Río
Salado - Canal A: 30 millas
El
Naufragio
Por
la mañana después de despedirnos de los
amables amigos de la Prefectura Río Salado, zarpamos
para una nueva etapa dentro de la Bahía de Samborombón.
El viento del Norte soplaba con fuerza y no nos decidíamos
si salir con la tablas y velas grandes, con el riesgo
de navegar "pasados" o hacerlo con las tablas
y velas chicas con la posibilidad que el viento aflojara
y quedarnos boyando en medio de la bahía. Elegimos
las tablas grandes y arrancamos por el canal hasta llegar
a la desembocadura. Una vez allí descubrimos que
no había suficiente agua para navegar, ya que 20
centímetros de agua no son suficientes para las
quillas. En terreno pantanoso y con el barro hasta las
rodillas, caminar hasta aguas más profundas -un
par de kilómetros- no parecía muy factible.
Sacamos la quillas, pusimos las velas encima de las proas
de las tablas y nos sentamos a popa dejando que el viento
favorable nos llevara despacio hacia aguas más
profundas. Este sería sólo el comienzo de
un día agotador, que nos llevó al límite
del cansancio mental y de nuestras fuerzas físicas.
Una
hora después, con unos 40 centímetros de
agua, colocamos nuevamente las quillas y comenzamos a
navegar. El viento superaba los 15 nudos (27 km/h) y por
momentos las rachas eran más fuertes. Como el viento
era de popa redonda, nos obligaba a ir dando bordes a
un largo (unos 140 grados con respecto del viento). Volábamos
a más de 15 nudos y por momentos las tablas se
descontrolaban, dando la impresión de que el golpazo
y chapuzón eran inminentes... ¡y efectivamente!Fueron
varios los palos que nos dimos durante la tarde.
Comenzamos
a sentir el cansancio debido a que estábamos con
velas demasiado grandes para ese viento. Cada caída
y levantada de vela disminuía un poco más
nuestras energías.
Navegábamos
40 minutos y descansábamos 15. Después fueron
30 por 20, y cada vez era menor el tiempo que podíamos
navegar.
Como
a las dos de la tarde llegamos a la boca del Canal 9,
donde habíamos previsto un encuentro con un gomón
de la Prefectura de General Lavalle y nuestro equipo de
apoyo. Llamamos por radio y no conseguimos contacto. Buscamos
y nada del gomón. Como era temprano y el viento
había bajado un poco, decidimos estirarnos y tratar
de llegar hasta San Clemente del Tuyú. Grueso error...
Después
de navegar unas 8 millas hacia el Sudeste, el viento arreció
y decidimos hacer un borde a costa y esperar una mejora.
Después de trabuchar Felipe se cae y al salir del
agua, la sorpresa más desagradable: el tope de
la vela se había roto, dejándola inutilizada
para seguir navegando. Con un sistema de señas
ya estipulado con los brazos, le informa a Daniel lo sucedido
y este se acerca a ayudar. Los dos desarman el aparejo
entre las olas que cada vez son más grandes. Una
vez que el equipo de Felipe está amarrado encima
de la tabla, Daniel se dispone a remolcarlo. Cuando saca
la vela del agua... nueva sorpresa desagradable: el tope
de su vela también ha explotado. Como asegura Murhy
en sus leyes, cuando algo malo sucede, se complica de
la peor manera y en el lugar menos indicado.
Desarmamos
el aparejo de Daniel y dejamos que el viento nos llevara
hacia la costa. Allí comenzaría la verdadera
odisea. Estamos en la hora de la bajamar y es una de las
más bajas del mes. Llegamos flotando hasta donde
las aletas tocan fondo, las sacamos y empezamos a caminar
en el barro enterrándonos hasta las rodillas por
un kilómetro. Dani aprovechó que un par
de bagres y carpas estaban varadas en el barro y los "pescó"
de un aletazo en la cabeza. Reservas de comida por si
teníamos que pasar una noche de campamento salvaje.
Cuando
se terminó el agua, la cosa se puso más
fea todavía: quedaban unos 600 metros de barro
chirle y cangrejales. En ese terreno ni se podía
caminar. A cuatro patas gateando en un barro nauseabundo
avanzábamos de a 10 en 10 metros remolcando el
equipo que a esa altura, mojado y con barro, pesaba unos
30 kilogramos. Una hora de chapalear en el barro fue necesaria
para avanzar esos pocos metros hasta llegar a la orilla
más alta de la costa.
Una
vez allí, colocamos los equipos formando una cruz
en el lugar más alto del terreno y en un mástil
enarbolamos una lycra roja como bandera para encontrar
(o ser encontrados más tarde).
Esta
franja costera debe ser la zona menos poblada de la provincia
de Buenos Aires, se la puede recorrer por kilómetros
sin ver rastros de civilización. Pues allí
estábamos, con lo puesto: neoprene, menos de un
litro de agua y algunas barras de cereales. También
teníamos el GPS y una carta, con los que pudimos
decidir hacia donde ir. Lo más urgente era llegar
a un teléfono o radio para avisar a Prefectura
y al equipo de apoyo que estábamos bien, antes
de que se monte un operativo de búsqueda.
La
única opción que teníamos era caminar
hacia el Canal A, a unos 6 kilómetros en terrenos
pantanosos y de allí tomar la huella paralela al
canal por más de 15 kilómetros para llegar
a la Ruta 11. Mal habíamos avanzado mil metros
cuando avistamos una manada de chanchos salvajes, ya que
estábamos en una Reserva Natural Malele. Caminamos
con cuidado buscando campos sin malezas altas, para tener
siempre a la vista a los chanchos que no nos miraban con
cara de buenos amigos. En un descuido, uno de ellos encaró
de frente a Felipe y ante el aviso de Dani, agitando una
riñonera y gritando logramos espantarlo cuando
estaba tan sólo a un par de metros. El resto de
la tarde fue caminar y caminar entre bañados, vadear
arroyos y cangrejales apurados por alcanzar al Canal A
antes que oscurezca. Llegamos, a eso de las 20:00 hs.,
tomamos un respiro de 15 minutos y encaramos la larga
y penosa caminata. En el camino nos comieron los mosquitos,
nos apuraron unos perros cimarrones y a eso de las 12
de la noche llegamos extenuados a la Ruta 11, que nos
parecía que la iban corriendo conforme avanzábamos.
Aparecimos
cerca de la Esquina de Crotto y desde la Policía
Caminera llamamos a Prefectura para dar el aviso de que
estábamos a salvo. Justo a tiempo, ya que para
las 5 de la mañana estaba montado un operativo
de búsqueda con Guardacostas, lanchas y gomones.
Llegamos a General Lavalle, nos dimos una ducha caliente,
tomamos mucha agua, comimos y nos desmayamos a dormir.
Equipo
Travesía Costa Atlántica.